• Cámara rota

Raptólo, mordiólo y transformólo




Por Eduardo Omar Honey Escandón



  • El hombrecito conocido como el Firulais salió del gym sin saber lo que le pasaría.


Nuestra querida y antes pacífica smógpolis sigue sufriendo la monstruosa invasión que viene del norte. Los hechos ocurrieron la noche del viernes pasado cuando sus antiguas e inocentes calles fueron testigos, una vez, de un inmundo acto.

El hombrecito Inocencio Saltatrás, conocido en el barrio como El Firuláis, acudió como todos los días a su rutina tras una extenuante jornada como tortero. Dedicó tres horas para contornear más su hermoso y escultural cuerpo. Tal como lo dijo Don Tanates, su entrenador, que este reportero pudo entrevistar: "pus es todo un mango que loquea con sus músculos a las chavelinas aunque también le echan candela cuates de la zona".

Luego de darse un refocilante baño, aplicarse abundante crema en sus brazos desnudos y peinarse con el último grito de la moda, tomó sus cosas y se retiró casi a media noche. Se despidió al último de Don Tanates y partió rumbo a la santidad de su hogar.

No sospechó que él, un joven inmaculado en la flor de su vida era visto como un vulgar trozo de sangre. ¡Sí! Unos ojos amarillos y malignos lo miraron con obsceno deseo desde los oscuros rincones de las calles sin luz. Este crimen, tal como el reportero ha denunciado antes, también es obra de las inútiles autoridades que no cumplen con sus deberes.

Así que El Firuláis siguió su camino meneando su pronunciado rabo mientras era seguido por uno de esos despojos gringos que fue expulsado de esa magnífica nación. Hambriento ante el espectáculo que Inocencia ofrecía, lo acechó por varias calles en espera de un momento propicio.

Inocencio, ante la urgente hambre que su apolíneo cuerpo demandaba satisfacer, optó por tomar el peligroso Callejón del Beso Moribundo. Como ustedes saben, queridos lectores de la revista, no pasan cuatro meses sin que sucios y denigrantes actos carnales ocurran en esa turbia oscuridad.

Así que la pobre víctima dobló, continuó su avance… y ocurrió la desgracia. Doña Chonita, la vecina que vive en un cuarto que da al callejón nos narra con lujo de detalles: "pos restula (sic) que el colmilludo ese de ojos bien amarillos… parecían focos como los que pone Don Poncho allá por día del muerto… ¿qué dice? ¡Ah! Le sigo contando, pues ese colmilludo toco encapotado se lanza sobre este chaval que lo puedes oler a cuadras de distancia pero que el otro se da cuenta y le lanza un chingadazo en la trompa. Se escuchó reharto juerte cuando le trozó los dientes. Luego me enseñó clarito que se le habían clavado en el puño. El pobre muchachito, asustado, que lo agarra a más trompazos y patadones y que derrepente le da un quien-sabe-qué y muerde al colmilludo en el cuello. Pues lo deja bien tieso y el metiche de Don Poncho pega de alaridos y que llama a los polis. Pa’no perderme el chisme pus que bajo a toda prisa. Fue cuando El Firuláis ya había parado y se sobaba el puño… allí mero le vi los dientes bien clavado. Tiradote, bien tieso, el tipo ese abre los ojos y pide ayuda, el pequeño Inocencio le mienta la madre y se larga. Me dio pena así que levanté al encapotado y lo llevé a este, mi humilde hogar. Tuvo que tomarse la lechita caliente que le di con un popote de tan hinchada tenía la trompa".

Y así fue como una vez más el hombrecito Inocencio le partió la madre a un desconocido más. Tal como lo hemos señalado, la aparición de los gym ha vuelto en bárbaros y salvajes a los jóvenes de este país.

Cerraré esta nota solicitando su ayuda para que le aconsejen a Don Tanates si debe abrir de noche el gym ya que desde el incidente le han llegado solicitudes inscripción por montón de los encapuchados de ojos amarillos. "Allí se aprende chido" me confesó uno de ellos antes de desvanecerse en el aire como una nube de murciélagos.


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