• Andrés Xicoténcatl

PRÆDICA ANICETEA







Por Andrés Xicoténcatl



LOS BIENAVENTURADOS

Tercer libro, capítulo 6

VI

PRÆDICA ANICETEA


Aniceto se embebió en la profundidad del valle silente. Temblole la voz:


In Paradisi hallábanse todos los dioses juntos. La Naturaleza, primus inter pares, había tejido algunos filamentos de la maraña del Caos incierto y en su seno inmenso había arrullado incontables astros, algunos ya desiertos e inhóspitos, algunos ya sembrados de divinos árboles y plantas. En una de aquestas esferas, ésta que el Cosmos tuvo a bien regalarnos, estallaba un verdor inmenso que los pontos generosos abrazaban. Sobre este jardín de delicias combatían, amaban y desaparecían los dioses obscuros, los radiantes, los nocturnos, los diáfanos, los amistosos, los terribles, los piadosos. Los cielos obscuros lucían galones de planetas que vibraban con el moverse de los númenes divinos. Audible era la música de las esferas y a su son bailaban las creaturas, liberadas de toda atadura. Los prodigios daban vueltas al globo: hacia el septentrión retorcíase el Dragón, hacia el polo rugían las testarudas Osas, sobre el ecuador flotaban el León, el traicionero Escorpión, la bella Astrea y la Cabra; perseguían en prodigiosa carrera el Dorado y el Pez Volador nadando en las celestes aguas del noto. Divino mundo que hervía de esperpentos era aquel que dos mínimas creaturas, en medio de la foresta exultante, menores de tamaño, pero no de nobleza, contemplaban con ojos carentes de espanto: la Mujer y el Hombre. Aunque aquel mínimo par poseía un rincón de obscura alma turbulenta heredada del misterioso Caos, aun así, caminaban sin malicia entre salamandras y grifones, endriagos y dragones. No eran los únicos de similar forma: oíanse las risas de las ninfas corretearse alegremente, surcaban aladas doncellas los cielos, terribles demonios hundíanse en el insondable Tártaro. A diferencia de ellos, empero, la Mujer y el Hombre, sentíanse más cercanos a las flores que adornaban sus lechos, pues se sabían mortales y marcesibles. Verás, en el Paraíso ya perecían los seres, pero la existencia era una y misma corriente. Así como el río que se quiebra en mil cristales en la cascada sin padecer y después se precipita hacia el mar donde desaparece y es feliz, así era la existencia en el Paraíso. Aún más, a aquella bienaventurada pareja poco les importaba toda temporal disquisición: el tiempo se les presentaba como un ciclo sin fin, preguntarse por el pasado y el futuro era preguntarse por la misma cosa, por el instante siempre iterable, por el eterno retorno de lo mismo.


Aniceto prosiguió con admiración:


—Y he ahí que crecían en el Paraíso muchos árboles: el de la Ciencia, el de la Mutación, el de la Transmigración, el de la Catarsis, el del Amor. ¡Cuán bello era ver a la Mujer, después de haber comido conspicuo fruto, ya pergeñar largas cartas de ética, ya hacer coloridas tablas de las revoluciones celestes! ¡Y cuán bello era ver al Hombre, habiendo comido del dulce árbol de la Música, entonar calurosos madrigales donde alababa ya cosas serias, ya cosas pecaminosas que a ambos hacían reír y al embriagarlos con los dones de Erato los llevaba a hacer exquisitamente el amor! Así, alimentada de los sabrosos frutos de los multiformes árboles, hallabas a la feliz pareja sentada, conversando animada sobre el principio primero, sobre la licitud de comer carne, sobre la constitución fisiológica de sus hermanos animales, sobre la mejor organización de la polis, o de la preparación de un almíbar; hasta que agotados de tantos placeres, y plenos de una cálida gratitud que emergía de sus corazones, pedían un fruto del árbol de Polimnia y entonaban armónicos himnos que alababan a algún dios.


