• Nicolás Jaula

El más allá


Cuando salió de la oficina aún seguía en shock. No podía creer que hubiera muerto con tan solo 31 años. Y lo peor de todo, que la causa haya sido el caramelo de canela que le dieron en el restaurante que quedaba cerca de su trabajo.


Estaba en ¿el cielo? La persona detrás del escritorio nunca usó ese término. Había estado formado durante casi dos horas junto a las nuevas personas fallecidas del día, todas igual de confundidas que él. Cuando por fin llegó al cubículo, una señora le explicó con voz carente de tono la causa de su muerte, le asignó un número de folio y le entregó un folleto que aún sostenía y que había arrugado con el sudor de sus palmas. Si le dio más información, no lo recordaba.


Ahora estaba afuera, en un pasillo interminable color blanco, abrumado por el giro tan drástico que había dado su vida. ¿Aún podía llamarle vida? Cuando logró aplacar la ansiedad y suprimir mentalmente el ruido de las personas a su alrededor, se dispuso a leer el folleto. En él, venía toda la información detallada. Debía asistir a diversas ventanillas para tramitar una serie de documentos: Acta de nuevo nacimiento, cédula de identificación post mortem, "Hoja de muerte" para que se le asignara un empleo en el nuevo plano existencial, y una "alta" para el pago de impuestos.


No podía creerlo, hubiera preferido la reencarnación o la simple inexistencia del más allá. Mientras contenía las ganas de romper en llanto, notó que un ex compañero de la primaria caminaba hacia él desde lo lejos. No estaba preparado para ver a alguien y, mucho menos, explicar que su muerte se debía a la asfixia por un caramelo duro para el mal aliento. Sin pensarlo demasiado, salió corriendo sin ninguna dirección, mientras pensaba en lo patética que era su vida ¿o muerte?


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