• Juan Ignacio Valencia Díaz

La luz del día



Por Juan Ignacio Valencia Díaz


-Disculpe... ¿No sabrá usted dónde está?

-No, no sé dónde se fue.

-He venido preguntándoles a todos, y me han dicho que hable con usted.

-Yo no sé por dónde se perdió.

-¿Se le perdió?

- Se fue.

-¿A dónde?

-Si supiera ya le hubiera dicho.

-¿Por qué no me dice nada?

-Es que hemos hablado, pero usted parece no escuchar.

-Es que usted sólo me da largas...

-Sí, la espera fue larga.

-¿Cuál espera?

-La que me hizo esperar...

-¡Parece perderse usted!

- Estoy... muy perdido

-¿Dónde está?

-No lo recuerdo. Se me ha ido

-¿A dónde?

-Si recordara ya le hubiera respondido. Pero dígame algo, para acordarme.

-La gente dice que estuvo con usted, y se acompañaban. Que bebieron café juntos frente de la iglesia.

-Eso lo recuerdo... Mas la gente no sabe lo que dice, se pierde creyéndose dueña de sus palabras...

-El pueblo entero me ha dicho lo mismo, que los vieron aquella tarde... dígame, ¿A dónde se ha marchado? Dígame ¿Qué le pasó, a dónde se ha ido? Al siguiente día ya no volvió, y me ha vuelto un desdichado.

-Ya amaneció... ¿Se dio cuenta?

-¡Deme seña! Señale un punto. No diré nada de su secreto...

-¡Vaya a dormir, descanse! Es tarde.

Se retiró el anciano, caminando a paso rápido.

-¿Pero es que no me va a decir a dónde se fue ella? ¿A dónde va usted?

El novel hombre le quiso igualar el paso.

-Yo voy con usted, no camine tan rápido. Todo el pueblo me dijo lo que han visto...

-No debería de creer todo lo que se dice...

-Pero... ¿Será por algo que lo dicen? Porque si uno hablara, se le ignora. Pero son todos allá quien lo señalan como el autor de tal... barbarie.

-¿Barbarie? ¿Es como le llaman?

-Y no confesarla la hace peor

-...Que usted les crea, no la hace cierta. Mas cada uno elige qué creer. Si nos vieron en el café, es porque estuvimos juntos. Pero después perdimos todo contacto. Por otro lado, no me quiera detener con la excusa de que usted es quien porta la placa.

-Mi placa poco vale, yo sólo la busco a ella, la que hace falta.

-Busca en vano, yo no tengo a quien usted dice. Ni sé dónde está.


Dijo y luego cerró la puerta. Habían llegado a casa de Ernesto, el viejo hombre adusto, flaco y alto. El modesto policía no tuvo más que regresarse a por donde había venido. Por irse demasiado pronto no alcanzó a ver la obscuridad que brevemente asomó por debajo de la puerta, cual humo que sale por la chimenea. Luego de días lo buscó de nuevo, para seguirle interrogando.


-¿En serio no la ha visto?

-No.

-¿Qué dice? No he podido dormir. ¿Cómo podría dormir, si ella se fue?

-Y no ha vuelto, dice usted.

-¿Sabe usted a dónde se fue?

-¿De qué me habla?

-De la que se llevó usted.

-No sé qué dice, ya lo he dicho. ¿Esconde su placa?

-La dejé en casa, no la estoy cargando. No he podido dormir en cuatro noches

-Veo que hoy no se esconde, entonces. Yo he dormido largo. Algo pasó en este pueblo, que en estos días la gente de acá no duerme tan bien.

-Algo sucedió hace días, lo dice bien.

-Pero no sé qué hace aquí usted, como si yo tuviera algo que ver.

-Usted puede ver.

-¿Cómo?

-¡Sus ojos! Ernesto, usted puede ver.

-Le hace falta dormir, es lo que veo.

-¡No entiende, sabe! Sus ojos no están encandilados como los nuestros. ¡Usted puede ver!

-Vaya a casa y deje de fastidiar. Duerma un tanto.


No sólo los ciegos no podían ver, ahora también los encandilados repletos de luz en los párpados. En cuatro noches el pueblo no pegó las sábanas. En la tercera la iglesia y las cantinas se atestaron de gente. En la cuarta se reunieron en la plaza. Fueron cinco días y cuatro noches en que el señor Ernesto, flaco, alto y adusto no salió de su casa.

