• Nicolás Jaula

La hazaña



Por Nicolás Jaula



El viento alborotaba mi pelo y chocaba contra mis orejas, provocando el mismo sonido que nace de una bocina descompuesta.


Lo había conseguido, contra todo pronóstico. Mi padre, que había intentado instruirme, se estaba perdiendo de mi hazaña solitaria. Me sentía libre, como si de mis costados hubieran salido unas frondosas alas que me despegaban varios metros del asfalto.


El mundo era mío, tomé firmemente el manubrio, pedaleé con fuerza y vi pasar de reojo las fachadas de las casas vecinas a toda velocidad.


Durante el clímax, algo desestabilizó mi camino y todo comenzó a tambalearse. De pronto, volví a escuchar en mi cabeza la voz grave de mi padre que repetía: ¡No lo lograrás sin ayuda!


La serpiente que la llanta de adelante iba dibujando en el áspero suelo llegó a su fin. Ahora sí estaba volando, pero no de la manera que yo quería. Solo observaba el asfalto de color desigual, cada vez más cerca, como si del zoom de una cámara se tratara.


De pronto, el color cambió. El dolor pintó mi perspectiva de un rojo intenso, mientras mi oreja posada en el piso percibía el sonido de los pasos preocupados que se acercaban hacia mí.

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