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Vera y Víctor salvan el parque

  • Foto del escritor: Alejandro Piélagos Romano
    Alejandro Piélagos Romano
  • 9 may
  • 8 min de lectura

Por: Alejandro Piélagos Romano


1

 

Vera era una niña rubia de ojos azules y potente voz, que cantaba como los ángeles y pintaba hermosos cuadros y Víctor, un joven trampero de imaginación inagotable que capturaba bichos y los estudiaba.


Estaban un día en el pedral de la Atalaya, Víctor construyendo un castillo con legos y Vera pintando un cuadro. Víctor quería que su castillo resistiese a las marejadas y por eso pegaba las piezas con el pegamento superpotente que utilizaba para construir sus trampas de tritones.  


Estaban concentrados en sus tareas cuando oyeron unos gritos y lamentos, se miraron y corrieron a ver qué ocurría. Llegaron hasta el parque y se encontraron con un montón de niños llorando.


—¿Qué ocurre? —preguntó Vera a una niña de coletas amarillas.


—¡Los columpios! ¡Han desaparecido! —Y la pobre niña continuó llorando.


—¡Y el tobogán! —Dijo otro.


—¡Y la casita! —Dijo un grupo de niñas que siempre jugaban en la casita.


Vera y Víctor dieron una vuelta de reconocimiento por el parque buscando pistas que les indicaran qué había ocurrido allí. Víctor encontró unas hierbas secas y duras donde debería estar el balancín. Las olió porque le sonaban de algo y puso cara de asco. 


—¿Qué has encontrado? —le preguntó Vera.


—Aaaggggh, estas hierbas... ¿no te suenan de algo?


Vera las cogió y las olió.


—Aaaggggh, ¡huelen a calabaza podre!


—¡Exacto! —Dijo Víctor—. Entonces esto solo puede ser obra de una mente malvada porque ¿quién usa colonia de calabaza podre?


Y los dos, a la vez, gritaron: ¡El malvado Cochambrosio de Calabrez!

 



2

 

A lomos de sus amigas Pilingui, la gaviota loquita y Gunilla, la paloma presumida, volaron veloces hasta el bosque de los árboles que hablan, a pedir consejo al Gran Carbayu. 


En el bosque de los árboles que hablan siempre había mucho barullo porque los árboles, como no tenían otra cosa que hacer, hablaban. Menos el Gran Carbayu, que era el árbol más antiguo del bosque. Un enorme roble que solo hablaba cuando alguien con un problema real le pedía ayuda. 


Vera y Víctor le contaron lo ocurrido y le dijeron que los niños estaban muy tristes, lo cual ablandó el corazón de madera del Gran Carbayu.


—Cochambrosio de Calabrez, el brujo de la oscuridad —dijo el Gran Carbayu.


Vera y Víctor lo miraban atentos.


—Es muy malo. ¡Malísimo! Y muy fuerte, pero... tiene un punto débil. La luz.


Vera y Víctor y los árboles del bosque escuchaban atentos y boquiabiertos.


—Cochambrosio de Calabrez odia la luz, por eso solo sale de noche. Y no es que odie la luz, es que la luz lo destruye. Vive en una cueva muy profunda en el monte de Calabrez, solo sale por las noches y, cuando lo hace, con su bastón mágico de ortigas envenenadas apaga todas las farolas y mueve las nubes para que tapen la luna. Es muy malvado.


—Puedo alumbrarlo con una linterna superpotente que utilizo cuando pongo trampas nocturnas y así acabar con él —dijo Víctor.


—Eso no sirve porque Cochambrosio de Calabrez huele la electricidad. La detecta a muchos kilómetros y con su magia os destruiría las linternas sin que os enteraseis.


—Entonces podemos utilizar antorchas —dijo Vera.


—Tampoco sirven. Es un brujo muy malvado y el fuego, que cuando se descontrola es bastante malote, está de su parte.


—¡Luciérnagas! —Dijo Víctor.


—En esta época aún están hibernando y no te recomiendo despertarlas. Tienen muy mala leche recién levantadas. 


—¡Oh, no! Entonces es imposible hacer nada contra él —dijo Vera.


—No, no es imposible. Hay algo que lo puede vencer.


Todos aguardaron en silencio porque no se explicaban cómo lo podrían vencer sin utilizar electricidad, ni fuego, ni luciérnagas para hacer luz. 


—Las flores mágicas del Doctor Galagote.

 



3

 

El Doctor Galagote era un inventor que vivía en una casa llena de trastos y de cosas tiradas por todos lados. Era normal que en su casa hubiera explosiones o que, de la chimenea, en lugar de humo, salieran pompas de jabón. 


