• Carlos Susarrey

Los rituales de Fuentes


Imagina por un momento hacer realidad una utopía, elige una con los ojos cerrados.

Yo imagino esto, partiendo de una proyección personal: llegar a ser tan buen escritor, que mi fluencia fuera tan vasta como para permear en varias ramificaciones de la literatura. Tener la capacidad de aterrizar en letras los guiones para cine, radio, noticieros, documentales, en fin. Mi utopía se va diseminando y abarca también tener la capacidad financiera para producir los susodichos documentales y cine; imagino, a la vez, que dichas producciones fueran premiadas en festivales internacionales como la Academy Award (mejor conocida como Premios Óscar) y el festival de Cannes.

¿Y si te dijera que esto no fue una utopía, sino una realidad avasalladora perpetrada por un conjunto de mexicanos intelectuales a lo largo del segundo decalustro del siglo pasado?


La reseña de hoy NO trata precisamente del cabecilla de esta bandada de locos y refulgentes talentos: Manuel Barbachano. La reseña de hoy trata de un escritor que fue colaborador de nuestro recordado Manuel.

La reseña de hoy VA de un escritor que se cansó de ganar títulos Honoris causa por todo el mundo, desde la UNAM, Harvard y hasta Cambridge; que cuenta en su haber con premios como el Príncipe de Asturias, el Xavier Villaurrutia (si no han leído a Xavier, vayan en cuanto puedan y enamórense de sus nocturnos), el Miguel de Cervantes, la Gran Cruz de la orden de Isabel la Católica y la Medalla al mérito Belisario Dominguez. Sólo por mencionar algunos.


¿Por qué entonces comenzar a contextualizar la reseña con Barbachano? Porque, imagina que Carlos Fuentes te dedica un libro. ¿Qué clase de persona necesitarías ser para que esto suceda?

Necesitarías tener poderes mutantes, como evidentemente, Manuel los tenía.

El potente trabajo de Carlos Fuentes, Aura, está dedicado a los Barbachano, Manuel y Teresa.

Desde ahí, Aura ya pinta demasiado bien, ¿cierto?


Antes de comenzar a leer y volarnos la cabeza con su narrativa, Carlos cita al libro de Jules Michelet: La Bruja (1862). Para no desviar mucho la atención a ese otro gran libro, sólo haré mención de que la cita obedece al poder que se le confiere metafórica y socialmente a las mujeres en la actualidad: brujas, sabias, manipuladoras de los elementos y, a partir de ahí, del miedo que son capaces de producir a los proclives a su magia, blanca o negra. Esta referencia, lo verán, se entiende al final del libro, específicamente.

Si existe un recurso complicado de utilizar en cualquier género literario, este es el del narrador en segunda persona. Para lograr éxito con este recurso, el escritor debe ser capaz de concentrar tu atención en cada mínimo detalle, para que no te extravíes en el camino. Recomiendo preparar tu mente cuando leas Aura, ya que es de las mejores novelas del género gótico, escrita en segunda persona, que caerá en tus manos. Recomiendo también tener a la mano un traductor del idioma francés.


Para no arruinar la sorpresa de un libro tan corto y sencillo de digerir, trataré de no adelantar gran cosa, para quienes aún no lo han leído y, espero, despertar la curiosidad de leerlo.


Fuentes toma tus ojos/mente y los mete en un caldero hirviendo a la leña, junto con elementos previamente añadidos: todo lo verde -vestido, cortinas, paredes, ojos-, una “coneja”, los gatos, el café sin azúcar, los riñones, el tomate y el vino espeso; el lado derecho y el izquierdo de una “casa”, los listones rojo, amarillo y azul; la desesperante oscuridad y la efímera luz, las plantas narcóticas del jardín casero, la hostia y el sexo. Una vez cocinado todo en su punto, tus ojos/mente no saldrán siendo los mismos de ese caldero.


De este modo, sin que sea considerado un spoiler: los personajes y los lectores, quedamos atrapados en la espiral de la oscuridad del libro de Fuentes. Para siempre.


Sin que sea considerado un spoiler: conforme siga habiendo reediciones de este volumen, cada nuevo lector seguirá reencarnando, también.


Como una especie de maldición anecdótica:

Les emocionará saber que aún existe el domicilio citado en la novela, en el centro histórico de CDMX.


Como una especie de maldición metafórica:

Las mujeres existen tanto como las brujas. Y viceversa.

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