• Frida Cartas

Tic tac tic tac



Frida Cartas


Esa mañana típica de verano en el puerto, calurosa y sofocada, curiosamente estaba nublada, Esperanza del Sagrado Corazón limpiaba el patio con tal religiosidad, que desde tres días atrás barría hasta la última hoja, rota o seca, con un verdadero espanto y la mayor de las meticulosidades, pues según ella “no eran tiempos” y “algo malo iba a pasar”. Apurada cambiaba una vez más el agua a los pájaros amarillos y azules que no dejaban de revolotear dentro de las pequeñas jaulas, tirando todo; y en general esa mañana gris andaba así de inquieta, temerosa, el día nublado, casi oscuro, le parecía cosa del diablo. En esas estaba cuando escuchó la puerta cerrarse. Pegó un brinco y se santiguó. Siguió en lo suyo, concentrada pero con más prisa que antes, murmurando sabrá qué cosas, cuando alguien le dijo:


- Buenos días Esperanza


- ¡Ay, virgen santa! Señora Martha, ¿es usted? Dijo aferrada a la escoba y con los ojos a punto de saltárseles.


- Soy yo, contestó Martha -con una sonrisa burlona- y una maleta. He vuelto.


- ¿No es un fantasma?


- Si fuera un fantasma estaría paseándome por Venecia o el Taj Mahal, en vez de venir a Mazatlán a arder en calor y espantar almas caritativas como la tuya. Anda, ¡qué esperas para abrazarme, mujer!


Martha soltó la maleta, que en realidad venía vacía, y extendió los brazos, entonces Esperanza dejó caer también la escoba, cambiando el semblante, y caminó hacia ella. Fundidas en un cálido y largo abrazo, en medio del patio casi oscuro, y sonrisas, entre un gato que cruzó por ahí, y el canto de los pájaros ya tranquilos, Martha supo que Esperanza era la única en ansiar su regreso, y Esperanza, contenta porque la mujer que alguna vez le salvó la vida, y le abrió las puertas de su casa, había vuelto después de tantos años -tantos que ni siquiera los recordaba-, alcanzó a preguntar, con un profundo amor:


- ¿Ya no se irá, verdad? ¿Cuántos años pasaron, señora?


- Catorce, Esperanza. Nada más catorce años.


Martha recorre sigilosamente la casa que abandonó más de una década atrás, casa que a pesar de los años sigue despidiendo el mismo olor a sal; la recorre en silencio, un poco tranquila por volver pero también un tanto ajena a este lugar, el lugar que por muchos años fue el espacio para su matrimonio más no para ella. Aquí, llena de los cuidados de Ricardo Hache, construyó el refugio para escapar del mundo: cuando confirmó un día que no podría gestar nunca, que su depresión era crónica y ella sería profundamente una mujer en eterna tristeza, cuando el cartero nunca más volvió con noticias de su única hermana y ésta se convirtió en una de las miles de desaparecidas en este país, cuando su madre murió sin querer morirse y en su lecho de muerte maldecía enérgicamente a la vida por miserable e injusta, y finalmente cuando pasaron muchas horas, meses y años, y Ricardo, el médico del mar, como ella le decía cuando eran novios, no volvió más. Ahora, observando las paredes con las fotos de él, de ella, del pasado, recordaba todo sin desearlo, como si hubiese sido ayer; mirando cada mueble viejo de la añeja casa venía a su mente cual brisa fresca la vida perfecta que consumaron juntos entre estas paredes blancas, húmedas, con huellas de salitre, que revelan más cosas escondidas que varillas y arena; entonces una pequeña sonrisa, fresca y generosa, toma forma en su histórico y hermoso rostro. ¡Ay, qué tiempos aquellos! Qué años tan dulces, pero tan ingratos que a la vez le arrancaron uno a uno los momentos maravillosos y la dejaron aquí sola sin nada y sin la posibilidad de morir, condenada a recordar lo que ya no quiere ni pensar ni recordar porque hasta eso duele y cansa; ante estos mapas mentales la pequeña sonrisa se le transforma rápidamente en una expresión muerta, vacía, como la maleta con la que volvió hasta acá. Y cómo no, si recordar el ayer, hoy no significa nada para ella.