El semblante de Aniceto se torció levemente. Con un cambio de voz, siguió:


—Había, sin embargo, un árbol, hijo del misterio, que desparramaba su triste fronda sobre el pico de una montaña. Nadie sabía por mano de quién plantádose había, y en las múltiples teogonías que los dioses orgullosos recitaban, nadie hacía mención de aquel. Éste era un árbol encarnado, terriblemente remoto, dividido en escisión perfecta en un caudal de hojas bermellón y otro de hojas cenicientas, que se agitaban frágiles en ventosa cúspide: era el árbol de la Vida y de la Muerte.


Aniceto, como si estuviera viendo aquel malhadado árbol, continuó:


—Comer el fruto de este árbol estaba prohibido para los bienaventurados dioses y animales, pero no por arbitrario mandato de un dios tiránico, sino por intuición secreta y sentida en el corazón. ¡Cuántos árboles no había por comer y de fruto más deleitoso! ¿No era mejor el de la Metafísica, de la Geometría, de la Física, el de la Danza? El árbol de la Vida y la Muerte, en cambio, ahuyentaba hasta a los mismos demonios que se le atrevían; pues cargado de frutos hediondos, sangraba profusamente, enlodando de sucio escarlata el roquedo fragoso donde ceñudo se erguía. Rumores hay que la ponzoñosa serpiente gustaba de habitar sobre él, pero esto no es más que maledicencia, pues ella, inteligente y locuaz, gustaba del árbol de la Elocuencia, que la hacía entrar en arranques retóricos. Pero, ¡ah!, Mujer y Hombre, dentro de ellos un aire insufla, un soplo por las Moiras inyectado, un hálito extraño y particular, que hacía que incluso recostados en la fragante pradera, no pudieran evitar ojear hacia el roquedo enrojecido, llenos de curiosidad y deseo. Poco a poco, y a pesar de estar rodeados de rebosantes frutos, emprendieron la marcha hacia aquel malhadado yermo. Al acercarse, tomados de la mano como estaban, sintieron la vocación de su propia alma, la inevitabilidad de su propia constitución, la hermosa tragedia de sí mismos. Y subiendo cada vez más, viéndose el uno al otro, sintiendo en sus labios el acíbar de lo venidero, treparon por el fragoso roquedal, alcanzaron el árbol y bajaron un fruto… Mordiéronlo.


Aniceto sintió sus ojos enrojecer.


Aperti sunt oculi amborum¹.


Y continuó:


—Y desatáronse en su corazón los nudos del Ser. La terrible condena de lo doble reventó los suaves lazos con que todo se ayuntaba: rasgose en dos partes el velo del Cosmos, la armonía del Universo estalló en miles de fragmentos, se disgregaron las creaturas y los dioses, soltaron su abrazo toda Ciencia y todo Arte. La Vida y la Muerte, al desligarse, se desconocieron, y una, la más luminosa, fue tomada como el sumo bien, y la otra, la más obscura, como el sumo mal. La Mujer y el Hombre voltearon a su alrededor, se concibieron únicos y llamaron a lo que tenían enfrente naturaleza y apostataron de ella; a los bellos animales, los miraron mortales, los llamaron inferiores y los arrasaron; a los dioses, los miraron con envidia, los llamaron superiores, y para erradicarlos hicieron hogueras con las ramas del árbol de la Razón, de madera humeante, y columnas de humo subieron sin cesar hasta cubrir los cielos, asfixiando a los seres sutiles y despoblando la Eternidad.


 

¹ "Y abriéronseles los ojos” (Gen 3, 7).



Casi inaudible, Aniceto terminó:


—Y habiendo asolado el Paraíso, una melancolía de lo perdido se apoderó de ellos, un espíritu de lamento les ocupó el corazón. Sintieron que habían trabajado en vano, sintieron que habían pecado, pero ahora sólo les quedaba seguir adelante hasta el precipicio del orbe. Caminando, tomados de la mano, se vieron mutuamente con infinita tristeza. Se dieron cuenta de su desnudez de espíritu.


—Y sintieron vergüenza.


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