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  • Foto del escritorCámara rota

Víbora



Por Guillermo Martínez Collado


Salimos de la ciudad el viernes por la tarde. Eran nuestras primeras vacaciones juntos en mucho tiempo, así que buscamos un destino en la región, algo que no supusiera mucho más de una hora de viaje en coche.


Aproveché para poner un Cd. Lo había preparado la noche anterior, tenía todos esos grupos que le encantaban a ella. Estaban Viva Suecia o Vetusta Morla.


—¿Te importa si sincronizo mi Spotify con la radio del coche?


—¿Cómo dices?


—Estoy cansada de estas canciones.


—Las había grabado para ti. Pensé que te gustaban.


—Me apetece oír algo diferente.


Empezó a toquetear su teléfono. Al poco apareció un mensaje en la pantalla del coche. Ana le dio al botón de vincular. De los altavoces salió un sonido electrónico que me estremeció.


—¿Te gusta?


Decidí mentir y asentí con la cabeza. Dejamos atrás el polígono y cogimos velocidad. Ella no levantaba la vista de su móvil. De pronto me sentí incómodo y pensé que quizás aquella escapada no era tan buena idea.


El paisaje que veíamos desde la autopista fue tornando del gris al verde. Tras coger el desvío la carretera se estrechó y llegamos a un cruce desde donde veíamos Ribadesella, la desembocadura de la ría al mar y una pequeña ermita. Giré a la derecha, hacia los montes. Pronto nos encontramos en un entorno agreste que parecía alejado de la civilización. Me detuve junto a un cartel.


—Calabrez.


—En teoría hay que seguir por ese camino.


Miré la estrecha carreterita que ascendía entre la maleza.


—¿Estás segura?


—Comprobé las coordenadas dos veces.


El chasis temblaba por el hormigón. En algunas curvas el desnivel se acercaba al veinte por ciento y la vegetación impedía ver lo que había unos metros más allá. Empecé a sentirme nervioso. Por fin llegamos a una zona donde las orillas se veían cuidadas. De nuevo vimos casas a lo lejos y el GPS anunció que nuestro destino se encontraba a la izquierda. Un pequeño núcleo formado por edificaciones ruinosas dejaba paso a un hotel rural. Mi mujer sonrió de alivio.


—¡Ahí está! Este es el hotel que reservé por internet.


Protegidos a la sombra de un árbol, dos ancianos nos vieron pasar. Les hice un gesto con la cabeza pero no me devolvieron el saludo. Aparqué delante de la casa de Aldea y eché un vistazo sin bajarme del coche. Parecía recién pintada y la madera del corredor brillaba con intensidad. Contrastaba con el resto de edificios que se veían envejecidos por el tiempo. Hice sonar el claxon un par de veces. Ana pegó un brinco en su asiento.


—¿Se puede saber qué haces?


—Les aviso de nuestra llegada.


Se bajó del coche y picó a la puerta. Giró hacia mí y levantó los brazos contrariada. Un par de minutos después apareció una mujer que portaba una cesta llena de pequeños trozos de madera, tendría unos sesenta años. Se presentó como la propietaria. Bajamos nuestras mochilas y pasamos al salón. Allí era donde daban la bienvenida a los huéspedes y se rellenaba la ficha con los datos personales. Mi mujer se quedó conversando con la anfitriona mientras yo me dedicaba a inspeccionar la planta baja. El salón hacía también las funciones de  comedor. Al fondo se encontraba la cocina y un pequeño aseo. La estancia estaba decorada en madera y piedra, y una de las paredes estaba ocupada por una enorme librería. Eché un vistazo a los volúmenes, la mayoría eran ejemplares sin ningún interés, cutres ediciones de coleccionables del periódico. En un rincón se encontraban varios ejemplares que pasaban desapercibidos. Eran unos tomos en tapa dura que no ponían nombre ni dibujos en su portada. Cogí uno por curiosidad y le eché una ojeada. Estaba escrito en rúnico. Mi esposa me lo quitó de las manos y lo volvió a dejar en su sitio.


—Disculpe a mi marido. Es profesor de literatura, por eso hay veces que presta más atención a cualquier libro que a la persona que tiene delante.


