• Cámara rota

Autómatas



Por Gabriel Molina


El viaje no presentó mayores contratiempos. Finalmente habíamos conseguido el permiso para trasladarnos a aquel planeta en ruinas y llevar a cabo las tareas de exploración que nos permitirían obtener la evidencia que necesitábamos para demostrar la injusticia que se cometía. El equipo estaba integrado por un grupo de expertos en diferentes áreas del conocimiento: arqueólogos, biólogos, médicos, geólogos y, por supuesto, los mejores navegadores espaciales.


La idea de visitar el “nuevo planeta azul” (el planeta X.84.225, de acuerdo a la clasificación de Borneau) generaba cierto recelo para la mayor parte de la población. Nadie quería recibir noticias tan trágicas como aquellas que inundaron los medios informativos tras el incidente del primer viaje.


La ciencia y la tecnología han avanzado mucho desde entonces. Las antipartículas, que hoy llamamos comúnmente “bombas de tiempo”, eran en aquel momento un simple modelo teórico que no parecía encajar en ningún lado pero que tomaron relevancia después de “el gran impacto”, al volverse evidente que debían ser consideradas como variables adicionales dentro de las ecuaciones de Braham, permitiendo así un cálculo adecuado de saltos de navegación espacial a distancias mayores de 7gbz.


Nunca se habían recorrido tales distancias. De algún modo sabíamos que había algo de experimental en aquel primer viaje, pero nadie podía imaginar un resultado así de trágico. “El gran impacto”, como se le nombró a este desafortunado incidente, fue el resultado de nuestra carencia de conocimientos sobre las leyes ampliadas de la energía. Después del desastre entendimos que a mayor distancia de navegación la acumulación de antipartículas en el espectro de Töthem iba ampliando el radio de arrastre de materia, impulsando no sólo a la nave, sino también una gran cantidad de basura espacial que arribó junto con ésta al planeta, sepultándolo en una terrible lluvia de meteoritos que cambiaría su color y su habitabilidad para siempre.


El “nuevo planeta azul” fue una ilusión fugaz. Todos los análisis indicaban que era un planeta extremadamente parecido al nuestro, a un punto tal que nadie dudaba que albergaría vida. Mas aún, dada la cantidad de artefactos no naturales que se encontraban en abundancia en su órbita, se daba por hecho que esa vida era inteligente. Era el tercer planeta de un sistema constituido alrededor de una estrella amarilla, su composición atmosférica era prácticamente igual a la de nuestro planeta y ese hermoso color azul nos indicaba que había agua en estado líquido en abundancia. Era el planeta perfecto de no ser por su distancia: 21.54gbz.


El rescate de la tripulación se llevó a cabo un par de años después de los terribles eventos. Fue sorprendente que todo el personal de la misión hubiese sobrevivido. Si bien sabíamos que la nave les podía proporcionar una atmósfera adecuada para vivir sin problemas, incluso en planetas con condiciones límites, la verdadera preocupación y el principal reto para su supervivencia era el de encontrar en aquel planeta algún tipo de alimento que les permitiera permanecer con vida. Y si bien habían encontrado una manera de alimentarse en aquel, ahora inhóspito, planeta, fue precisamente eso lo que dio inicio a un gran debate y discusión entre la población del nuestro. Era precisamente este escándalo la razón por la que nos hallábamos, ahora, en una expedición hacia sus ruinas.


Cuando la tripulación fue devuelta a nuestro planeta no llegaron solos, sino que trajeron consigo a una buena cantidad de criaturas nativas con las que se habían estado alimentando. Estos extraños seres, más o menos del tamaño de un niño, poseían un primitivo sistema de visión y audición estereoscópica y una serie de órganos que parecían constituir un sistema nervioso muy básico que daba indicios de su posible sintiencia, e incluso, de algún grado mínimo de inteligencia.