Viendo lentamente el librero de arriba abajo, que entre libros guardaba algunos de los primeros regalos que le dio Ricardo cuando novios -el pesado alhajero de conchas puras que ya nadie hace en el puerto, la bailarina musical de porcelana que nada tiene que ver con las bailarinas de las importaciones chinas actuales, el reloj de arena, tan blanca que parece falsa, y las casitas detalladas dentro de bolas de cristal con aceite que parecían tener vida propia-, la alcanzó la luz del sol que sólo apareció unos instantes para despedirse fugaz, e iniciar la noche. Pero Martha a esta edad ya no duerme.


Sigue mirando, ahí, quieta. En cada foto puesta en un cuadro sobre las mesas redondas del estudio atiborrado de extrañas antigüedades que Ricardo coleccionaba, habían veladoras encendidas que ahora no le producían ninguna paz, sólo las veía. En la recámara, el tocador de piedra y marco de madera, que su amado, el médico que trabajaba a bordo de un Ferry, le trajo desde Europa en uno de sus muchos viajes, le roba en este instante toda su atención. Martha toca el espejo, su pálido rostro aparece en él mostrando los grandes ojos cafés, brillantes y enigmáticos, los labios gruesos en forma de corazón, y la piel vieja que aunque no lo parezca, le develaban de golpe el paso de los años... pero prefiere ignorarlo. Sigue observando los muebles viejos de la que fue su mágica morada, los simples cosas que la decoraban, los tapetes hindúes, auténticos, bordados a mano, las lámparas de luz rosada del mediterráneo, la cama hecha especialmente para ellos por el abuelo carpintero de Ricardo, allá en el rancho, ¡Martha mira todo! Aunque nada de eso, ni el persistente olor a pescado y mar, o el aparente silencio de la madrugada en este legendario centro histórico, le produjeran ahora algo. Se asombraba en cambio con lo indemne que permanecía la casa, y los objetos que aunque viejos, bien cuidados, como si el tiempo no hubiera pasado por aquí. Y así fue, el tiempo no había pasado por allí, al contrario se detuvo, Esperanza, en su trabajo del hogar, y la devoción, lo congeló en cariño y gratitud a ella.


- Debo confesar que nunca pensé que te quedarías, le dijo Martha a Esperanza, esta nueva mañana.


- ¿Y a dónde más podría ir? Sólo este lugar ha sido mi casa... sólo usted ha sido, el amor de mi vida. Yo no pude más que esperar su regreso.


- ¿Recuerdas lo feliz que fuimos juntas, dentro de esta casa, solas, cuando todo terminó?


- Nunca lo he podido ni he querido olvidar, señora. Pero sé bien que este regreso es sólo para cumplir su promesa.


- Sí, Esperanza, ¿tú cuándo te irás?


- Mañana mismo.


- ¿Y cómo está tu papá?


- Sentado en la poltrona todo el día, recordando cosas, qué más puede hacer un viejo solo, sino recordar, recordar para vivir -se contestó ella misma con un poco de nostalgia en la voz y en la mirada-, y luego siguió diciendo: Ahora que recuerdo, un día llegó el rumor que usted había muerto en un temblor, allá por donde se fue, por eso me espantó cuando la vi ahí parada, pensé que era su fantasma.


Martha ve la hora en un reloj gigante de la sala, de esos con péndulo que ahora son reliquias, mientras se sienta en uno de los sillones de madera que el abuelo de Ricardo construyó también de propias manos para ellos, allá en Concordia; se recoge suavemente el cabello, más negro que blanco, y abundante para su edad; se sienta para refrescarse. Del suelo toma una caja de cartón que coloca encima de sus piernas, la abre y comienza a sacar cartas amarillentas, pedazos de papel desechos en su mayoría que no alcanzan a mostrar línea alguna, pero no importa, Martha sabe lo que dicen, pero no quiere leer, sólo observa los pedazos de papel, las hojas, pasándolas entre sus dedos, las manos… esas manos blancas y arrugadas con manchas, pero uñas rosadas, Martha no lee. Al cabo de un rato las regresa a su caja, como harta de tener que repetir un ritual ancestral que, lejos de satisfacerle o menguar la soledad, la llena de cansancio. Sentada, sola, Martha suspira y se acuerda.


