• Carlos Susarrey

Las paradojas, según Saramago


“Dejadlos:

son ciegos guías de ciegos;

y si el ciego guiare al ciego,

ambos caerán en el hoyo.”

Mateo 15:14


Antes de que se pueda pensar que acaban de ser atrapados, como parte de una broma de pésimo gusto, por un tramposo atalayo con el uso de la infame frase “...ahora que tengo su atención…”, es necesario aclarar que, la frase que cito al inicio de esta reseña, cubre una función específica.


La pintura La parábola de los ciegos (Pieter Bruegel, 1568) está inspirada en la susodicha cita bíblica. La obra maestra, perteneciente al renacentismo holandés que permeaba al inicio de la Edad Moderna, fue elegida —en la edición del año 2000— como portada del libro ganador del Premio Nobel de Literatura 1998:


Ensayo sobre la ceguera - José Saramago (1995).


Nunca una portada/pintura podrían ser aplicadas de manera tan perfecta a una obra literaria.


En una aplicación tendenciosamente bíblica, la cita de Mateo señala a los fariseos que, desobedeciendo a adaptarse a la palabra del hijo de dios encarnado en la tierra (un tal Jesús), prefieren seguir guiando a sus oyentes a través de las enseñanzas dictadas con antelación a la llegada del nuevo predicador. De ahí la metáfora de un ciego guiando a otro ciego al hoyo.


Actualmente, ambas, la cita bíblica y la pintura de Pieter, podrían tener tantas aplicaciones como ámbitos a los que se quiera dirigir la metáfora de la ceguera, que conlleva a una inevitable caída: espiritual, emocional, intelectual y un largo y tendido etcétera.


Contextualizado en esta alegoría, nuestro amado Saramago, triunfalmente, se da el lujo de jugar a ser dios, debido a la naturaleza omnisciente de la narrativa con la que nos plantea una de las más desesperantes enfermedades que a nadie se le podría ocurrir.


¿Te suena conocida la palabra pandemia?


Una de las principales razones por las que te quiero recomendar este libro, es porque, precisamente, te será muchísimo más fácil entenderlo en este momento que vivimos y sufrimos desde el pasado 2019.


Saramago, adelantándose en el tiempo —prefiero pensar que, sin saberlo— expone su pandemia y la actual nuestra con su ensayo, planteando un panorama en que la sociedad súbitamente se ve desnuda debido a la tragedia comunal, para así dejarnos ver su carencia de ética, empatía, moral, respeto, inteligencia, bondad, honor, justicia, dignidad y tolerancia.


Por medio del uso y abuso del poder de la palabra ignorancia, en nuestra realidad y en la del libro, somos testigos de verdaderos actos cavernarios por parte de una bandada de coterráneos convencidos de que, en caso de que esta sea el tan anunciado apocalipsis, ellos deberían ser, por derecho propio, los únicos sobrevivientes en el planeta.


Presenciamos la mutilación diaria de palabras sociales clave, como agradecimiento, responsabilidad, sabiduría, madurez emocional.


Presenciamos la paradoja de la esperanza, queremos salir sanos y salvos de algo tan catastrófico como esta tragedia mundial, pero sin obedecer una regla tan antigua como el mismo ser humano: trabajo en equipo.


Necesitamos ver morir a alguien en nuestros brazos para, entonces sí, creer que nadie, sin importar raza, género, edad, preferencia sexual o rango social, se puede salvar.


Aún en esta máxima alerta, damos mucho más valor a obedecer a los instintos que a la constante mediática de disciplinarnos para, más temprano que tarde, retomar la vida como la conocíamos.


¿Cuándo es que se va a detener la tanatomorfosis a la que hemos sometido a nuestro entorno?


¿En qué momento dejé de reseñar la novela para dar paso a reseñar nuestros últimos 648 días en el planeta?


Dentro del ensayo de Saramago, una textura lírica que deja un agradable sabor a miel, es el manejo de los personajes con respecto a darles un nombre propio. Por lo que, una vez inmersos en dicha textura, encontraremos actores señalados con base en una característica peculiar, por ejemplo: el médico, la mujer del médico, la chica de las gafas oscuras, el viejo de la venda negra, el niño estrábico, el primer ciego, el ciego de la pistola. Mención honorífica al perro de las lágrimas.


Existe un punto en la novela, en la que puedes ver sólo las sombras y replegarte una vez que las miras.

Puedes simular que las viste. Puedes simular que no las viste. Cuando la leas, sabrás que estaban ahí, aun si no las viste. Esa es la diferencia entre ver y ser, o querer ser un ciego más.


Ya que no es para nada cortés contar el final de la novela, por respeto a los nuevos lectores, cierro mi reseña con el imperativo de que, la gran enseñanza de la pandemia actual en este planeta, debe ser que cada uno de nosotros reconozca el tipo de ceguera que padecemos. Esto pudo llegar a su fin mucho antes, siempre y cuando la hubiéramos detectado y procesado; debimos dejar de ser ciegos guiando a otros ciegos, como lo señalaba Pieter en el siglo XVI, incluso antes de la llegada del COVID-19.

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