• Cámara rota

Bajo la lluvia Lucía


A punto de endulzar mi café, entonces miro a Lucía corriendo bajo la lluvia. Correr es un decir, tratándose de ella más bien se apresuraba con brinquitos temerosos evitando los charcos que empezaban a formarse en la banqueta. Apenas apareció ante mí vista, al doblar la esquina, la llovizna arreció, dándome una curiosa sensación de que ella había traído la lluvia, en esta fría tarde de finales de noviembre del '94.


En la misma tarde, pero en otro lugar, es decir, desde donde me encontraba mirándola, separado solamente por la ventana del café, a unos pasos de ella, cómodo y abrigado, ante una taza de café recién servida, que ostentaba un corazón de crema flotando en la superficie, yo observaba la escena de afuera. La calle era un bullicio: la gente sacando sus paraguas, apresuraban el paso, tratando de sortear los autos que empezaban a encender sus luces; la tarde, luminosa y soleada, se había tornado gris en pocos minutos.


Cuando me aproximaba al café, en esta céntrica calle de Hermosillo, donde tenía una cita con un posible cliente para mi viejo Nissan, empezaba a caer una llovizna moja-pendejos, decía mi madre, y con razón, Pues sí uno se confiaba, terminaba empapado bajo esa casi brizna; recordaba a la belleza que en la tele anunciaba el reporte del clima: "... un día con sol por la mañana y en la tarde nublado con posibilidades de lluvia", y al recordar lo que decía mi madre, y lo que dijo la belleza, no me confié de la llovizna y me apresuré a entrar al café.


Lucía tampoco parecía muy confiada, porque se dirigía a resguardarse en una parada de camiones todavía al alcance de mi vista, y no le veía desde hace unos cuatro años, cuando nos encontramos en la librería de Sanborns, de ahí pasamos a la cafetería adjunta echar la platicada, mientras llegaban sus amigas, palabras como recuerdos lejanos, amores juveniles, cosas de muchachos, tiempos bonitos, destinos diferentes, bebés preciosos, pañales y recetas, rutinas asfixiantes, maridos ausentes, jóvenes rebeldes, maltrato emocional, daño psicológico, demandas de divorcio... palabras cayendo como un aguacero inmisericorde sobre una vida, y aparecen sus amigas, y desaparezco bajo miradas curiosas, maliciosas, expectantes de una tarde llena de noticias de último minuto.


Con la cuchara del azúcar toqué el cristal repetidas veces, llamándola en un acto inútil, sabiendo que no me escucharía, lo hice solo para reafirmar la decisión que acababa de tomar: le invitaría un café, hablaríamos de esto y de lo otro, cosas agradables, nuestros primeros encuentros a la salida de la escuela, en Obregón, -hacía cuánto?, más de 20 años?-, le diría que aún la recordaba en esporádicos ataques de nostalgia por los días escolares; tomándonos una soda en la caseta de Don Eme, cruzando la calle, frente al Instituto haciendo que hacía las tareas, y yo poniendo canciones en la rockola.

-Qué bonita, cómo se llama?

-"My Eyes Adored You", con Frankie Valli y The Four Seasons. Esa canción, describiría a la perfección lo que yo era y fue nuestra relación.


Después ella siguió sus estudios aquí, en Hermosillo, y yo me fui al DF a escribir cartas.

-Otra carta para tu amor platónico, decía el Ray, con risita sardónica y todo.

-Amor platónico porque te la quieres echar al plato?, remataba el Beny Careaga, y por la carcajada de Noé, -QEPD-, tal parecía que era la primera vez que escuchaba el rutinario sketch de mis queridos compañeros.


Lucía, cubriéndose la cabeza con un periódico, -quiero pensar que La Jornada-, parecía divertida, alternando la mirada entre el piso resbaladizo y la parada de los camiones. Hizo un ademán con el periódico, y sí, efectivamente era La Jornada, aunque no traía huipil ni morral, mucho menos tehuas, sino Calvin Klein y Louis Vuitton, o alguna imitación, pero pa'l el caso daba lo mismo.