Por la tarde se sienta nuevamente sobre otra silla, ahora en el patio, en busca de mayor aire, antes toma un libro de alguna de las repisas, que en realidad es un álbum grueso de fotografías. Las ve, o hace como que las ve. El gato, al que solían llamar Oso, por peludito y tierno, y que ahora ya no recuerda cómo llamarlo, brinca y se hecha en sus piernas. Ven las fotos. Juntos. Así la encuentra la noche, enfundada en la bata de baño con la que empezó el día, y ahora el día terminó, con el olor y las caricias de Esperanza sobre su piel, pues antes de irse recordaron juntas, haciendo el amor, cuando también ellas se amaron dentro de estas deterioradas paredes, escondidas del mundo y de la gente.


Por la noche sale a caminar a la playa, como si fuese la misma joven atípica y rebelde que que siempre fue, y sin importarle la edad y el peligro, pues quizás sea la última vez que ande por ahí, frente al mar, porque fue en el mar donde conoció a Ricardo y se enamoró con sólo verlo a los ojos, y ver esos labios en sus hermosas sonrisas, fue en el mar donde pasó los mejores momentos del romance con él, donde paradójicamente vivió los años más felices en medio de su infinita tristeza, hasta que las autoridades le dijeron un día que al fin habían hallado el barco donde viajaba él, hundido en algún lugar del Atlántico, y Martha pudo al fin abrazar su muerte y llorar en su corazón. Frente al mar, sentada ahora en la arena, encorvada, en la entrada y estrellada noche, en la medianoche en la Perla del Pacífico, de piernas largas y suaves, delgada como es, sola, Martha suspira y se acuerda. Le parece verse a ella misma con el esposo cuando jóvenes, caminando por la arena con los zapatos en la mano, oliendo la brisa, y esperando el ocaso. El cambio de milenio está aún muy lejos...


La última mañana aquí, Martha abre las ventanas que dan a la calle y se sienta frente a ellas a refrescarse. Ve la hora en un anticuado despertador de metal, redondo, oxidado, que deliberadamente el destino ha puesto junto a un teléfono igual de antiguo, de esos de rueda de plástico para marcar, como para señalarle que todo en esa casa, incluyendo ella, es viejo, y que lo viejo se guarda con añoranza o se tira, o se cambia en el mejor de los casos por algo moderno, pero qué hacer con ella que no es objeto viejo que pueda tirarse o cambiarse por algo joven; ella no es personaje de cuento ni novela, que puede regresar el tiempo o pararlo, sino es una mujer sola que los últimos catorce años, decidió irse a viajar por América Latina, anhelando deshacerse de los recuerdos y el peso, pero un día se dio cuenta que eran los recuerdos y el peso, lo único que la acompañaban, y que anclaban mucho más que la vejez, y que en vez de hacer ligera y amable la carga, la arrastraban, la hundían.


Martha recuerda en este instante la tarde en que le dijo a Ricardo que siempre viviría aquí, en el mar, en Mazatlán, aún si él muriese. Recuerda la tarde en que no pudo cumplir eso y término yéndose, o huyendo, ni ella lo sabe ya. Recuerda la tarde en que su amado partió, y le dijo que volvería pronto. Pero no volvió. Recuerda la tarde en que le dijeron que el barco se hundió y nadie sobrevivió, recuerda sus infinitas tardes, noches y días de tristezas, sus inagotables lágrimas y orfandad; recuerda cómo llegó a querer a Esperanza y amarla cuerpo a cuerpo; recuerda todos los amigos que murieron, recuerda a su padre, a su madre, a su hermana, se recuerda a sí misma en la infancia, recuerda hasta los hijos y nietos que nunca pudo tener; recuerda la tarde ésta, aquélla, la otra, las muchas tardes andando por el mar, y en casa, la casa no de ella, sino de su matrimonio, y todo se reduce a cansados recuerdos, muchos bellos sí, pero aún esos, cansados recuerdos.