Al principio eran pocas las personas que se atrevían a probarlos. Más allá de las cuestiones éticas, había temores de que la ingesta de criaturas de otro planeta pudiera ser la causa de enfermedades o mutaciones graves entre la población. Sin embargo, y tras una extensa campaña publicitaria en la que se aludía a diferentes estudios científicos que certificaban su inocuidad, la ingesta de estas criaturas comenzó a popularizarse ampliamente en cualquier tipo de comida, convirtiéndose en un hito para la industria culinaria gracias a su versatilidad, facilidad de preparación y, sobre todo, a su gran sabor.


Existía la teoría de que estas criaturas eran seres diseñados y adaptados plenamente a servir de alimento a otras criaturas, pues, además de su docilidad y de ser muy abundantes en su planeta, carecían de características biológicas importantes que les permitieran combatir a predadores o huir de ellos. No obstante, había también ciertos inconvenientes en su crianza que contradecían esta teoría: tomaba varios años que estas criaturas alcanzaran su edad reproductiva, sumado a que su proceso de gestación requería también un tiempo considerable. Pese a ello, la industria se las había arreglado para desarrollar, en poco tiempo, un conjunto de hormonas artificiales que estimulaban y aceleraban el crecimiento de estas criaturas, lo que permitía superar esa gran limitación de obtener una única criatura por cada ciclo de gestación.


El tema ético se avivó recientemente. Poco después de haberse dado a conocer públicamente una filtración audiovisual del estado en el que se encontraban muchas de estas criaturas dentro de los campos de producción, salió a la luz la noticia del rescate de una de ellas por parte de un grupo de activistas. Éstos, habían estado presentando a la prensa algunos videos en los que se mostraban experimentos aplicados a la criatura liberada y cuyos comportamientos sugerían la existencia de sintiencia y un grado muy básico, casi despreciable, de inteligencia. Ésto contradecía aquello declarado por los sobrevivientes de “el gran impacto”, quienes afirmaban que la tragedia había provocado la muerte de los seres inteligentes y que sólo habían sobrevivido unas pocas criaturas con las que se habían alimentado y a las que describieron como “meros autómatas sin sentimientos”.


Después de muchas gestiones con diferentes gobiernos y teniendo el apoyo de una importante cantidad de agrupaciones y activistas, logramos que se nos facilitaran los permisos y los medios financieros para emprender el viaje que nos permitiría recopilar evidencia histórica de la vida de estas criaturas en su planeta. Si bien era imposible hallar criaturas vivas allí, dada la atmósfera envenenada dejada por “el gran impacto”, sí era posible hallar vestigios de cómo era la vida en aquel planeta antes del infortunado accidente.


La exploración comenzó poco tiempo después de nuestro arribo. Tal como lo sospechábamos, y como se había rumorado en su momento, tras el análisis de la evidencia audiovisual recolectada por la tripulación del primer viaje, habían indicios, bastante evidentes, de que se habían erigido asentamientos artificiales para albergar sociedades primitivas a lo largo y ancho del planeta. En general, los asentamientos parecían estar centralizados, sin embargo, había algunas estructuras aisladas que llamaron nuestra atención, tanto por su tamaño como por su ubicación, como si hubiesen querido ocultarlas. Bajamos a explorar algunas de ellas. Tuvimos la suerte de encontrar un pedazo de historia detenida en el tiempo: el paso de una gran cantidad de rocas en estado líquido, consecuencia de altas temperaturas, había cubierto extensas zonas, inmortalizando ese momento.


Así fue como descubrimos a otras de las criaturas que habían habitado aquel planeta. Confinadas en aquellas estructuras, condenadas a la inmovilidad y privadas de cualquier posibilidad de huir de la catástrofe, éstas otras, a diferencia de las que habíamos importado, resultaban increíblemente placenteras a la vista. Resultaba intrigante el que pese a compartir, en términos generales, características biológicas, éstas se hallaran hacinadas en tan reducidos espacios. Pensamos en la posibilidad de que fuesen prisioneros de guerra, pero las condiciones en las que se encontraban violaban cualquier código bélico, incluso de las sociedades más retrógradas. La otra posibilidad era irónica: los podrían haber tenido allí para comerles.


