• Cámara rota

¿Y si el Comandante Rawls tenía razón?



Con la muerte reciente de Michael K. Williams, el extraordinario actor que representó a Omar Little en The Wire, un personaje inspirado en la vida real de Donnie Andrews, decidí ver nuevamente la obra maestra de David Simon. The Wire está basada parcialmente en el libro Homicidio (el título original es ‘Homicide: A Year on the Killing Streets’) de David Simon que, a su vez, se inspiró en muchos casos policiales reales que cubrió durante más de diez años como reportero de la fuente policiaca en The Baltimore Sun.


¿Qué es tan extraordinario en The Wire? Desde luego, hay una enorme autenticidad. Cada personaje es complejo, lleno de contradicciones, virtudes, debilidades, errores. La actuación va acorde y David Simon no dudó en habilitar a personas de la calle para representar sus propias vidas cuando no le parecía que fuera posible una actuación satisfactoria. Quizá el ser una serie policiaca en la que se dedica, al menos, el mismo tiempo a conocer a los criminales que a los “héroes” policías, solo para ir borrando poco a poco la línea divisoria entre unos y otros: criminales justicieros, policías criminales y toda una gama intermedia en la que nada se puede explicar por dicotomías facilonas de bien y mal. Tal vez la realista representación del trabajo policial, alejado de parafernalia tecnológica de algunas de las producciones de mayor éxito y audiencia, con situaciones como aquella en la que la primera herramienta de trabajo policial que aparece en la serie es una cinta métrica que, además, se cierra muy rápido y pellizca al protagonista.


Muchas cosas, pero ni una de ellas es suficiente para explicar The Wire, ni siquiera todas ellas en conjunto. Pienso que su gran seducción proviene de una crítica verdaderamente radical que se va dejando ver con el transcurso la serie, que está oculta a simple vista y que se va apareciendo apenas perceptible por debajo de otra potente crítica, esta sí abierta, franca, que parece ser la trama que guía todo: un grupo de esforzados detectives, mucho menos impolutos de lo habitual en las series policiacas, pero honestos al fin, que se enfrentan con variable éxito no solo a delincuentes muy listos, sino también y, sobre todo, a un aparato policial corrupto, cínico, indolente, de burócratas arribistas que se preocupan exclusivamente por lograr números e indicadores y son totalmente indiferentes a la búsqueda de justicia, cuando no son parte de redes de corrupción. Esa potente crítica parecería ser lo central de la serie, su mensaje profundo. Sin embargo, pienso que hay otra cosa.


¿Qué tal si el Comandante Rawls y el comisionado adjunto Burrell a final de cuentas tenían razón? Cuando la investigación comienza a cercar el paso de Barksdale, un traficante importante del oeste de Baltimore, a pesar de todos los problemas y especialmente del franco boicot del Comandante Rawls y el comisionado adjunto Burrell (entre otros), aún antes de que su organización fuera desmantelada, ya había un nuevo (y más listo) traficante, que sustituye al antiguo grupo en apenas unos cuantos días para que no pasara ni un solo día sin oferta permanente de heroína en las mismas calles. ¿No era eso, de algún modo, la reivindicación de la razón y pertinencia de las posturas cínicas y corruptas de Rawls y Burrell? ¿Qué sentido tenía ese esfuerzo policial, a final de cuentas, si el narcotráfico tenía de antemano la batalla ganada? Desde luego, una potente y radical crítica subyace en toda la serie: el cinismo, corrupción, indolencia y brutalidad de la policía es el anverso lógico y, como diría Rawls de sí mismo, razonable, frente a la exigencia de librar una lucha imposible, inviable y absurda contra la venta de drogas en comunidades empobrecidas, destruidas y en general repudiadas por todos. Sin que uno se de cuenta, el repugnante discurso racista de Rawls parece razonable, es razonable. A final de cuentas, la expresión verbal de una realidad racista: ¿A quién carajos le importaba resolver homicidios de hace más de un año de negros de los suburbios? ¿Qué importaba que se droguen, que se asesinen, que se destruyan al fin? Lo justo solo para mantener indicadores aceptables de eficiencia policial. Tal vez ese es el mensaje real.


La unidad especial que es protagonista de la serie, se originó a final de cuentas por la necedad narcisista de un detective que se ve humillado por delincuentes que le ganan en la corte a base de sobornar y amenazar testigos; detective que va forzando las cosas a una (auto)destructiva epopeya personal que, por otro lado, también le permite evadir su penosa realidad personal mientras destruye su carrera y la de otros que se ven arrastrados. Nada sustancial cambia con ello, ni puede cambiar. Su destino es la defenestración mientras que sus enemigos en la propia policía siguen avanzando en sus carreras, sin mayor virtud que la de ser razonable.


David Simon nos obliga a aceptar como razonable ese cinismo o a rechazar no la corrupción individual de los jefes policiacos, y ni siquiera la corrupción estructural de la policía, sino toda la situación social general, a rechazar todo lo que vemos: la vida, así como es ahora, es absolutamente inaceptable. Esa es la verdadera crítica.



Por Gustavo Arturo.


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