• Cámara rota

El canto de un ángel




Por Uriel Velázquez Bañuelos



"Ven y visita nuestra ciudad, paséate por las catedrales, y disfruta del canto del coro de la iglesia, simplemente es algo que no podrá salir de tu cabeza".


Aquella canción del coro de la iglesia Paloph, es lo último que escucha el Sol antes de ocultarse. Si tal estrella tuviera oídos, un cuerpo humano, y una mente llena de recuerdos preciosos nacidos por la frialdad del espacio, el Sol dormiría para siempre. Mas su cuerpo gaseoso no sucumbe.


Aún así, si el Sol fuera un humano, no se dejaría llevar por el canto del coro. No es la música que lo llama en cada verso, ni un canto se divulgue a los cuatro vientos, el valor y la sabiduría en el corazón más cobarde del loco, o la mente más ignorante del malcriado.


Es la música que prefiere la luna y sus hijos sin cuerpo. Sus cantos armoniosos los invita salir de entre sombras. Son esas criaturas que vagan por los bosques o por cualquier zona que no sea alcanzada por la luz natural. Ellos salen de casería cada luna nueva, dejándose llevar por el dulce sonido que sueña con ser silencio.

Ninguna mirada se asoma por la ventana, y todo viajero es olvidado en esas épocas. Si no tuvieron la modestia de preguntar por sus nombres cuando llegaron a la ciudad, muchos menos se tomarán el tiempo de buscar los cuerpos que son consumidos por lo que habita en el bosque.


Se dice que, aquellos que se adentran en la ciudad nocturna —ya sea por recomendación o por perder el sendero de vuelta a casa—, se verán envueltos en el manto crepuscular. Los hijos de la noche, si bien son silenciosos cuando se pasean entre los árboles, eso no significa que no harán todo el ruido posible una vez que se hayan alojado dentro de ti.


Tomarán posesión de tu sombra, y caminarán a tu lado, bajo el sol, sin ningún inconveniente. Cuando la luz natural ya no acaricie tu rostro, tu sombra te abrazara por la espalda, y ellos se arrastraran por tu cuello, hasta meterse al oído, hasta llegar detrás de tus ojos, en tu mente. Mas de todo eso, solo sentirás un ligero cosquilleo.


Y entonces habrá ruido. Implantarán falsas ilusiones en tus recuerdos, y tanto tú como tus conocidos dudarán de tu palabra. Una vez alejado de todos, te verás obligado a encerrarte en tu cuarto. Estar ahí dentro, es mejor que salir afuera y ser visto por un millar de ojos que te miran con mala cara, ¿No es así?


En tu habitación, apagarás todas las luces, cambiarás las cortinas por otras de tela negra, su color debe de ser tan puro como el duelo de un familiar, el humor que respiran las flores, o como un cielo sin estrellas.


Dormirás en medio del vacío, donde no se escucha el canto de las aves, donde el viento no acaricia tu piel. Sí que lo harás. Cobijado por tus propios tormentos, soñarás con lo mejor de tu vida. Quizá con un amor que nunca alcanzaste pero siempre se mantuvo en un anhelo, como hubiera sido tu vida si hubieras prevenido la muerte de un ser querido. Cualquier cosa que sueñes estará bien, cualquier imagen de esperanza estará bien. Mas el sueño, en su punto más álgido, se desvanecerá y despertarás gracias a tu ira. Tu piel pagará las consecuencias de tus enojos. Al estar en medio de la nada, arañarás tu espalda, golpearás tu cabeza contra tus rodillas, y tus huesos se romperán al estirarlo fuera de sus límites. Y ya cuando tu cuerpo no pueda más, caerás al suelo, y volverás a dormir.


Las sombras te confundirán con una estrella, y te abrazarán, creyendo que jamás perderás tu singular brillo. Pero solo eres un humano y perderás tu calor corporal.

El espacio, junto con sus planetas y constelaciones, no serán más que eterno recordatorio de que hay algo que puede ser consumido desde el interior. Al parpadear, creerás que alguien te sofoca, como si un elefante te aplastara los pulmones. Y cuando mires al cielo durante la noche, te sentirás abandonado por una madre que jamás te vio nacer.


Los nombres son lo último que se llevan. Los nombres son un abanico que sirven para dar imagen a tus recuerdos, tus mejores momentos. Olvidarás el rostro de tu madre. No recordarás la bella sensación de lo que es un beso de alguien que te ama. Incluso olvidarás cada palabra de tu propio idioma.


Caminarás de un lugar a otro sin realmente saber el porqué. Vagarás hasta que tus pies sangren, hasta que tus manos no puedan llevar tu peso al arrastrarte o hasta que te topes con la iglesia Paloph.


Ya cuando tu cuerpo no sea más que un cascarón vacío, te unirás al coro de la iglesia Paloph. Y, al igual que ellos, cantarás tu tragedia, tus últimos minutos de vida. Y quien pase por ahí, desconocerá el significado de tu melodía, uno en su ignorancia dirá:


"Que hermosa voz, que hermosa voz, es como el canto de un ángel".


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