• Cámara rota

Mi libro de mitología





Por Luis Manuel Solís


Citlali leía su libro de animales mitológicos sentada en las escaleras de la escuela secundaria. Faltaba poco para que abrieran, pero ella siempre llegaba temprano para repasar aquellas páginas llenas de seres maravillosos. Las descripciones de los textos las conocía de memoria, pero cada una iba acompañada de una lámina tridimensional que eran las que capturaban su atención e imaginación. Fascinada, observaba una imagen tras otra. En ellas desfilaban murciélagos, tiburones, lobos, cuervos y docenas de criaturas surgidas de la mente de nuestros antepasados y de su necesidad de transmitir sus miedos y conocimientos mediante símbolos e historias. Le faltaba poco para llegar a las páginas centrales, en donde estaba al que ella consideraba el mejor, su favorito. Su papá le había reglado el libro al darse cuenta de que los libros de texto de la escuela la aburrían. Los quilín, los krakens y los shang yang eran bonitos y le encantaba verlos correr en los zoológicos, pero, en su opinión, las criaturas de la mitología antigua eran mejores. Citlali acariciaba las láminas como si así pudiera sentir las plumas, el pelaje o la piel desnuda de dichos seres, representados en los llamativos colores que, según los autores, serían los que probablemente tuvieran de existir, dado sus hábitats.


Mientras contemplaba la ilustración de vacas y caballos verdes, una alarma sonó en su teléfono al llegar un mensaje. Lo leyó. Era de su mamá, regañándola por no haber dado de comer a Pechocho, su unicornio poni, y provocando que el animal entrara a la cocina y se comiera el amaranto, las palanquetas y hasta un trozo de piloncillo que guardaba el abuelo en la alacena. La chica se llevó una mano a la frente, suspirando: adiós a sus domingos por lo menos durante un mes.


Pensaba tristemente en ello cuando llegó su amigo Damián. Aunque tenían la misma edad, el muchacho era un ciclope y medía ya dos metros con treinta. Lucía preocupado.


—¿Qué tienes, ojón?


—¡Ay, humanita! ¿No supiste lo que le pasó a Maricela? ¡Lo subí a todas mis redes sociales anoche!


—No. Acuérdate que me quitaron el internet porque Pechocho se orinó en la sala. Era un charquito de colores bien bonito, pero de todos modos se enojó mi mamá. ¿Qué le pasó?


—Bueno, ¿recuerdas que Mari se fue de vacaciones con sus papás a Medio oriente? Pues un djinn le sopló en la boca cuando iba a tomarse una selfie con él.


—¡Dioses! Con razón no ha venido. ¡Pobrecita!


—Mira, dicen que se pondrá bien. Los de la excursión tenían antídoto a la mano y no morirá. Lo único malo es que ahorita está conectada a la Piedra Madre de esos bichos y se la pasa con los ojos en blanco escribiendo sobre ciudades subterráneas y cosas así. Eso es normal, dicen.


Mientras platicaban se habían ido acercando al salón de clases. Al entrar, se unieron a una bolita de niños que comentaban, lógicamente, la situación de Maricela y recordaban sus propias vivencias. Citlali pensó por un momento que veía mal al observar a quien hablaba, pero en realidad era Onésimo, un nahual, que tenía la apariencia de un ahuízotl en ese momento.


—Pues a mí me mordió un chaneque en Chiapas hace dos años. Le dijeron a mi mamá que a lo mejor me daba por suicidarme tirándome a un pozo y veme, sigo aquí.


—Mi tío quiso montar un minotauro en el rodeo y acabó con una pierna rota y dos puñetazos en la cara —comentó Graciela, una dzulúm que a su corta edad todavía no poseía el irresistible poder de atracción sensual que los caracteriza.


—¿Recuerdan que el año pasado se metió un cachorro de cancerbero al Oxxo de enfrente? Que desma... —


Damián se interrumpió, abriendo mucho su de por sí enorme ojo al ver a la maestra entrando al salón de clases. Era una amazona, lo cual era casi un requisito dado la resistencia y fuerza necesaria para lidiar con los jóvenes, en especial con los precoces centauros. Los puso en orden y comenzó con la lección del día, era algo sobre un tal Schrödinger, de los reinos vikingos, y su teoría de que todos estaban vivos y muertos al mismo tiempo mientras no se abriera la caja de Pandora para conocer qué era lo que se ocultaba allí.


“Aburridísimo tema” pensó Citlali, ocultándose como siempre tras el corpachón de Damián mientras abría su querido libro de mitología en las páginas centrales. Adoraba al ser representado en ellas. Su pelo, sus extraordinarios ojos, sus patitas, su larga y peluda cola. Suspiraba sabiendo que esa elegante criatura llena de misterio no existía, como ninguno de los otros allí representados. Este en particular era bellísimo, majestuoso, el artista lo había dibujado en color negro, dado que siempre se le había relacionado con la noche. Era su favorito. Se decía que si hacían “ojitos” provocaban la felicidad en quien los mirase. Las manos le ardían en deseos de acariciarlo hasta provocar el suave sonido curativo que poseían, según cuentan las leyendas de todo el mundo.


Citlali daría lo que fuera porque existieran los gatos.


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