• Lakónika

El comal


El maíz, es un alimento básico y fundamental para la cocina mexicana, desde la época prehispánica y hasta la actualidad, este elemento es un ingrediente protagónico en muchos de nuestros platillos típicos; puedes comer maíz –y chile– de muchas, variadas y singulares maneras.


La tortilla, es una comida fundamental en los hogares populares de México, no solo acompaña platillos, incluso, se vuelve indispensable a la hora de comer, por ejemplo, una costilla asada, un plato de frijoles, chilaquiles, o para hacer un huevito ranchero. El mexicano migrante, busca la tortilla por todos los rincones del mundo y cuando no la encuentra, él mismo la elabora y hasta, en algunos casos, la comercializa; así de importante es, para nosotros.


Existe un instrumento inherente a la tortilla: El comal; este utensilio –igual de antiguo como la tortilla–, sirve para cocerla, o recalentarla. Todo el que come tortilla, lo tiene en casa. Se trata de una herramienta de metal en forma de círculo plano, que se superpone a la parrilla de la estufa, al brasero, al tlecuil*.


En mi país existe, incluso, una manera de calentar las tortillas. Éste, es un conocimiento que las madres, abuelas, tías –en su mayoría– transmiten a sus hijas de generación en generación, y nos dicen:


Una tortilla inflada, es una tortilla bien calentada –o cocida–.

De manera que, la mujer que no sabe calentar una tortilla, incumple con una tradición, y en las generaciones anteriores a la mía, la de mi madre, por ejemplo, era tomado como un defecto, no saber calentar una tortilla, ya no digamos, hacer una a mano. –Está por demás aclarar el punto del por qué el maíz, la tortilla, y el comal, son temas exclusivos de las féminas–.


Hace algunos días, lavando mi comal, comencé a poner atención en la labor que, dicho sea de paso, no es una labor sencilla, ya que, al igual que la de "calentar la tortilla", tiene una exigencia: el comal debe quedar reluciente. Y es que, al quedar expuesto a la llama de fuego, tiende a adquirir cierta tonalidad oscura, propia del hollín, y, puede dejar el metal opaco, deslustrado.


Entonces, acallando intempestivamente a mi "ama de casa interior"... Mi Espíritu de la feminidad libertadora exclamó:


¿Quién dijo que el comal debe quedar reluciente?

Preguntándole a mi madre, me respondió que no sabía, solo recordaba el mandato de su abuela, tía, y cuanta mujer adulta se cruzó por su camino. El hecho es que, "así debe ser".


¿Quién nos dice cómo deben hacerse las cosas?

La cultura marca, nos cría. Un día comenzamos a hacer una cosa, pero no entendemos los porqués, y aún así, seguimos la ordenanza. Nos imponen formas, hábitos y gustos, que giran en torno a un rol, el que la sociedad nos otorga. Al principio, nos brinda identidad, pero, a la larga, aspectos como la performatividad* de género se vuelven tajantes.


Incumplir dicha performatividad nos lleva a perder definición, nos invisibiliza, nos excluye; dejamos de ser mujeres u hombres por el simple hecho de no cubrir las expectativas. Esto, a la vista de mi heroína libertadora interna, es demasiado. El precio por vivir en sociedad no debería ser tan alto. Así que...


Hoy, mi comal está opaco, y no me importa, no deja de ser un comal, ni está menos limpio, sigue cumpliendo con su función y utilidad. Lo cierto es que, en la actualidad, hay cosas mucho más importantes, que tener un comal reluciente.


Todavía recuerdo a mi bisabuela, siempre en la cocina. Desde la mañana en el tlecuil, esperando a los hombres de la casa, a la familia, a los nietos. Con sus tortillas recién hechas, el café, el atole, el pan... Dejemos de lado lo impráctico que se vuelve para algunas hacer tortillas todas las mañanas... Pensemos que la vida de una persona no puede estar en función de otros. Pensemos que no podemos hablar de libertades cuando estamos obligados a cumplir con los estándares, con las expectativas, con los referentes que otros nos imponen.


Y no se trata de victimizar a las mujeres que lo hacen, aquellas que viven para servir a otros –no está mal servir a otros–, sino para hacer conciencia, para respetar su derecho al libre desarrollo de la personalidad, quizá, algún día, más mujeres puedan desenvolverse integralmente, dedicar tiempo para ellas, que su carga de trabajo sea justa, y que gocen de libertad económica.


La deconstrucción es una práctica importante en estas generaciones: modificar la carga social, delimitar las expectativas, ampliar la performatividad. Es un trabajo, una verdadera labor, pero, por algo se empieza, hagamos el ejercicio de interiorizar, de hacernos preguntas. ¿Por qué hago esto? ¿Quién dijo que se hace así? ¿Por qué se hace así?


La filosofía es la potencialidad del cambio. Cuestionarnos está bien, porque nos permite ver el problema, y darle solución. No dejemos de hacernos preguntas, no dejemos de cuestionarlo todo.



Lakónika


Performatividad de género: https://www.redalyc.org/jatsRepo/4355/435543383002/html/index.html


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