Junto a la portilla había una campanilla para llamarlo y cuando Víctor intentó tirar de la cuerda, a la campanilla le salieron dos alas y echó a volar. En ese momento cruzó delante de ellos una gallina con gafas de sol montada en bicicleta, se paró, se quitó las gafas, los miró de arriba abajo y dijo «¡Bah!», se puso las gafas y continuó su paseo en bicicleta. 


Pequeñas nubecillas de colores salían de la nariz de una cabra rosa que tenía hipo y, junto a la puerta, había un enorme cerdo violeta flotando en el aire, amarrado al suelo con una cuerda para que no se escapara y de repente oyeron una voz.


—¡Maldita sea, otra vez! 


Y vieron asomar por una ventana un cañón de escopeta que se disparó y de él salió una red que atapó a la campanilla voladora que intentaba escaparse.


A los pocos segundos salió por la puerta de la casa a un señor mayor, de pelos grises muy alborotados, manchas negras por la cara, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y que vestía una bata blanca llena de manchurrones y agujeros. Cogió la campanilla y la volvió a colgar en su sitio. 


—¡Hola! ¿Es usted el Doctor Galagote? —preguntó Vera.


—Depende, ¿quién lo pregunta?


—Yo soy Vera y este es Víctor y venimos de parte del Gran Carbayu.


—¡Hombre, el Gran Carbayu! Entonces, si venís de su parte sois mis amigos. Pasad y contadme qué os ocurre porque a mi casa solo se viene cuando ocurre algo.


—Tenemos que enfrentarnos a Cochambrosio de Calabrez —dijo Víctor— y el Gran Carbayu nos mandó venir aquí a por unas flores mágicas.


—¡Y ha hecho lo correcto! Acompañadme. Ese brujo maloliente tiene pánico a la luz porque, como es tan malo, su corazón es negro y todo en él es oscuridad.


 —¿Y por eso la destruye la luz? —Preguntó Vera.


—¡Exacto!


Rodearon la casa y en la parte de atrás había un enorme huerto con un espantapájaros en medio y un poco más allá un estanque del cual salía un arco iris que acababa en un pozo de agua y árboles de colores, había muchos árboles de colores. La finca parecía no tener fin y había unos cuantos animales un tanto peculiares, como una vaca rosa y blanca sentada en una silla que leía un libro, unas ovejas azules que bailaban mientras un erizo con gafas tocaba el violín, un caracol rojo más grande que una oveja, que cantaba y un gato de color naranja que escribía con tiza en una pizarra. También había un árbol que, en lugar de tener hojas y frutos tenía agua y entre sus ramas nadaban peces de colores y un tiburón amarillo que, en cuanto los vio, los saludó, les dijo que se llamaba Olegario, que conocía a todos los animales del huerto y empezó a contarles chismes de unos y de otros. Los niños siguieron caminando para no perder al doctor Galagote y dejaron allí al tiburón hablando solo. 


Había trastos tirados por todos lados y el doctor Galagote se adentró en el huerto rascándose la cabeza, hablando solo y señalando a todos lados.


—¡Ya está! ¡Ya lo tengo!


Caminó entre las plantas, dando quiebros y esquivando ramas. Los niños lo seguían y al pasar junto al espantapájaros, este les sacó la lengua y les sonrió. Lo miraron extrañados y él les dijo que nunca se fiaran del tiburón porque era amarillo y los tiburones amarillos son muy mentirosos. Pasaron junto a unas flores violetas que cantaban y unos girasoles que bostezaban. Una rosa de grandes pestañas les dijo con voz suave que no se arrimaran a ella porque podían pincharse y un poco más adelante había un cactus que lloraba. Decía que estaba triste porque nunca le habían dado un abrazo.


—¡Aquí están! —dijo el doctor Galagote cuando llegó a un cuadrado de flores amarillas brillantes—. ¡Las Flores de Luz!

 


4

 

Pilingui y Gunilla volaron veloces y Víctor llevaba las flores en una bolsa cerrada. La entrada de la cueva estaba oculta por un gran matorral que quitaba mucha luz y al poco de entrar ya no se veía nada. Víctor sacó con cuidado una flor y alumbró cubriéndola con una mano para que no diera demasiada luz. La cueva se adentraba hasta una curva que veían al fondo.


—Un momento —dijo Vera— ¿cómo lo vamos a hacer? Porque si entramos alumbrando, ese malvado Cochambrosio nos verá y usará su magia contra nosotros.


—Tienes razón, Vera, necesitamos un plan.


—Hay que entrar sin que nos vea y una vez dentro alumbrar de golpe para destruirlo, pero ¿cómo lo haremos?