La investigación continuó por algunos ciclos de rotación de aquel planeta ahora sin vida. La evidencia era irrefutable. Las criaturas, que para nosotros eran un manjar, habían logrado desarrollar cierto grado de civilización y tecnología. Pese a sus limitaciones biológicas, habían logrado someter a las demás criaturas con las que compartían aquel planeta y quienes, de acuerdo a sus propias investigaciones y observaciones, eran también seres sintientes e inteligentes.


Era contradictorio el actuar de estos seres. Pese a que toda la investigación desarrollada por ellos mismos les indicaba que no existía necesidad alguna de ingerir a otras criaturas, pese a que habían encontrado una relación directa entre la crianza de éstas y los problemas ambientales que estaban conduciendo a su planeta a condiciones inhabitables que ponían en peligro su propia existencia, y pese a todos los tratados éticos que desarrollaron respecto al tema, su prioridad, al parecer, era la de encontrar nuevas formas de seguir incrementando el número de criaturas esclavizadas.


No era claro si todo lo anterior se trataba de alguna especie de venganza. No encontramos rastro alguno de que las otras criaturas les hubiesen tenido dominados en algún momento de su historia ni nada que pudiese generar algún agravio hacia ellos. Por el contrario, encontramos evidencia audiovisual que mostraba el imparable deseo de dominación y la crueldad sin límites de estos seres que, de acuerdo a nuestros hallazgos, se denominaban así mismos “humanos”.


Las evidencias documentales que los humanos guardaban nos permitieron conocer la diversidad de individuos que alguna vez habitaron ese planeta. Quedamos maravillados con su belleza, con los colores, las formas y las voces de estos seres, los cuales contrastaban totalmente con las enclenques criaturas humanas. Desconocemos si fue la envidia hacia sus compañeros de planeta lo que los orilló a tomar acciones para concretar ese imparable deseo de extinción, pero terminamos por comprender que, en realidad, habíamos liberado a ese planeta de una destrucción más lenta y dolorosa que la que nosotros habíamos provocado.


Cuando regresamos a Zephar, nuestro querido planeta azul, comenzamos la redacción del informe oficial. Tomamos en cuenta múltiples factores: la historia de las criaturas humanas, su modo de actuar, su aparente inteligencia y su posible sintiencia. Debatimos desde diferentes puntos de vista los paralelismos entre nuestro actuar y el suyo, tomando, incluso, como base varios de sus tratados éticos que nos parecieron pertinentes aún cuando ellos nunca los habían seguido y, por consenso del grupo, firmamos el resultado de la investigación que, al mismo tiempo, certificaba como ético el consumo de estas criaturas.


El documento fue recibido por el Comité de Investigaciones Biológicas Extraplanetarias que contaba entre sus integrantes con el Doctor Fenehan, uno de los sobrevivientes del primer viaje, y a quien encontré casualmente fuera del edificio. Traía en la mano un “phatzi”, un aperitivo de piernas de humano que se había vuelto muy popular. Me felicitó por el trabajo que habíamos realizado y me agradeció por las conclusiones a las que habíamos llegado.


—Yo estuve allí —me dijo, masticando aún la pieza de phatzi—. Les vi matarse entre ellos y matar a otros por nada, incluso intentaron tomar nuestra nave y matarnos. Es como lo dijimos antes, es como concluye el informe: a esas criaturas sólo las mueve la avaricia. No razonan, son autómatas que no piensan por sí mismos. No tienen reparo en pasar por encima de los demás, su egoísmo es tal que sin lugar a dudas podemos aseverar que son seres sin ningún tipo de sentimientos —me miró fijamente y comenzó a murmurar—. Tú y yo sabemos que sí sienten, pero sabemos también lo que hicieron.

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