Martha recuerda que ya no quiere recordar y explota, harta de la memoria traidora. Se levanta de la mesa golpeando con ambas manos y soltando un grito de hastío, para luego encender el ventilador, la mañana, inclemente, calurosa y sofocada, la volvió hallar presa de la insoportable costumbre de recordar. Pero no será más así, si volvió hasta acá es sólo por el valor simbólico de la ciudad y el hogar que alguna vez fue, no para acordarse más; volvió porque estaba decidida a dejar de hacerlo, y lo lograría, porque lo que dijo Esperanza: “qué más puede hacer un viejo solo, sino recordar, recordar para vivir”, ya lo sabía, y eso, sencillamente le parecía una cruel e inmerecida condena. Martha estaba en su total derecho de rechazarla, por lo tanto no recordaría nada nunca más, aunque eso, significara no vivir.


El Oso que no era oso sino gato, y que había dormido en la mesa, frente ella, sin pedir permiso, es quien despierta aturdido por el escándalo que provoca el ventilador viejo y el manotazo. Para tranquilizarlo lo abraza. Después se levanta de la silla, en esa bata salmón de seda que porta, descalza, con el animal en brazos, y su larga cabellera suelta, como un fantasma en vida. Sin pensar camina hacia la entrada, lo saca a la calle y le señala el mar, para despedirlo. “Vete. Adiós”, le dice. Lo mismo hace con las aves, amarillas y azules, les abre la jaula y les señala el cielo, “Vayan. Vuelen”, les murmura.


Siempre le gustaron las plantas por toda la casa. Y ahora comienza a hablar con ellas. Y a ratos ríe, sonrié, y llora… llora sola y recordando. Cuando termina entra de nuevo a la casa, y va directamente hasta la cama, llevando unas flores en la mano, que ha cortado. Se sienta en el colchón viendo la hora en un reloj de bolsillo que está sobre uno de los burós. Enseguida coloca las flores que traía en ambos lados de la almohada, blanca y transparente como ella, como su cabello, como su ropa, al tiempo mismo que suena la puerta que se ha cerrado con el aire. Ahora sólo suspira. Ya no está sola.


Martha tiene los ojos más esmeralda que una joya, y está acostada en la cama bocarriba, sonriendo vagamente, dispuesta, respirando hondo y en pausa, sonriendo dulcemente una vez más, pero cierra los ojos; estos dos últimos días en casa, gato, Esperanza, el viaje de regreso, su promesa, sus últimas caricias, cada recuerdo, a medida que vienen a su cabeza, se esfuman para siempre en un flashazo sepia y silencioso; se estrellan, se van… cada estampa recordada se aleja en el vacío interminable de la no existencia, se desvanecen uno a uno, poco a poco, lentamente, entre una marejada de sensaciones apabullantes, de nostalgia, de ira, de tristeza, de amor, de soledad, de hastío y de melancolía. Allá van... ese marido, su matrimonio, el compañero, el día de la boda; allá van los sueños rotos, incumplidos, van también los momentos desperdiciados y los errores cometidos, los tormentos y las tristezas, las angustias y los celos, los sueños y las mañanas; allá va Mazatlán, el olor a brisa y pescado, la primera mirada a las sonrisas de él, el canto de las aves, el calor del sol, el brillo de la luna, todo lo que va soltando, cosas simples y simples cosas que se apagan. Se va también el amor que pareciera negarse a desaparecer, pero finalmente se esfuma; poco a poco también la vida deja de tener por sí sola luz y pensamiento, liberándola de la enorme tarea por recordar algo que ya se ha ido desde hace mucho tiempo atrás y sólo existe en su cabeza y en su corazón. Una última sonrisa. Un último recuerdo. Martha suspira quedito, lento, suspira hondo, cada vez menos, Martha ha logrado matar al fin los recuerdos, aunque con ello, Martha también se ha ido.


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