-No lo veo en la iglesia, ni en la cantina, ni preocupado como todos. ¡Nos han robado la noche, y usted tan aliviado!

-Soy libre de culpa; mas usted lo llama "alivio".

-Le voy a perseguir hasta dar con ella.

-Ya le dije que sospecha de mí en vano.

-Sus ojos me dicen otra cosa.

-Yo también morí de miedo la noche que Elena murió en mis brazos.

-Sabe muy bien lo que pasó aquella noche.

-Sé que esa gente la dejó morir. Váyase ahora, que ya me meto a mi casa.

-¡Usted se la llevó! ¡Se robó la noche hace cinco días, tendrá que devolvérnosla!


Le volvió a cerrar la puerta, ahora casi en la nariz. El jefe, ciego por encandilado, de nuevo no la divisó, la espesa oscuridad que se avizoraba bajo la puerta. De camino a su casa la gente le hablaba; gente como él, con los ojos encandilados. Algunos soltaban lágrimas; otros ya no. Le pedían ayuda, le seguían con la escasa y virulenta mirada que les quedaba. Con la poca cordura.


-¡No podemos dormir! -¡Devuélvannos la noche!

-¿Usted se la llevó? -¿Usted sabe quién se robó la noche?


Aquella última noche, la del robo, los ojos del jefe estaban cerrados. Al viejo Ernesto la gente le vio los suyos, sus ojos, llenos del color de la tristeza allá en el café que está frente al templo, y los que lo vieron decían que él se había robado la noche, porque el color de la noche y el de la tristeza de Ernesto es el mismo negro. Casi ninguno de ellos recordó que hacía un año, la otra noche - o quizá la misma - se había llevado a Audelia, su esposa, en el incendio.


Al día siguiente en la mañana la gente se dio cita en el ayuntamiento con palos y armas. La gente que ciega de tanta luz apenas podía caminar sin dar traspié, a como pudo dio con el lugar y se apostó en la entrada exigiendo la oscuridad a gritos. '¡Encuéntrennos la noche! ¡Encuéntrennos la noche!' gritaban, y uno dio la orden de ir a la casa del alto, flaco y adusto Ernesto porque a él lo habían visto en la noche del robo, cargando la noche.


-¡El viejo Ernesto se robó la noche! ¡Vayamos a su casa a quitársela!


A lo que obedecieron iracundos no sin antes aventar sus fuegos volátiles a las ventanas del ayuntamiento, que ardieron. Tocaron con fuerza a la puerta de la casa del viejo, y la tumbaron, a lo que un pedazo de la noche salió. Expectante como estaba, también salió Ernesto.

-¡Devuélvannos la noche!

-Yo no tengo su noche, tengo la mía.

-Nos ha robado la noche, la tiene ahí.

-No es la que ven adentro.

-No nos quiera usted mentir...

-No miento, pero si quieren mi noche tráiganme a mi Audelia.

-No fuimos nosotros quienes nos la llevamos.

-Mas de ella se rieron cuando pidió auxilio.

-¿Auxilio? Ella había pecado.

-No más que ustedes, ciegos cínicos.

-Pero esta no es su noche.

-Tampoco era suya Audelia.

-¡Devuélvannos la noche!

-Su noche se ha perdido.

-Usted la trajo aquí.

-Aquí siempre estuvo.

-Con usted la vimos... hace cinco días.

-Se confunden, vieron la noche de mis ojos, que es del mismo color que su noche.


No supieron los airados pobladores de qué hablaba Ernesto. Quizá porque muchos, por viejos que fueran, lo más que habían perdido era la noche; aquella noche de hace cinco días que se les esfumó ante sus narices, y que - como todo lo bueno que se va - se les fue sin que siquiera notaran que se iba. Por ello bajaron las antorchas, y prendieron fuego a la puerta y ventana. '¿Qué hacen? ¿Qué hacen?’, preguntó Ernesto, desencarado.


Pronto su casa ardía toda. Él se metió para intentar apagar el fuego. Luego moriría adentro, asfixiado y con la más negra de las tristezas colgándole de los ojos. La horda gritaba y festejaba afuera por el retorno de su noche, la noche que tanto extrañaron en los cortos cinco días que se ausentó. Quizá entre tanta oscuridad y rabieta y algarabía olvidaron ver que apenas eran las 10 de la mañana. Y, quizá por eso, días después se hincaron de nuevo a su fe, para implorar que les devolviera La Luz. La Luz del Día.


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