• Esteban Ramírez

Un salto dentro del café


“…lo vi entrar con algo de prisa, no acordamos una hora específica, yo estaba desde hace tiempo allí. Se acercó como de costumbre, nos saludamos, uno y dos besos al aire y comenzó a comentar cómo había estado su día, trabajo, gente nueva, gente que llega, otra se va; en mi mente sólo estaba el suceso ocurrido hace un par de días. Siempre me dice que todo estará bien, no sé si sea algo que las personas se repiten para sentirse mejor, pero esa llamada esperanza puede ser ingenuidad o una verdadera hipocresía. Escucho su conversación, no estoy seguro de estar interesado, ni siquiera sé si se ha dado cuenta que durante mucho he estado en otro lugar. Miro sus labios cómo se abren mientras surgen sus palabras, sobre la felicidad, sobre lo bien que estamos dentro de lo malo, ¿por qué creer que estamos dentro de algo?, tal vez ese algo es quién nos habita a nosotros.


Me sumergí en mi café, que a veces se enfría, se dice que llega un punto en el que su sabor se distorsiona, pero esto pocos lo apreciamos; se ha llenado de historia, ¿qué si el sabor amargo me agrada en frío? La misma sombra que se enredaba detrás su sombrero se dibujaba delante de mí, en ocasiones he tratado de encontrarle alguna figura. Ahora que lo pienso, hemos visitado este sitio desde años atrás, siempre estamos en la misma mesa, las luces con dirección a la terraza, la pared verde junto al baño que se opone a dar una vista agradable, la misma mancha por debajo de la barra asomándose se burla de nosotros. Tantas veces que la he visto y ¿por qué no simplemente decirlo? No quisiera incomodar a los tipos del lugar o simplemente no les interesa porque así cómo entran, salen. ¿A alguien le importa que un piso esté manchado acaso?


- ¿Entiendes lo que digo?, es como si quisieran saberlo todo, ya sabes, “devorarse el mundo”. A veces son un tanto crédulos, hacen esto y aquello creyendo que tienen la capacidad de decidir lo que hacen, la verdad es que hacemos bien nuestro trabajo. Obedecen, los guiamos, ya sabes, para eso estamos, ¿escuchas verdad?


- Por supuesto, esa gente tendrá que ocuparse de sí hoy y después, ¿qué valor tiene lo que hacen si es lo que ustedes les indican?


- Guiamos, guiamos.


- De acuerdo, guían, pero ¿no sería bueno que aprendieran y supieran el por qué y para qué?


- Eso no tiene sentido porque no les interesa, sólo quieren mostrar su saber (aunque éste sea vacío), demostrar que hacen y resuelven. Si se ve movimiento, creen que es por ellos, la realidad es que ese movimiento se inserta, no aparece, la espontaneidad sobre el cuestionamiento de la lógica no se les da a muchos, es por ello por lo que esos escasos estamos del otro lado.


No es burla, pero me da un poco de risa, casi podría asegurar lo que dirá antes de entrar por esa puerta. Quizá sea idiota y no se dé cuenta, o no es consciente de lo que hacemos. Charlamos del día, que no le falta nada, que siempre estaremos juntos, como una repetición que ya no llega a ser sino a dejar de ser. En este momento estamos fuera, nuestras miradas se cruzan y yo sigo tratando de descifrar las figuras de las sombras, las sombras detrás de su sombrero frente a mí.


- Disculpa- ¿A dónde vas?


Tenía que hacerlo. Entré al baño, me mojé la cara, estiré mi nariz, las mejillas, miré mis puntos negros, mi barba mal rastrillada y salí. Fui a la parte trasera, tomé un trapeador y una espátula del cuarto de servicio, levanté la mancha y lavé el piso. Coloqué en el lugar de origen los dos utensilios y regresé a mi asiento.


- ¿Todo bien?

- Sí, todo bien.

- Bueno, te decía…


Comenzó a llover, la lluvia es repentina en ocasiones y eso me agrada. Podría salir y dejar todo aquí, ¿podría separarme de esto? En realidad no hay nada de malo, buen café, una charla, personas alrededor, todo es bueno. ¿Sepárame de esto para estar bajo la lluvia?, ¿quién fuera un loco para no dar razón alguna?, la belleza que tiene es que puede ser un desastre en un momento y lo siguiente es inesperado, como su llegada.


Me paré, me dirigí hacia la puerta de entrada y me miró, sin decir nada. Detrás de su sombrero ya no había figuras qué descifrar enfrente de mí, ya estaba fuera y la lluvia aún no me acogía”.



Por Esteban Ramírez.


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