• Julissa Suárez

Con limón y sal


Una vez o dos veces a la semana es necesario. La existencia me resulta tan monótona, miserable y cada vez un poco más difícil de tolerar, que me hace buscar de cuándo en cuándo una chispa de emoción. Un poquito de pasión, aunque sea efímera. Una sacudida electrizante que aunque no dure mucho, es suficiente para seguir.

Defino al proveedor de la dosis de esta semana –es decir, la cita aleatoria con alguien que no volveré a ver- y me dirijo a encontrarlo.

Después de un par de horas de risas y un intercambio de experiencias personales, puedo casi concluir que es el mejor hasta el momento. Y, aunque en ese instante yo todavía no lo supiera, también fue el mejor de entre los que lo sucedieron. El tiempo pasa tan rápido que no le da oportunidad para quejarse de la michelada con limón y sal y, por dios, sin jugo de tomate que le sirvieron. Sinceramente, yo no me quejaría ni aunque le hubieran escupido a mi bebida frente a mis ojos.

Casi puedo sentir el recorrido que hace la sangre a través de todo mi cuerpo. Se acelera mi pulso, y no puedo contener los músculos de mi cara y plasmar una sonrisa permanente. El viento frío y las olas de finales de febrero no hacen más que acrecentar la sensación de éxtasis. Y cuando pienso que no se podría poner mejor, un beso –y posteriormente muchos besos- vienen a deshacer el nudo en el estómago que desde ya ni recuerdo cuándo tenía formado.


Las pocas personas que caminan a esa hora de la madrugada me parecen hermosas. Sus risas son contagiosas y, si no están riendo, yo los quiero hacer sonreír. El cielo oscuro parece fascinante, el aire está más limpio y cada húmeda oleada se siente como un abrazo.


Me lavo los dientes y voy a la cama sabiendo que podré sobrellevar los días siguientes con vigor hasta que el efecto se desvanezca y tenga que repetir el procedimiento.


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