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  • Helly Raven

Colonización




Por Helly Raven


El gran ur bosteza perezoso en lo profundo de su guarida; lleva varios meses hambriento, sin poder alimentarse adecuadamente y eso le pone de un pésimo humor. Es el ayuno forzado lo que le obliga a salir y mientras recorre despacio los túneles que conforman la guarida, su andar es errático y su respiración sibilante; un par de meses más sin alimento representarían la muerte.


Afuera, bajo el cielo que parece atacarlo con la intensidad de su azul, nota que algo extraño sucede con el aire. Si bien es capaz de adaptarse a cualquier ambiente, por hostil que resulte, él y su pequeño compañero apenas toleran la nueva y opresiva atmósfera, más densa cada día que pasa.


Receloso, el ur se mueve despacio, buscando el repiqueteo ensordecedor que ha estado escuchando por semanas y donde recuerda estuvo su última cena. Afuera cae una lluvia tibia e incesante que nunca había sentido antes en su planeta. Hay lagunas y pantanos adueñándose del valle que solía recorrer, un sitio que conocía a la perfección, que ha visitado tantas veces en su milenaria existencia y que ahora resulta perturbador a sus sentidos.


A menos de veinte metros un relámpago destruye la copa de un enorme baobab y el estallido desconcierta al viejo ur, que retrocede y tiembla, sintiéndose indefenso, hasta que olvida la curiosidad y el hambre. Todo afuera es terrible. Derrotado por lo ignoto que se ha vuelto su mundo, desanda en silencio el trayecto hasta lo profundo de la cueva, prefiere encerrarse en la calma de lo conocido, aunque represente la muerte.



Transcurre otro mes y el ur aún no ha comido. Postrado, se adormece y delira con tiempos mejores, tiempos en los que era el mayor depredador de Atena-13.


Un ruido quedo lo despierta, el animal aguza el oído, su lomo se eriza. El sonido se va transformando en un retumbe grave que le hace pensar en manadas de grugs corriendo por el prado. ¡Sabrosos grugs, carne fresca y jugosa! Excitado por su propia imaginación, se retuerce y mueve la cola maciza, en un llamado ancestral que despierta a su compañero: el squert. La criatura, que también lleva meses de ayuno, se despereza, haciendo brillar el cuerpecillo luminiscente, despliega las alas y vuela en pos de la claridad y el sonido que llega desde el valle.


Por su forma peculiar y los atractivos colores, los grugs suelen confundir al squert con sus manjares favoritos, las mariposas de Atena, dejándose engañar y siguiéndole dócil hasta la caverna, donde espera agazapado el feroz ur.


Desesperado como no ha estado en mucho tiempo, la bestia se impacienta, mientras una baba verdosa se escurre por sus colmillos, que esperan al descubierto el momento de atravesar su alimento. Finalmente escucha el característico aleteo del squert, que se acerca guiando a la presa; puede percibir el roce de unas patas contra la tierra compacta, entorna los ojos y sus pupilas amarillas se esfuerzan por clasificar lo que ha irrumpido en su cubil. No es un grug. En realidad, no se parece a nada que haya visto antes. Pequeño, erguido y su piel es casi tan pálida que refleja la luz del squert que se le ha posado de improviso en un hombro. Cauteloso, el ur emite un gorjeo a modo de advertencia y, cuando el eco reverbera en las paredes, la extraña criatura se encoje temerosa, parloteando en susurros, intentando encontrar una salida que ha quedado muy atrás. El instinto del ur le dice que cualquier animal asustado es una buena presa, así que abre las enormes fauces en un rugido y ataca.


La pequeña criatura se endereza, corre en las tinieblas y tropieza, se desploma y vuelve a levantarse, siempre en pos del squert que vuelve a iluminarse y revolotea a donde su perseguidor cree que será la salvación.


Si el ur pudiese sonreír, lo haría. Sabe que su compañero no busca la claridad, sino que conduce a la aterrada presa por otra ramificación del laberinto que es la cueva. Una más apartada, oscura y sin salida.


Los chillidos retumban en la caverna. Allá abajo, donde nadie puede escucharle, los gruñidos de deleite del ur se unen al crujir de la carne desgarrada y los huesos triturados de un exquisito manjar. Cuando ha culminado se relame y ahíto, se echa en un rincón a observar el turno de su compañero que revolotea sobre los restos hasta posarse en el rostro ensangrentado, que ha quedado deliberadamente intacto. Entonces, con sus uñas de garfio, se aferra a la nariz de la víctima y con su trompa horada las córneas para libar el néctar blanco de los aterrados ojos. El squert ronronea satisfecho después del festín, volviendo tranquilo al sueño.



La gran nave colonizadora AURORA descansa en un promontorio que domina el valle. Marcel regresa de la exploración y se sienta sobre el tronco de un árbol abatido; coloca el casco de la escafandra a un lado, mientras pulsa el conmutador en su muñeca derecha.


—Nave Madre, aquí Aurora, ¿me recibe?


—Afirmativo, Aurora. ¿Tienen novedades?


—El terraformador se ha comportado según lo previsto en el programa, Alonso. Las concentraciones de oxígeno suben a los niveles adecuados rápidamente, la temperatura ya ronda los treinta grados, con tendencia a estabilizarse y lo más importante, la flora terrícola implantada se ha establecido de maravilla. Si no estamos construyendo el Edén, se le parece. Ya puedes dar orden de aterrizaje.


—¡Pues era tiempo! Los tripulantes, en particular los niños, comienzan a resentirse después de dos años orbitando en este trasto. Y los entiendo, incluso yo ansío desembarcar, estirar las piernas, pensar en donde erigir mi granja.


Marcel ríe por lo bajo ante este comentario, sabe que su compañero ha venido preparado al nuevo mundo, incluso trajo sus mejores cerdos canadienses en la Nave Madre.


—Por cierto —pregunta Alonso— ¿has tenido algún encuentro con la fauna local?


—Hemos encontrados algunos esqueletos de especies sin clasificar y otros pequeños animales que mencionaban los informes preliminares. Por lo demás, nada de qué preocuparse. Quizás están todos muertos o lo estarán luego de la terraformación.


Ante el tono amargo que percibe el capitán en las palabras del explorador, le recuerda lacónico que "Eran ellos o nosotros", a lo que Marcel asiente, poco convencido. Recuerda lo que su especie le hizo al anterior mundo y a otro antes que ese. Las arrugas en su cara se acentúan, pero intenta disimular sus pensamientos cuando responde.


—Tienes razón, eran ellos o nosotros. Será mejor que pensemos en el futuro que nos espera y olvidemos los errores del pasado, por el bien de la colonia.


—Eso es, buen chico. Siempre piensa en el bien de la colonia. —lo reafirma Alonso, quien acto seguido pregunta— Y Lucía, ¿está disfrutando el paseo con su tío?


Marcel sonríe y dirige la vista hacia la colina cercana donde las primeras flores han comenzado a brotar.


—Oh, ya sabes cómo es esa hija tuya, ha visto una mariposa y no pudo resistirse a perseguirla.

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