—No se preocupe. Seguro que ha encontrado muy interesantes esos tomos de mi esposo. Él es escandinavo. Podrá explicarle lo que significan todos esos símbolos.


Subimos nuestros bártulos a la habitación. Nos asomamos al corredor de madera y admiramos el entorno. No pude evitar volver la vista hacia la carretera y el bosque y de nuevo sentí ese escalofrío. Miré a mi mujer. Pensé en cogerla y llevarla a la cama para hacer el amor. Ella sacó sus enseres para el aseo.


—Me daré una ducha rápida, así podremos bajar a Ribadesella y disfrutar de una cena a la orilla del mar.


Traté de disimular mi decepción.


—Genial. Me iré cambiando.


Saqué mi chándal de Adidas y me lo puse mientras esperaba a Ana. Cogí el paquete de tabaco y salí a la calle a fumar un cigarro a escondidas. Del matorral surgió un tipo que llevaba apoyada en el hombro una especie de azada. Se quedó mirando hacia donde yo estaba. Hice un gesto con la cabeza pero no obtuve ninguna muestra de empatía. Empezaba a ponerme de los nervios esa actitud.


—¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a una persona de ciudad?


El hombre me miraba fijamente. Mantenía su gesto imperturbable. Nos quedamos así hasta que salió la dueña de la casa.


—Veo que ya conoce a Magnus. Mi marido se pasa el día en el bosque. Diría que se encuentra más a gusto entre las alimañas que aquí en el pueblo.


El tipo me tendió la mano. Noté su tacto áspero. Estrujó mis dedos aumentando la presión progresivamente. Por fortuna apareció Ana con prisas por salir de allí. Nos pusimos en marcha. Atravesamos la angosta carretera que bajaba pegada al bosque y en quince minutos estábamos pasando el puente que cruzaba por encima de la ría.


Buscamos una cervecería para tomar una caña con tranquilidad. Como todavía no había arrancado la temporada estival, muchos locales se encontraban cerrados. Dimos con un pequeño bar sin televisión donde ponían música folk. Mi mujer buscó en internet información sobre alguna de las empresas de turismo activo de la zona. Eligió una que tenía buenas opiniones de sus usuarios y llamó por teléfono. Salió a la calle porque el interior estaba muy bullicioso. Me encontré allí sólo, bebiendo aquella pinta rodeado de gente que no conocía. Apuré la bebida y me di prisa para pedir otro cañón. Las pandillas se acumulaban y cogían las sillas que sobraban. Yo insistí en que no se llevaran el asiento de Ana. Cuando entró al bar liquidó su birra en un par de tragos.


—Vámonos. Se hará tarde para ir a cenar.


Me limité a seguirla sin decir nada. Podía notar el efecto del alcohol en mi cuerpo. Entramos a una sidrería y pedimos un par de raciones y una tabla de quesos. El lateral estaba decorado con la enorme fotografía de un gaitero. Un camarero que no paraba de hacer bromas a mi mujer nos escanciaba sidra sin parar. Ella me contaba sus planes para el día siguiente.


—Por la mañana iremos a bajar el río. Nos dejarán unos neoprenos porque el agua aún está fría. Hay varios sitios para acabar, pero creo que lo bonito sería llegar hasta el final. También he contratado una excursión en moto de agua por la tarde. Todas las actividades las realiza la misma empresa, así que se adaptarán a lo que queramos. Podríamos cambiar por otra cosa, por ejemplo, espeleología.


—Genial.


Trataba de decidir qué me parecía peor idea. Arrastrarme por una estrecha cavidad hacia el interior de la tierra me resultaba espeluznante.


