• Esteban Ramírez

Qué línea seguir



Tomé una, dos, tres, varias monedas; al final no di cuenta de todas las que había metido en mi abrigo, seguro más de treinta. No había muchas personas en el vagón, quizás unas quince. Solo tres nos miraban, el tipo del sombrero solo reía; él no tomó ni una sola, seguramente ya había abierto el teléfono antes y tenía su motín en resguardo. Pero, ¿cómo supo él abrir la caja?, sobre todo, ¿cómo supo que esas monedas preciosas existían?, esas monedas que han visto ojos hermosos, obras de teatro, cine, restaurantes, que llevan una parte de muchos, pero pocos saben su valor.


Este hombre lo sabía, sin embargo, no tomó ninguna, solo sonreía. El teléfono estaba descolgado, el auricular se columpiaba y el cordón parecía rescatarlo. La caja estaba abierta, sin daños, las teclas metálicas ya gastadas brillaban. El tren se detuvo en la estación Observatorio, no tendría que estar ahí; no recuerdo qué línea tomé, pero no debería estar ahí. La gente se aproximaba a las puertas del vagón, aún quedaban muchas monedas en la caja del teléfono.


El tipo de la barba y yo, cubrimos el teléfono, el tesoro podría sacarnos de esa enorme máquina. El tipo del sombrero bajó sonriendo mientras caminaba hacia atrás fuera del vagón; al cerrarse las puertas, levantó su sombrero en reverencia. Me sorprendí al mirar que en su mano no solo llevaba su sombrero, sino que su cabeza no se separaba de él, pero sí de su cuerpo. Apreté mis manos fuertemente al igual que mis ojos. Escuché como chirriaban las ruedas al avanzar el tren, la acústica de la cueva me hacía sentir en un profundo mar. Estaba muy debajo, estaba debajo de la tierra o en las profundidades del mar, ¿en qué línea estaba?


¿Qué línea tomé?, no lo recuerdo, era estúpido preguntar; ciertamente Observatorio es la línea rosa. No pretendo, no quiero llegar tarde. ¡Qué idiota!, no sé el nombre las líneas, solo los colores; podría saberlo con los colores, pero al abrir los ojos ya no había colores, solo cuerpos grises y luces parpadeantes. El anciano que encontré desde que subí, seguía mirándonos, con sus labios de cortinas, ásperos, fríos, polvorientos y pesados. Pronto las luces se encendieron al llegar a la estación, estaba vacía; al abrirse las puertas, emergió un grito agonizante desde la oscuridad. Café, café, todo era café. Eso no, no es posible. Comencé a sudar, mi frente, mis brazos, mi pecho, pude bajar, pero no estaba seguro, no lo hice.


Las líneas no pueden cambiar así como así, ¿acaso hubo cambios? Hubo cambios y no lo supe, debe ser eso, pero ¿por qué no lo supe? Se supone que los cambios importantes deben aparecer en televisión o en línea. En línea, carajo. Alcé mi mano para ver la hora, pero mi reloj ya no estaba; el tipo de la barba me miró disimuladamente y dio un giro a sus ojos para clavarlos en la caja, como si se tratará de los gatos de Toledo. En un descuido ese perro sarnoso, un descuido y el barbudo se robó mi reloj. Por lo menos tengo mis monedas. Por supuesto que sonreí también, es un idiota, ese reloj era viejo, solo tengo que bajar y tendré otro. De nuevo en movimiento, ¿era yo o el tren me llevaba? Movimiento estático, creo que así se le podría llamar a mi situación, una fuerza externa que actúa sobre un cuerpo quieto.


Por un momento pensé que podía ser una estatua de bronce, hacía juego con el teléfono público, y bien pude llamarme, sin servicio. Solo tenía que comprobar que así fuese. Levanté el auricular para escuchar a través de la bocina. Tragué saliva inmediatamente y mi garganta se secó, mi estómago saltó, lo escuché, lo escuché. Un susurro que decía – Por favor, sácame de aquí, llévame lejos, por favor, tú no lo sabes, no debo estar aquí – Claro, ¿y cómo carajos sacaría a esa persona?, ¿dónde estaba? Miré alrededor, el viejo, ahora de pie, continuaba mirándome; maldito viejo. Miré al techo y sonreí nuevamente, le sonreí en esta ocasión al viejo. ¿Quién era esa persona?, observé a las personas estudiando sus rostros, ¿quién será?