-Bien me podía haber puesto yo mi camisa de rayas azules y grises. Me di cuenta que no se cubría precisamente la cara, sino el cabello peinado con un chongo cuidadosamente despeinado, hecho indudablemente en algún salón, y si, le quedaba muy bien, debo admitir. Parecía como saludando, pero no había nadie ahí, era una parada de la ruta "Ranchito-Sahuaro-Piedra Bola", lo cual me intrigó, pues dada su vestimenta, era improbable que viviera por esos rumbos.


No podía ser más oportuna la aparición de Lucía, me encontraba por suerte en una situación sentimental adecuada y receptiva, la cual era un eufemismo para obviar una lastimosa situación, bastante lamentable, ya había durado un buen tiempo y amenazaba con volverse crónica, y que años más tarde, la habría de ostentar en mi página de Facebook, añadiéndole una generosa insinuación:

-"Con mucho amor por estrenar todavía".


Pero este amor, viejo y nuevo, que guardaba, vintage y brand new a la vez, estaba a punto de hacer su debut en ésta inesperada oportunidad que se presentaba, con la lluvia que traía Lucía, y ahí estaba ella, luciendo su vestimenta cosmo, protegiéndose de la lluvia con la noticia de alguna nueva declaración del Subcomandante Marcos, sonriente y mojada, con esa sonrisa que nunca olvidé, refrenada y nerviosa, y aquí estoy yo, todavía con el corazón flotante, mirándola, como en un espejismo, a través del cristal empañado, en una lluviosa escena citadina, difuminada, como cuando traía terramicina untada en los ojos, apunto de ir por ella y rescatarla del aguacero, antes que el destartalado camión urbano me la arrebate y se la lleve a la colonia El Saguaro, al Choyal, y puntos circunvecinos.


Al tratar de levantarme, me percaté que la nostalgia, acumulada desde los tempranos 70's, me pesaba. Pero ésa tarde nublada con posibilidades de revivir lo que nunca se vivió, había traído una lluvia capaz de llegar hasta una semilla reseca, que yacía en capas de recuerdos y olvidos, y hacer florecer una posibilidad, latente desde hacía 20 años.

-"Though I never laid a hand on you...", en esas estaba, cuando me deslizó Neruda en una de sus preguntas impertinentes:

-"No es mejor nunca que tarde?".


Hubieron de pasar otros 20 años para que, -atacado esta vez por la nostalgia de la nostalgia-, empezara a intentar un incipiente poema que tal vez diga así:


Lucía, bajo la lluvia Lucía

Feliz, radiante y mojada,

Esa muchacha lucía

La frente en lluvia perlada.


....ni la vejez te ha quitado lo cursi y maricón, -me dije-, tratando de balancear la acidez-alcalinidad de mis emociones.


Pero Lucía está en el presente, y está mirando, no al pasado ni al futuro, ni al Sahuaro ni al Choyal, sino un poco más allá, hacía una frondosa ceiba que está a un lado de la parada de camiones.

Tengo que voltear la cabeza como el Exorcista para dominar la inesperada escena: la esperaba y la miraba, el hombre elegante en gabardina beige y un paraguas que no necesita abrir, el árbol lo mantenía perfectamente seco.

Se miran, se sonríen, se abrazan, beso; se separan, se vuelven a mirar, y a sonreír, como una travesura que les ha salido bien; abre la portezuela, el periódico va al tambo de la basura y ella adentro del auto; él se la lleva y a mí me queda un café latte, un crossant y mermelada.

-Ni con la camisa a rayas azules y grises la hubiera hecho, pienso, ya más relajado, liberado del estrés que siempre me ha producido la posibilidad de una nueva relación. Vertí el azúcar muy lentamente, y me pareció como una suave lluvia cayendo sobre el corazón de crema, todavía caliente, que no se disolvió y permanecía ahí, sobre la superficie de mi latte, como esperando un cambio de clima.

Fue entonces que lo apuñalé; tomé el cuchillo de la mantequilla, y lo atravesé, revolviéndolo, sin piedad hasta que desapareció completamente de mi latte, late, late, ya no late.



Por Julián García Llañes.

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