Durante la cena bebí más de la cuenta. Buscaba el valor para hablar con mi mujer de cosas importantes. Todo lo que conseguí fue marearme cuando iba a pedir la cuenta y que un par de tipos que se encontraban tomando algo en la barra me tuvieran que sostener y que se rieran de mí.  No logré recordar el pin de mi tarjeta de crédito. Ana tuvo que abonar la factura. Me sentí avergonzado, creo que ella también lo estaba. Antes de llegar al coche vomité y le tuve que dar las llaves. Todo me daba vueltas, así que cerré los ojos y apreté fuerte los párpados. Cuando los volví a abrir estábamos atravesando el bosque. Me puse a temblar. Antes de entrar a la casa volví a vomitar apoyado en un coche que no conocía,  un enorme Chevrolet todo terreno. Una cabeza se asomó de las ventanas cercanas. Me di la vuelta y mandé a esa persona a paseo. Cuando me quise dar cuenta ya estaba tumbado en la cama.


Recuerdo que aquella fue una de las peores noches de mi vida. Intuí que era a causa del alcohol, aunque yo era una persona acostumbrada a beber y la cantidad ingerida no se acercaba ni de lejos a lo que yo estaba capacitado para aguantar. Me revolvía en las sábanas y sudaba. En mi sueño me encontraba inmóvil. Yacía en el suelo, postrado en medio de la maleza, y frente a mí se hallaba una serpiente negra que me miraba fijamente. Por momentos la percibía más o menos grande, pero siempre a la misma distancia, y una sola palabra se repetía en mi cabeza una y otra vez. Víbora.


Cuando desperté me encontraba sólo en mitad de la cama. Las sábanas estaban revueltas y daba la impresión de que allí hubiera pasado un tornado. Busqué a mi mujer por la habitación. Como no la encontré encendí un cigarro y salí a fumarlo al corredor. A lo lejos vi el bosque, lo que me hizo estremecer. Me vestí con un chándal de algodón que me habían regalado mis sobrinos por el cumpleaños. Bajé las escaleras en dirección al salón, pude escuchar las voces que sonaban animadas. Las cabezas se giraron en mi dirección. En una mesa estaba mi mujer. Al lado se encontraban los dueños de la casa. El tal Magnus trabajaba una pequeña figurita de madera. Junto a mi esposa desayunaba una pareja algo mayor. Supuse que serían los dueños del Chevrolet. La mujer era la típica maruja que se maquillaba en exceso. El hombre tenía un aspecto horrible, como si fuera el último superviviente de un holocausto.


Ana movió la silla que tenía a su izquierda invitándome a que me sentara junto a ella.


—Pensé que ya no bajarías a desayunar.


Me eché una taza de café al que no añadí leche ni azúcar y bebí un vaso de agua lleno hasta el borde. Mi mujer siguió hablando sin mirarme a la cara.


—Nos preguntábamos si tú también habías soñado con la serpiente.


Casi me atraganté del susto. Me dispuse a untar mantequilla en una rebanada de pan mientras miraba al resto de  comensales.


—¿Qué serpiente? ¿De qué hablas?


Señaló hacia la pareja del todo terreno. El hombre, que abría unos ojos como platos, balbuceaba al contar la historia.


-Ayer llegamos algo tarde. Dimos un paseo por el pueblo. Para respirar aire puro, ya sabes. Después cenamos algo de embutido y lo siguiente que recuerdo es que pasé una noche horrible. Esa quietud, con la serpiente a un palmo. Me desperté temblando. Magnus me cogió a un centenar de metros de la casa. Me preguntó si había soñado con la víbora y me contó la historia. A muchos de los clientes que pernoctan en la casa les ocurre lo mismo. Según él, ocurre cuando la persona está atormentada por algún suceso que le perturba.


La mujer mega maquillada le cogió de la mano.


-Hace poco hubo muchos despidos en su empresa. Jorge era el encargado de decidir quién se iba a la calle. Tuvo que echar a algunos buenos amigos. Gente con familia, con niños pequeños. Este es el primer viaje que hacemos después de aquello. Pensamos que le vendría bien. Creo que es toda esa ansiedad saliendo de su cuerpo.

Seguí desayunando sin levantar la cabeza. Sentí la mirada de mi mujer. Quise restarle importancia a toda esa historia.


—Eso es una tontería.


Ella habló en un volumen muy bajo pero que todos podían oír.


—Tú también has pasado mala noche. ¿Has soñado algo parecido?


—El alcohol me sentó mal. Por cierto, siento todo eso de vomitar y tal. No entiendo por qué me afectó de esa manera.


