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  • Foto del escritorOmar Cruz

«Baki: el hijo del ogro» El cuerpo como una máquina de espejos y sombras.




Por Omar Cruz.



«Qué desgracia es para un hombre envejecer sin haber conocido

la belleza y fuerza de la que su cuerpo es capaz».

Sócrates


El cuerpo es un elemento narrativo que de manera histórica se ha utilizado para embellecer y dar forma a aquellas imágenes que pueden parecer difusas en un texto literario: sea este poético, de teatro, ficción u otro que se derrame en el vaso que llena la literatura y nos lleva a una elevación más precisa y nos permite engullir de manera estética todo trabajo literario.


Cuando el cuerpo es utilizado en la literatura hay partes de este que sobresalen de tal forma que, se requiera muchas veces dar algunas pistas o detalles de lo que estamos viendo para que las imágenes que nos puedan surgir al momento de la lectura llenen correctamente el espacio en ese momento y dejen en el lector un impacto brutal y hermoso, que colisione directamente con el manjar literario que se está degustando.


Así es, creo yo, el anime/manga «Baki: el hijo del ogro» del artista japonés Keisuke Itagaki. Una serie que por su exquisitez narrativa, sus elementos y hechos históricos bien podría estar a la altura de un cuento japonés sobre la guerra de los samurái o incluso, una novela negra del siglo veinte en este lado del globo terráqueo. Baki nos cuenta con precisión, la historia de un cumulo importante de hombres que se decantaron por llevar su cuerpo y un determinado arte marcial a niveles en los que parece imposible para un humano corriente. La historia nos condensa en cada capítulo la figura del cuerpo y explota la voz omnisciente de la narrativa de forma bastante notable, tanto así que, los diálogos sean estos en el aire o para definir un hecho, se vuelven parte del tiempo y espacio que el autor logra evolucionar en el momento que su obra está en el punto de ebullición más significativo.


[El cuerpo en la morgue]

Cuando hablamos de llevar el cuerpo a una expresión de semidios, hemos de pensar que, la evolución de este tiene que ser exhaustiva, entrenamiento constante, concentración absoluta y dedicación diaria a seguir este objetivo y para esto el autor nos muestra los regímenes a los que sus personajes son sometidos con tal de cumplir su propósito. Es aquí cuando surge el viaje a la morgue en el que Keisuke Itagaki desprende metáforas filosóficas, religiosas y literarias para ese brutal camino. Sabemos que cuando el cuerpo viaja a la morgue es porque ha pasado a una elevación diferente, el alma ha viajado a otra parte de lo ignoto y el caparazón pasa por un proceso de limpieza que lo deja casi como nuevo y listo para emprender ese camino que viene a ser el primer paso para convertirse en un ser diferente.


[Destruir para construir]

A lo antes mencionado debemos agregar que en la morgue no existe la muerte física como tal, es más bien el desprendimiento de cada placer de esta tierra que vuelve al hombre posmoderno un esclavo de la rutina y una máquina que reproduce lo que el mundo le arroja en la cara y decide tragarlo. Keisuke Itagaki en su obra nos permite recorrer senderos que nos alejan de lo burdo y lo banal que no nos deja explotar toda la virtud que habita en nuestro interior.


[Forjando con los martillos de lo inefable]

Si bien es cierto que, la idea de destruir para construir nos recuerda a las metáforas de la teogonía del filósofo griego Hesíodo en la serie «Baki: el hijo del ogro» toma un contexto diferente puesto que, el mangaka nos guía hacia un proceso de destrucción consciente, sabiendo que en la narrativa es posible rescatar algunos hábitos y tácticas de supervivencia. Entonces nos surge una luz que alimenta este recorrido; el martillo de lo inefable un instrumento al que Keisuke Itagaki recurre de manera constante y con el que le muestra a sus personajes que es posible seguir destruyendo y construyendo, desgarrando y sanando, una rutina brutal a la que se deben someter hasta convertirse en los hombres más fuertes del mundo tanto física, como intelectualmente.


[Puliendo con cinceles literarios]

En «Baki: el hijo del ogro» el autor también nos permite recorrer la literatura de los diferentes artes marciales que existen en el mundo, así mismo tratar de que esta se conecte con el cuerpo del artista marcial para que no existan lagunas en su desarrollo como luchador y quede en evidencia que tanto el cuerpo como el intelecto deben ir de la mano, de no ser así, solo se está creando una abominación que se dejará llevar por lo carnal y cotidiano. Keisuke Itagaki es consciente de que no todos sus personajes seguirán al pie de la letra este mandato, entonces nos muestra lo terriblemente atroces que pueden ser los hombres que se desvían en la mitad del camino y deciden digerir basura y con ello hacer de su santuario un lugar para glorificar el pecado y evocar el desenfreno.


[Temple de espejos y sombras]

La espada que se quiebra no es de acero y el hombre que se rinde, debe hacer una pausa para revisar su decálogo antes de tomar la decisión que pueda cambiar su vida por lo que le resta. Con esta idea de no quebrarse y seguir blandiendo en medio del trayecto, el mangaka Keisuke Itagaki en su obra nos deja la moraleja de constancia y vigencia en lo que se hace, es por eso que nos transmite la necesidad de cultivar la fuerza y el intelecto con la misma intensidad y nos deja entrever que quien falla a alguno de estos planteamientos debería renunciar al camino que ha tomado porque su vida será un espejo lleno de falencias y sombras.


[El pergamino de la fuerza y la sabiduría]

Si bien es cierto que el mangaka nos permite deambular entre la brutalidad de la fuerza y la serenidad de la literatura, también hay que destacar hechos importantes como la vida de sus personajes antes de ser unas máquinas de guerra, es decir el legado que se les entregó para llevar cierto arte marcial o expresión de combate a un nivel monstruoso y en la serie observamos que todo esto es posible por el conocimiento que se les ha transmitido a través de los años y claro está por la tenacidad con la que decidieron asumir su camino hasta moldearlo en un pergamino de fuerza y completa sabiduría.


[Perforación sin retorno]

En «Baki: el hijo del ogro» una vez los personajes alcanzan el nivel de racionalidad notable les espera un ciclo interminable de batallas para probar cuál arte y artista marcial ha alcanzado el desarrollo más adaptable a la posmodernidad y que pueda prevalecer con su estilo a lo largo de los años sin dejar de por medio; que se debe entrenar la mente y el cuerpo hasta que la señora de velo negro toque a la puerta y decida llevarlos a emprender otro viaje, con otras bestias, en otros caminos, contra otros potentes luchadores, entrando así en un bucle sin retorno en la insoportable eternidad.


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