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Cuestión de tiempo

Foto del escritor: Diana Brubeck
Diana Brubeck
hace 2 minutos
3 min de lectura

Por: Diana Brubeck


Las primeras en morir fueron las abejas. Mallory Sawyer las encontró como una capa de nieve amarilla y negra más allá de su ventana, pero no eran las abejas de la granja de su familia, de la cual sacaban la miel para llevar a la moderna ciudad de Sione. No, aquellos pequeños cadáveres pertenecían a las abejas salvajes, las que existían libres para polinizar los territorios aún fértiles sin supervisión humana.


Los segundos fueron los halcones. Benedict Glasgow vio caer al suyo una mañana durante el vuelo; el ave cuidaba que los avanzados drones no invadieran la propiedad privada de su amo. Era una medida implementada por los pocos que aún vivían en el campo y no rodeados de aquellos enormes edificios llenos de luces y proyectores holográficos por todas partes. Un paraíso de verdor en medio de las enormes lagunas grises y sintéticas que eran las ciudades.


Después fueron los cuervos, las palomas y los escasos colibríes; murieron los gatos, perros y los caballos; guardaron silencio las vacas, pollos y becerros; cayeron también las moscas, los murciélagos y la muerte no dejó atrás a los insectos y lagartos. 


Nacieron predicadores del apocalipsis, videntes y profetas del final del mundo. Sione cerró sus fronteras y también lo hicieron las ciudades de Herai, con sus grandes avances en la medicina; Lande, principal productor de materias primas; Sifen, la capital del comercio; y Candria con su gran actividad energética y minera. Las investigaciones se dispararon en un alarido tan potente como la histeria y aquella nube invisible de muerte, que olía a flores y pasto cortado.


Uno a uno, comenzaron a caer los humanos. Un día se les veía confiados y despreocupados por la calle; al siguiente caían en cuarentena hasta llegar al borde de la muerte, pero unos minutos después de que su corazón dejara de latir, sus ojos se abrían de nuevo porque todavía quedaba algo de vida en ellos, como en las abejas que vio Mallory Sawyer o el halcón de Benedict Glasgow. Algo errático y dispuesto a abrirse paso de nuevo en una violenta búsqueda por algo que los hiciera sentir vivos de nuevo. La producción de armas y municiones incrementó el vértigo; se construyeron altas murallas alrededor de las ciudades que luchaban por mantenerse en pie, la defensa láser se puso de moda, así como los cubre bocas con filtro purificador de aire y las máscaras de gas. Lande fue la primera en caer.


No había lugar que fuera realmente seguro, incluso las casas con mejores sistemas de seguridad ardían en un pánico febril cuando salía un infectado irascible y hambriento. Buscaban carne fresca, sangre, vísceras y cualquier otro órgano humano, porque los suyos se descomponían en su interior, dotándolos de un aspecto exterior pútrido y decadente. Olían a hierro en descomposición y peligro; los ojos inyectados en sangre oxidada se movían desenfrenados en cuanto localizaban a alguien sano, quien veía su perdición en un baño de gritos, dientes y garras. Sin embargo, tal vez eso era mejor a contraer el virus y convertirse en uno más de aquellos seres caníbales, faltos de voluntad y de fe.


Sí, lo denominaron virus, aunque no sabían de dónde provenía la ponzoña. Creían que se transmitía por el intercambio de fluidos y era cuestión de tiempo para encontrar una cura, solo debían esperar un poco más y cuidarse mientras tanto. Eran falsas promesas, falsa seguridad, una crisis de falsedad que sabía a desgracia y desesperación, porque la comida se acababa, el aire era pestilencia y las calles habitaban plagadas de aquellos seres a los que solo se les podía dejar fuera de combate con un tiro en los sesos.


Era cuestión de tiempo para que descubrieran que el virus estaba en el oxígeno imprescindible para continuar viviendo, pero ningún humano en ninguna ciudad de grandes pantallas y carreteras futuristas llegó a ese día. 


Hansel Stacker se quitó la máscara de gas que tal vez solo alargaba su existencia y, tirado en aquel pequeño sofá de un apartamento abandonado, comenzó a inspirar hondo para recibir con los brazos abiertos su inminente final. No tenía las agallas para suicidarse, ni las municiones para ello, pero, sobre todo, ya no tenía nada que perder.


Era cuestión de tiempo para que se acabara el mundo. Lo supo desde que vio la noticia de las abejas en la televisión. 




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