Me eché una segunda taza de café y la bebí sin levantar los ojos de la mesa.


Nos cambiamos de ropa y bajamos a Ribadesella. Me alegró eso que ocurre con las resacas, cuando notas cómo tu cuerpo va recuperando las buenas sensaciones. Forcé a mi cabeza a no pensar más en la serpiente ni en toda esa historia que encontraba ridícula. Todo iba bien hasta que pasamos por la carretera comida por la maleza. Quise creer que eran las curvas y el bosque los que ejercían un influjo en la mente para hacer que los sueños tuvieran esa presencia. Ana me observaba en silencio desde su asiento, analizándome.


Aparqué en la margen izquierda del puente y fuimos caminando hasta las oficinas de la empresa de turismo activo para rellenar un formulario. Luego pasamos a unos vestuarios donde nos enfundamos unos trajes de neopreno negros. El monitor, con cara de haber desayunado marihuana, nos llevó en furgoneta hasta Arriondas y nos apeó en la orilla del río, allí nos dieron un curso acelerado de remo. Una familia con problemas de sobrepeso iba a bajar el Sella a la vez que nosotros. Ana compartía bromas con ellos. A mí no me hacía ninguna gracia.


Los primeros metros del descenso los hicimos con problemas. Después ella tomó con firmeza el rumbo de la embarcación y en seguida dejamos atrás las tres piraguas de los gordinflones. Remábamos con fluidez, como el río llevaba bastante agua el ejercicio no precisaba de un gran esfuerzo, más bien era cosa de coordinación. Me alegró ver que aún éramos capaces de lograr eso. Nos paramos en un chiringuito a tomar un refresco y seguimos en dirección al punto de recogida. Me sorprendió ver que había disfrutado de la actividad, aunque el coxis me dolía a horrores. Comimos los bocadillos que nos habían dado en la bolsa de bienvenida y un par de manzanas a la sombra de un árbol mientras esperábamos al monitor de la empresa.


Nos volvieron a acercar hasta Ribadesella en la vieja furgoneta. El vehículo apestaba a sudor y tenía restos de chapa suelta que dejaba ver manchas de óxido. El chico hablaba con un compañero sobre la familia que habíamos dejado atrás. Soltaban chascarrillos de mal gusto y se reían de ellos. Me dejó mal cuerpo. Imaginé los motes que nos podrían haber puesto. Quizás nos habrían llamado pareja de frígidos. Cuando llegamos a las instalaciones nos pegamos una ducha y nos volvimos a vestir con ropa cómoda. Empecé a notar los efectos del ejercicio en mis músculos. Los pequeños pinchazos que notaba en los brazos y en las piernas no invitaban al optimismo. Mi mujer en cambio parecía tener energías renovadas.


—Démonos prisa. En una hora es la salida de las motos de agua.


—No sé si estoy en condiciones. Tengo el cuerpo magullado.


—Quizá podríamos cambiarlo por una actividad distinta.


Deseaba irme al pequeño hotel a descansar, pero era evidente que ella tenía ganas de todo aquello. Así que puse mi mejor cara y acepté. Entró a hablar con el encargado y estuvieron un buen rato mirando el ordenador. El chico era unos años más joven que mi mujer. Era fuerte y tenía la piel morena. Me pareció que Ana se tocaba el pelo de aquella forma en la que lo hacía cuando éramos novios. Le sonreía mirándole a los ojos. Decidí entrar.


—¿Al final podemos hacer el cambio de actividad?


—Parece que sí. La empresa hace unos viajes en lancha por los acantilados, me ha enseñado unas fotos preciosas. Es una actividad reservada para el verano y no tiene monitores, pero se ha ofrecido a llevarnos él mismo.


