• Carlos Susarrey

40 años de Las batallas en el desierto




Para los ingenuos o, en su defecto, milennials y centennials, que creen haber descubierto el hilo negro con anglicismos “novedosos” adaptados a nuestro lenguaje, esta reseña podría derivar en una corrección necesaria.


Lo explico:


Asumiendo que ya todos sabemos en qué lugar en la historia se señalan generacionalmente los Silent y los Baby boomer, les cuento que los anglicismos, por lo menos en México, se “inventaron” allá, entre esas dos lejanas generaciones.

Ya que la tendencia se acentuó en finales de la II Guerra mundial, considero para fines prácticos la participación de los segundos, se los presento.


Baby boomer: generación post guerra, abarca los nacidos entre 1945-1965, recordados como los primeros grandes capitalistas, tradicionalistas y católicos conservadores a grado de interpretar la decencia como “el esposo al trabajo y la esposa al hogar y los niños”; los más disciplinados con carrera universitaria y empleos de tiempo completo; los no tanto, proclives al vagabundismo, al uso abierto de drogas, promotores de la libertad sexual y música socialmente “mal vista” como el rock and roll; expertos en términos como inflación, devaluación, control de natalidad, hetero inflexible, testigos de algunos de los primeros adelantos tecnológicos como las proyecciones en salas de cine, la TV a color, los electrodomésticos, las vacunas contra la polio y la viruela.


Así como es considerada la generación más prolífica económicamente, también hubo contrastes significativos para el rumbo de los movimientos sociales que hoy en día vemos perfectamente normalizados. La gente salía a la calle a manifestarse en favor de temas feministas, ecologistas, anti-bélicos, anti-racistas y, al mismo tiempo, es señalada debido a los altos índices de violencia doméstica.


En nuestro país, esta oleada generacional resultó en un atropellamiento cultural y económico poco conveniente para los otrora Silent (generación silenciosa) debido al forcejeo apremiante de los “modernistas” boomers y sus ya mencionados contrastes sociales extremos. Imaginen a nuestros bisabuelos debatiendo con los abuelos “es que tú le quieres copiar todo a los gringos”.


En este contexto histórico se desarrolla una de las más bellas novelas de ficción que se haya escrito por un mexicano: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco.

No confundir la ficción del contexto con la ficción de la historia central de la novela, que para allá vamos.


La invasión ecónomo-tecnológica gringa era ya bastante aguda hacia nuestro territorio, para el año 1948; muy probablemente desde entonces se acuñó el término de ser “el patio trasero de EEUU”, debido a la enorme cantidad de basura que se nos vendía con apariencia de modernidad. Los que han comprado algún producto de mala calidad “Made in Taiwan” entenderán mejor esta comparación. Adjunto a la basura moderna, se impuso la exigencia en las empresas filiales a compañías norteamericanas de adoptar como un segundo lenguaje el inglés americano, para facilitar las negociaciones con los modernos vendedores de espejitos. ¿Se siguen preguntando por qué en nuestro país es mejor visto adaptarnos al idioma de los extranjeros que al de los indígenas? Volteen a ver al abuelo “vende patrias”.


En aquél 1948 era presidente de la república el priísta Miguel Alemán Valdés. ¿Les suena conocido? Su nieto hoy es perseguido por las autoridades de México y por la mismísima Interpol: Miguel Alemán Magnani.


Carlos, nuestro baby boomer (o, como él prefería autonombrarse, “niño de la segunda guerra mundial”) protagonista de la novela, nos narra en primera persona cómo sus clases eran constantemente interrumpidas para asistir a la inauguración de las obras públicas del presidente en funciones.


Allí, en medio de neologismos y anglicismos, de corruptelas priístas de antaño, de días nublados y confusión por el cambio generacional y hormonal, es que se aterriza una historia de amor imposible, como muy probablemente hemos tenido la mayoría de personas en la niñez y/o pubertad, la fuente de la que derivan los complejos de Edipo y de Electra: Carlos, de 8 años, estudiante de primaria, se enamora de Mariana, la mamá de su mejor amigo, Jim.


Probablemente sea una de las emociones más complicadas de describir para un escritor, el amor “normal”. Ahora, el amor “anormal” de un niño a una señora (Mariana tenía 28 años) todavía sería más difícil de describir, explicar, justificar. Para Pacheco no lo ha sido tanto; entendemos, nos contagiamos, nos identificamos y nos enamoramos por igual de Mariana. Tan solemne jugada de José Emilio que hasta incluye las consecuencias de sentir amor a esa edad y la dirección que, instintivamente, uno siempre toma ante el rechazo y ante el imposible de la realización amorosa bien correspondida: la rebeldía adolescente.


¿Qué mejor lugar para poner este tipo de historias utópicas e incomprendidas que en nuestro querido México? Donde, encima de tener que sortear la vida para medianamente sobrevivir, además hay que tolerar, tragar al desamor, al “absurdo para todos, menos para nosotros” amor, al “amor que es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”.


La prosa fluida y ágil de Pacheco tiene la suficiente materia para que en apenas 60 páginas logremos entender la profundidad de la devastadora impresión que deja un rechazo, un imposible, una obsesión que no es fructífera, la álgida espera estéril aún ante un pronóstico previsible al fracaso. Un instinto básico humano perfectamente contextualizado, en un país donde las consecuencias de la corrupción son lo de menos, si el amor de nuestra vida simple y sencillamente no nos quiere o, como en este caso, no nos puede querer.


Qué loco imaginar el amor imposible entre un Baby boomer y una Silent generation.


Como anécdota final, asumo que ya todos hemos escuchado en alguna ocasión el tema Las batallas de Café Tacuba. Intenta sintetizar en unos minutos esta gran obra. Claro, no lo logra, pero el intento siempre será aplaudido.



Por Carlos Susarrey


Entradas Recientes

Ver todo