• Nicolás Jaula

Recuerdos aleatorios


I.


Antes de llegar al jardín de niños en el que estudiaba, mi madre y yo pasábamos a una humilde tiendita en donde me compraba para el desayuno un sandwich, una manzana y unas papitas ruffles azules. Resguardaba todo en una pequeña lonchera morada con una ilustración de la película Aladín de Disney. En una ocasión, jugando con unos niños en el recreo, me subí a la lonchera para alcanzar a ver por una ventana que daba al exterior y la terminé aplastando como un acordeón.



II.


Habíamos viajado a la ciudad de Guanajuato para visitar a unos familiares de mi padre. Después de instalarnos, descansar, comer y platicar un rato, nos dispusimos a dar una vuelta por el centro. Como el auto de mi tío, el anfitrión, no servía, tuvimos que acomodarnos como sardinas en el par de vehículos que teníamos a nuestra disposición. Él, un hombre gordito, bonachón e irreverente, decidió irse sentado en la cajuela de uno de los carros, argumentando que allá no les decían nada y que era una práctica bastante común (aún no estoy muy seguro de eso). Lo recuerdo agarrándose como podía de los extremos de la cajuela y aguantando el equilibrio.



III.


Desde mi niñez hasta la adolescencia, tuve un gatito al que llamábamos simplemente como "gordo". Amante de la calle y las peleas, no tenía un pedazo de oreja y carecía de uno de sus colmillos, por lo que me gustaba imaginármelo como el líder de una pandilla a lo The Warriors. En sus últimos días, chillaba con solo tocarlo y se orinaba encima. Una noche, antes de irse definitivamente, nos observó desde un escalón que daba al comedor, mientras cenábamos en familia. Después de eso, se escapó en la madrugada y no lo volvimos a ver.



IV.


Mi padre había hecho una pesa con dos botes de leche en polvo llenos de cemento, unidos por un tubo de metal largo. Lo observaba los sábados hacer sus ejercicios por la mañana, imaginando que dominaba algún tipo arte marcial imposible.



V.


Durante el primer viaje familiar a Acapulco del que tengo conocimiento, mis padres nos pidieron a mí y a mis hermanas que nos acomodáramos para tomarnos una foto dentro del cuarto del hotel. Mi madre le dijo a mi hermanas que presumieran sus clásicas trencitas, a lo que una respondió que yo que también debía hacer lo mismo. De esa fotografía existen dos versiones, una normal y una soltando todos una carcajada.

Entradas Recientes

Ver todo