Estaba tan agotado que no tenía fuerzas para argumentar en contra de aquel plan. Cogimos los chalecos salvavidas y pusimos dirección al puerto deportivo. El aire fresco me sentó bien y pronto me encontré a gusto. Pude disfrutar de la belleza de los acantilados y los rincones donde la erosión había cavado pequeñas grutas, aunque al final mi cabeza no podía dejar de imaginar infinidad de situaciones en las que aquello acababa mal. Veía nuestros cuerpos flotando a la deriva en el mar esperando a ser rescatados, mientras los peces daban mordiscos con los que arrancaban pequeños trozos de carne. Acabé por sentir una arcada y vomité, así que el tipo puso de nuevo rumbo a Ribadesella, esta vez trazando una línea recta que nos hizo llegar en un santiamén.


Había sido un día largo. Antes de montarnos en el coche buscamos una cafetería donde tomar algo rápido, con la intención de que cuando se hiciera de noche pudiéramos ir al hotel a dormir y coger fuerzas. Encontramos un local acogedor, al lado de un parque infantil. Los niños jugaban en los columpios mientras sus padres bebían en la terraza. Pedimos un par de sándwiches y unas cervezas y los tomamos en silencio. Mi mujer parecía absorta en sus pensamientos.


—¿Te lo has pasado bien?


—Sí. Lamento que vomitaras. Tenía ganas de entrar hasta el fondo en alguna de aquellas grutas.


—Ha sido un buen día. Mejor de lo que hubiera pensado. Me alegro de haber hecho esto juntos.


—Yo también.


Pilló el teléfono y fue a llamar a su madre. Yo pedí la cuenta y me entretuve observándola. Simuló no enterarse. Se levantó una leve brisa que la hizo encoger. Volvimos al coche dando un paseo a la orilla de la ría. Pensé en ponerle mi chaqueta por encima y abrigarla, pero conociéndola no hubiera encontrado aceptable ese gesto tan paternalista. Me ofrecí a conducir. En seguida salimos de Ribadesella y ascendimos hacia El Carmen. Poco después cogimos la desviación y llegamos a la estrecha carretera que se encontraba casi devorada por la maleza. Cogí el volante con tanta fuerza que lo hice crujir.


Aparcamos al lado del Chevrolet. La pareja estaba en el salón hablando con la dueña de la casa y su marido. El hombre se veía más tranquilo que por la mañana. Sostenía un vaso con algún licor en la mano y hablaba en voz baja. Ana se detuvo a charlar con ellos. Yo me fui con la excusa de darme una ducha y cambiarme. Lo cierto era que no tenía ganas de aguantar a nadie y me moría por fumar un cigarro. Una vez en la habitación opté por llenar la bañera. Mientras esperaba salí al corredor con un pitillo y lo encendí. Frente a mí se encontraba el bosque. Me giré para darle la espalda. En una casa cercana vi a alguien asomado a la ventana. No le podía ver la cara, pero sin duda me observaba. Saludé pero no obtuve respuesta. Apuré mi cigarro y pasé al baño maldiciendo.

Cuando llegó mi esposa yo estaba tumbado en la cama. Tenía un libro abierto en la mano, aunque en realidad no lo estaba leyendo. Se quitó la ropa y se metió en el cuarto de baño.


—¿Qué te contaban?


—Hemos hablado del descenso en canoa y del viaje en lancha. También les he preguntado sobre la ruta que podemos hacer mañana. Me han recomendado la que sigue los antiguos molinos de la zona.


Puse los ojos en blanco. Nada me apetecía menos que una húmeda excursión a orillas del río.


—He hablado con la otra pareja. Parece que Magnus ha ayudado a ese hombre. Han tenido una especie de sesión. Estaba muy tranquilo.


—Tonterías.


—Puede ser. En cualquier caso voy a pegarme una ducha. Mis brazos están pegajosos y huelo a sudor.


Se encerró en el baño y abrió el grifo. Pude escuchar cómo cantaba. Tardó unos veinte minutos. Me costó trabajo mantenerme despierto. Se echó a mi lado, dejando un espacio entre los dos cuerpos. Me acerqué a ella y le eché un brazo por encima. Al principio toleró mis caricias, pero finalmente me apartó con suavidad.


—Estoy agotada.


—No pasa nada.


—No es que no me apetezca. Lo siento.


—No pasa nada.