Llevé de nuevo el auricular a mi oído, ahora era un poco menos perceptible, el ruido dificultaba escuchar su voz, pero ligeramente entendí que decía – Aquí estoy, sácame de aquí, ya no aguanto, pronto mi voz se apagará, no podré decir nada, pronto seré un cuerpo sin cabeza, un cuerpo sin voz – Nuevamente, derecha, izquierda, derecha, abajo. Entrecerré mis ojos como si eso me ayudara a ver mejor, como si esa fuera la fórmula. La encontré, estaba allí sentada, reí como loco. La encontré. La voz dijo – No me dejes – No te preocupes dije, te encontré. Las luces venían otra vez. El viejo me miraba, ahora un aire de reprimenda. El barbudo, abrazó aún más el teléfono.


Mi sonrisa no me dejó, tenía poco tiempo, pero la encontré. El tren se detuvo y el anciano bajó. Maullidos y gritos provenían de la estación. Que se largue. Llegué donde la joven, ¿estás bien? – Estoy bien ¿tú lo estás? Has estado demasiado aquí, tengo entendido que se te hacía tarde, un poco más y será tarde o quizá ya lo es.


- No te preocupes, te sacaré de aquí.

- Dame tu abrigo.

- ¿Estás loca?

- Dame tu abrigo, tengo frío.

- Dame tu sombrero.

- ¿Eres idiota?

- No, ¿ves a aquel barbudo?, me está cuidando algo, si te entrego mi abrigo, por lo menos quiero tu sombrero. ¿Sabes?, en mi abrigo hay unas monedas, valen mucho, eso te puede ayudar.

- ¿Valen mucho? ¿para quién? No tienen valor alguno.

- ¿Para quién?, ¿cómo que para quién?, pues para todo el que las posea.

- Solo quiero el abrigo, puedes quedarte las monedas. Toma mi sombrero. Dame tu abrigo y me iré. Y que quede claro, no puedes rescatar a nadie, ni siquiera sabes en qué línea vas.

- Jaja, tonta, ¿qué importa? Puedo bajar cuando quiera e irme tranquilamente a casa en cualquier momento, de hecho – miré al barbudo, parecía que el reloj que me robó lo consumió – De hecho, estoy por irme.


Le sonreí nuevamente, reí.


- De hecho, estoy por irme, tonta, jaja.


Tomé las monedas del abrigo y las metí en los bolsillos de mi pantalón, le quité el sombrero, me lo puse y le tendí el abrigo con desprecio. Lo cogió con ambas manos, apretándolo fuertemente; todas sus venas resaltaban, sus manos, su cuello, su frente, parecía explotar.


- ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah!


Gritó varias veces en mi cara, y así continuó. Yo reí, reí y reí, ella continuó gritando.


- ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah!


Me acerqué al teléfono, ella se fue corriendo y gritando por el vagón. Quise decirle algo al barbudo, pero al parecer la risa me bloqueó la garganta. Solo pude decirle algo.


- ¡Hala!


El barbudo me echó una mirada acusadora y se sentó frente a mí. Continuó mirándome, yo le sonreía, le sonreía a él y a todos en el vagón. ¿Dónde se habían metido? Estúpidos. Tengo la caja, el barbudo se consume lentamente y yo tengo mis monedas, pero son demasiadas. Encontraré a un buen sujeto, puede quedarse con otras monedas, no necesito todas. Ya tengo suficiente.


Ya es tarde y ¿qué más da?, quizá no lo sea. Subieron dos tipos en la ocasión siguiente en la que el tren se detuvo. El barbudo le tendió la mano, dándole mi reloj a uno de ellos. Le hice una seña para que viniera, pero al parecer venían juntos, así que daba igual, les sonreí. Abrí la caja, el barbudo seguía mirándome, viejo inquisidor, perro sarnoso. Le sonreí.


Los ojos de los tipos brillaron. Lo sabía, era lo que necesitaban. Me paré junto al anciano. Les sonreí, les sonreí a todos. Era hora de bajar. Las ruedas chillaron, el tren se detuvo, las puertas se abrieron y bajé del tren. Mirándolos caminé hacia atrás y les hice una reverencia.


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