Salieron a la boca de la cueva, Víctor guardó la flor y se sentaron a pensar. Con la cabeza entre las manos se concentraban, miraban al suelo, al cielo, se levantaban y daban vueltas en círculo, salían de la cueva, se tiraban de los pelos y en una de esas, Víctor, que estaba de pie junto a un arroyo que pasaba a unos metros ladera abajo de la cueva, se vio reflejado en el agua y...


—¡Eureka! Ya sé cómo lo vamos a hacer —dijo— ¡Pilingui, Gunilla, venid que os necesitamos!


Víctor les contó su plan, que les pareció una gran idea, propia de un trampero profesional y volaron rápidas para buscar todo lo que les pidió.


Mientras Piligui reunía a los Percherones de Meluerda, Gunilla volvía a casa del Doctor Galagote, habló con él, le pidió lo que le dijo Víctor y el doctor Galagote fue al jardín trasero, volvió con una bolsa y se la entregó dándole unas pequeñas indicaciones.


En Meluerda ya lo tenían todo preparado. Las urracas y los cuervos habían unido sus fuerzas y recolectado todo lo que les dijo Pilingui, luego lo empaquetaron y para cuando llegó Gunilla ya estaba todo preparado. Abrió la bolsa que le dio el doctor Galagote, sacó las Manzanas Arco Iris y le dio una a cada percherón. En trocitos, claro, para que no se atragantaran. Según las comieron relincharon con energía y les crecieron unas hermosas alas a cada caballo, convirtiéndose en poderosos pegasos. Entre Pilingui y Gunilla amarraron el paquete a los percherones y volaron todos hacia Calabrez.


Cuando llegaron a la cueva Vera y Víctor ya tenían reunidos a sus amigos los murciélagos y les estaban explicando el plan. 


—Sois nuestra salvación —les dijo Víctor.


—¿Y por qué nosotros?


—Porque vosotros os podéis mover perfectamente en la oscuridad gracias a la ecolocalización.


—¿Qué es eso? —Preguntó Vera.


—Es un sistema biológico de orientación que tienen algunos animales. Ellos emiten un sonido muy agudo que va rebotando en las paredes, techos, obstáculos y suelo y ese sonido les regresa al oído permitiéndoles saber dónde están las superficies donde el sonido rebotó. 


Los murciélagos lo miraron con los ojos como platos.


—¿Nosotros tenemos eso?


—Sí.


—Qué guay —dijo Vera—, entonces les da igual que haya luz o que no la haya.


—Eso es y por eso los murciélagos serán la clave para llevar a cabo nuestro plan.


Los percherones posaron el paquete y Gunilla y Pilingui, ayudadas por las urracas y los cuervos, cortaron con sus picos las cuerdas y lo abrieron.


—¡Perfecto! —dijo Víctor cuando vio los cientos de espejos que las urracas y los cuervos habían robado de las casas—. Venga murciélagos, es vuestro turno. 


Los murciélagos, en fila, sacaron cada uno un espejo, al que Vera le untaba por la parte de atrás el pegamento superpotente de las trampas de Víctor y los fueron pegando por las paredes de la cueva. Aleteando lo más despacio posible para no hacer mucho ruido. Tras los murciélagos llegó el turno de Vera y su potente voz.


—¡Cochambrosiooooo! ¡Cochambrosiooooooo!


—¿Eh? ¿Quién me llama? ¿Quién tiene el valor de venir a mi cueva?


—¡Cochambrosiooooooo! —continuó Vera.


—¡Quién eres! —gritó el cabreado brujo.


—¡A que no me pillas, cara de tortilla! —Le dijo Vera


—Vas a saber lo que es bueno, intrusa repelente, ¡espera que te atrape! 


Y ahora que se habían asegurado de que el malvado Cocahmbrosio estaba despierto, Víctor abrió la bolsa de las flores de luz del doctor Galagote y las puso frente a un espejo. La luz rebotó en él y al instante se reflejó en todos los espejos que los murciélagos habían colgado por toda la cueva y el malvado Cochambrosio de Calabrez gritó.


—¡¡Nooooooooooo!! 


Y de su cuerpo empezó a salir un humo negro y tembló mientras gritaba hasta que todo él se convirtió en una columna de humo negro y maloliente porque olía a calabaza podre. 


Así fue como Vera y Víctor, con la ayuda de sus amigos, derrotaron al malvado brujo Cochambrosio de Calabrez y recuperaron los columpios y los toboganes del parque. 


Y los niños volvieron a jugar felices para siempre.




Fin

 

 

 

 

 

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