Creo que no tardé en dormirme. Me vi de nuevo entre la maleza. No podía girarme, pero sabía que a mi alrededor estaba el bosque. Delante se encontraba el animal. Las escamas negras brillaban como si fueran una armadura. Me miraba a los ojos mientras sacaba su lengua bífida. A ratos parecía enorme, pero otras veces daba la sensación de no ser más que una pequeña culebrilla que se arrastraba unos metros más allá de mis pies. En cualquier caso, yo no podía dejar de mirarla. Mi pulso se aceleraba, temí que el corazón me saliera disparado por la boca. En la cabeza, una sola palabra sonaba una y otra vez. Víbora.


Cuando me desperté estaba empapado en sudor. Respiraba como si acabara de correr una maratón. Puse la mano en el lado de mi mujer, que se encontraba vacío. Me vestí con algo cómodo y bajé por las escaleras. En el comedor había una escena parecida a la del día anterior, solo que más distendida. Todos desayunaban entre risas, incluso Ana parecía divertirse. Me eché una buena taza de café.


—¿Se puede saber a qué viene tanta sonrisa?


—Parece que la charla con Magnus dio resultado. No ha vuelto a tener el sueño. Están muy animados. Diría que liberados, más bien.


—Paparruchas.


Desayunamos entre charlas breves. Hablábamos del descenso del Sella, de lo que cambiaba el pueblo cuando empezaba la temporada estival o de los lugares desconocidos de la zona que merecía la pena visitar. Magnus nos dio unas indicaciones para que no nos perdiéramos en la ruta de los molinos. Nos despedimos y nos fuimos a cambiar de ropa. En quince minutos de coche llegamos al pueblo de Cuevas. Aparcamos al lado de las vías y empezamos a caminar. Al principio en silencio, disfrutando de las vistas y de la naturaleza, hasta que Ana , que iba delante, se giró.


—¿Has tenido también ese sueño?


—¿Cómo?


—Pasaste una noche horrible. No parabas de moverte y yo no me dormía. Intenté despertarte. Fue entonces cuando lo dijiste.


—¿Qué dije?


—Víbora.


Apunté con mis ojos al suelo. Siempre hacía lo mismo para mentir. Me daba la sensación de que el engaño se dibujaba en mi mirada.


—Eso es una tontería. No sé que pude decir, pero desde luego no soñé con ningún bicho.


Eché a andar por el camino de tierra que ascendía hacia el riachuelo. Mi esposa seguía sin moverse. Señalé hacia las piedras pintadas que señalaban la ruta correcta.


—Es por aquí. Vamos.


Nos llevó unas cuatro horas hacer la ruta. Hablamos poco, casi todo el tiempo eran tonterías sobre deporte o algún chismorreo de Instagram. De todas maneras, cuando llegamos al coche diría que estábamos contentos. El ejercicio nos había sentado bien y compartir una actividad sin reñir había resultado satisfactorio. Volvimos a la casa de aldea. Los dueños nos habían dado permiso para abandonarla por la tarde, así que nos lo tomamos con calma. Ana quería pegarse una ducha e ir preparando la maleta. Antes de subir me dio un beso en la mejilla. Sonreí. Salí de la casa y fui al coche, a recoger los cigarros que tenía escondidos en la guantera. Caminé hasta el hórreo, para fumar lejos de las miradas. Desde las ventanas de cada casa las cortinas se movían indicando la presencia de aquellos malditos espías rurales. Cuando encendí el pitillo una voz me dio un susto de muerte.


—Hola.


Magnus tallaba una pequeña figurita de madera sentado en una esquina. Le devolví el saludo con la cabeza.


—Fumando a escondidas de su señora, supongo.


—No me gusta...no quiero tener que aguantarla por haber vuelto a fumar.


—No diré nada. Tranquilo.


El tipo seguía tallando, concentrado. No levantaba la vista, aunque continuaba hablando conmigo.


—Ha soñado con la serpiente, ¿no es cierto?


Asentí con la cabeza, pero el hombre no me miraba.


—Para librarse de ella solo tiene que hablar. Hágalo ahora.


No quería decir nada. Me había prometido no contárselo a nadie. Tenía un pacto hecho conmigo mismo. Sin embargo, empecé a hablar.


—Fue hace cosa de un año. Ana y yo llevábamos un tiempo distantes. Yo creía que no tenía importancia, que era una de esas fases que pasan las parejas. Pensé que con el tiempo volveríamos a acostarnos juntos y a salir por ahí, como hacíamos antes. Una noche, mientras me hacía el dormido en la cama, la vi escribir en su teléfono. La noche siguiente volvió a hacer lo mismo. Esperaba a que yo me durmiera y empezaba a escribir. Por la mañana cogí su teléfono mientras se duchaba. Sabía la contraseña de su móvil. Abrí el WhatsApp y eché un vistazo a sus últimos mensajes. Eran de un tipo que daba clases de spinning. Un chulito lleno de músculos pero con menos cerebro que un orangután. No podía creer las cosas que hablaban. Me volví a echar en la cama y me hice el dormido. Estuve un par de días sin ir a trabajar. Lo que peor llevaba no era que mi mujer me hubiera mentido, ni que hiciera ese papelón de esposa fiel. Era que se hubiera acostado precisamente con una versión tan lamentable de un hombre. Así que fui al gimnasio y empecé a seguir al tipo. Todos los días hacía una rutina similar. Al acabar sus clases iba a un bar del centro y pedía un  café para llevar. Luego caminaba hasta la estación de tren y cogía un cercanías. Mientras tanto seguí espiando el móvil de Ana. Al final mi rabia pudo más que yo. Quería matarle. Aunque me obsesionaba, era consciente de que no podía ser a la vista de todo el mundo. No podía atropellarlo ni pegarle un tiro entre los ojos. Decidí que lo mejor sería envenenarlo. Podía conseguir cianuro en el centro donde daba las clases. Solo tenía que conseguir las llaves del profesor de ciencias. Un día entré al bar detrás del tipo. Pedí un café igual al suyo. Tenía que seguirlo y buscar el momento de darle el cambiazo, su café por uno envenenado. Mis opciones se acababan. Hasta que finalmente, en la estación de tren, posó su vaso de cartón para ir a comprar una revista. Aproveché el momento para hacerlo. Cuando volvió se quedó mirando hacia mí unos segundos. Me entró el pánico. Intenté decirle que tirara el café, pero no fui capaz. Simplemente lo vi alejarse. Unos días después encontré a mi esposa llorando, por más que pregunté no me quiso contar lo que pasaba. Desde entonces Ana estado rara, pero poco a poco nos vamos acercando. Hace unos días estuvimos en aquella cafetería. La camarera se acordaba de mí. Aunque mi mujer se extrañó, tampoco dijo nada sobre el tema. Al poco empecé a temblar y tuve una crisis de ansiedad. Desde entonces me ha vuelto a pasar en alguna ocasión, de ahí la excusa para este viaje.


El tipo siguió tallando la figurita de madera. No me dijo nada, pasamos unos segundos en silencio. Luego levantó la cabeza y me miró.


—Usted hizo lo que tenía que hacer. No hay motivo para que se sienta mal.


Se levantó y fue más allá del hórreo, yo le seguí. Cerca de las zarzas había una piedra con una cavidad y restos de quemar madera. Puso la figurita entre trozos de hierba seca. Sacó una caja de cerillas. Encendió una y la acercó a la base de la yesca. No tardó en arder. Nos quedamos en silencio viendo el fuego hasta que no quedaron más que las cenizas.


Cuando volvimos a la casa encontramos a mi mujer metiendo una maleta en el coche. Yo la ayudé. Después nos unimos a los dueños de la casa y a la pareja del Chevrolet en la terraza. Compartimos un poco de embutido y unos vinos y nos estuvimos riendo. Me sentí liberado, me sentí bien. Nos despedimos uno por uno y nos subimos al coche. Ana puso el CD que yo había grabado. Atravesamos la carretera que se internaba en el bosque. Ya no sentí ningún tipo de ansiedad. Conducía seguro de mí mismo. Giramos hacia la autopista dejando a nuestra derecha las vistas de Ribadesella. Mi mujer se veía radiante. Por un momento, eché de menos la imagen de la serpiente.


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