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Bakuman: o el culmen de las estampas legendarias




Por Omar Cruz



«En la inquietud y en el esfuerzo de escribir,

lo que sostiene es la certeza  de que en la página

queda algo de no dicho».


—Cesare Pavese


En ocasiones, suele haber un debate relevante entre pintores y escritores para probar quien es capaz de embellecer mucho más el lienzo de la vida y dar forma y textura a los paisajes: creo yo, que se debe reconocer, que tanto el pincel como la pluma son capaces de iluminar el mundo y dejar huellas que, sin importar el paso del tiempo difícilmente serán borradas. Es decir, la piel que es texto por perforar y la montaña; símbolo y deidad capaz de dejarse colorear son en contraposición a lo establecido en los cánones, dos hermanas que fueron separadas porque al hombre siempre le ha funcionado mejor aquello de dividir y no lo de unir y entrelazar; olvidándose por completo de que cada expresión está llena en cierta medida de códigos y otros engranajes poéticos que se sublimizan en la dualidad.


Es decir, la estética tanto desde el lienzo como también poética tienen esa capacidad de aliarse y crear hermosos paisajes en los que surge esa sensación de ver, pensar y leer y, por ende, dar rienda suelta a la imaginación, que llega desde nuestro cerebro y se perpetúa en el iris y luego se proyecta a través de hologramas o partículas de imágenes que pasan desde el papel a nuestros ojos y se devuelven sutilmente para seguir en la constante exploración de su forma y su simbológica y resistente textura.


Desde éstas premisas, considero yo, surge el anime/ manga de origen japonés «Bakuman» un trabajo del autor Tsugumi Ōba e ilustrado por Takeshi Obata. En esta obra en la que se nos cuenta la historia de los estudiantes Mashiro Morikata y Akito Takagi que en su afán por convertirse en talentosos y prolijos artistas del manga llevan su creatividad a límites fuera de lo convencional, permitiendo que el espíritu de la competencia habite en ambos y se propongan ser los mejores en ese oficio, que parece ser, está lleno de otros artistas con la imaginación suficiente para ir párrafo por párrafo y página por página hasta lugares en los que ningún otro ha sido capaz de llegar, sin la posibilidad de derrumbarse en el cruento y áspero camino.


[La palabra es un lienzo y el pincel una máquina de perforar]


Hablar de «Bakuman» también es mencionar una cantidad significativa de comedia, drama, romance y aventura. Sin embargo, todo lo anterior se extrapola cuando los personajes principales deciden seguir el atroz camino del mangaka, que no es otro similar al del samurái; que blande con ferocidad la espada del mañana, para hacer un camino por el cual poder seguir sin detenerse, ni malherirse. En «Bakuman» la palabra no solo está implícita en el romance o en la aventura amorosa de los jóvenes, también en las historias que Mashiro y Akito borran, dibujan y escriben sin descanso alguno, hasta que son capaces de dar con aquella que los llevará a ser aceptados en una prestigiosa editorial, que les publique su tan ansiado primer manga y con esto, saborear un poco, los frutos de su esfuerzo y sus terribles desvelos.


[Los anhelos del mangaka son fantasmas que alimentan sus incertidumbres]


Si hay un elemento que sobresale y se impone de manera rotunda en «Bakuman» es el amor, quizá sea este sentimiento el que impulsa y hace que los engranajes artísticos de Mashiro y Akito se muevan con rapidez y los orillen a soñar con una vida plena junto a sus seres amados. Si bien es cierto, el amor es una máquina que bombea una cantidad importante de serotonina en el cuerpo y deja en la juventud una notable cifra de emociones, también debemos destacar que en «Bakuman» el amor gira entorno al oficio artístico y al legado impecable que han dejado los antecesores del manga. Es por eso que, en varios capítulos se muestra la influencia que los jóvenes aprendices del manga tienen y podamos ver en «flashback» trabajos como «Berserk» del ya fallecido Kentaro Miura, «One piece» del artista Eichiro Oda, «Hunter x Hunter» y «Yu Yu Hakusho» del maestro Yoshiro Togashi, «Samurái X» del talentoso Nobuhiro Watsuki e incluso «Hokuto no Ken» del brillante mangaka Tetsuo Hara. Todos estos convergen y hacen que la imaginación de los personajes principales salga a flote y quieran llegar tan alto en este arte así como lo hicieron sus más grandes ídolos.


[En los misterios del oficio habita una densa lapidación]


Quizá una constante muy notable en la serie «Bakuman» es la que impulsa a Mashiro y Akito a caminar por los imparables senderos de la creación como un acto de muerte. Es decir, cada que un nuevo manga estaba en camino; ellos miraban en el anterior todo lo que tenían por mejorar accediendo así, a un nivel diferente de creatividad, uno en el que la crítica no feroz, pero si consciente de nuestro trabajo, nos lleva por la reflexión como un acto sincero al momento de la catarsis artística. Lo anterior también es legible cuando las editoriales hacen que tanto Mashiro como Akito compitan con otros autores del manga y pasen de ver el oficio no solo como una manera de crear, también como una forma de medir la profundidad de su obra frente a otros talentosos mangakas, que también aspiran a ser los mejores en este trabajo de la pluma y el pincel.


[La codificación de la página: o el culmen de las estampas legendarias]


Hay también en «Bakuman» una ruta marcada hacía la excelencia, no solo a través de la venta, los números y el posicionamiento de la obra, también existe esa necesidad de que lo ofrecido siga evolucionando y lleve por caminos en los que crear también les permita a los mangakas florecer aún y cuando su trabajo se parezca a algún árbol marchito. Esto lo podemos notar cuando por primera vez Mashiro y Akito ven su trabajo rechazado y, los editores les alegan que están cayendo en picada junto con su obra y sino cambian la temática de los mangas, irán al lapidario olvido. Aquí es donde aparecen las estampas legendarias, ya que en sus sueños más lúcidos tanto Mashiro como Akito logran ver en las páginas de sus cuadernos a «Kenshin Himura» con su «Luz del dragón buricefalo», a «Goku o Kakaroto» sosteniendo en sus manos la reconocida «Genkidama» y, al legendario «Hiei» ejecutar su «Ilusión de imágenes y sombras» lo anterior viene a ser en la serie el culmen de la codificación en la página, ya que rescata desde la fantasía, y le da ese empuje a los mangakas para no desistir en sus sueños y lograr persistir entre el pincel y la escritura.


[La eternidad y la permanencia: símbolos que emergen porque se les nombra]


La permanencia es quizá esa palabra que bien podría mutilar el final de «Bakuman» ya que tanto Mashiro como Akito mantienen su obra a ritmo y van adaptando nuevas formas de pintar y escribir con el paso del tiempo. Si, logran el cometido y sus mangas y su arte se posiciona y también causa impacto en la comunidad lectora, empero les ayuda a establecer los bloques de una relación más estrecha con sus familias y sus sueños, que parecían hundirse en los botes de pintura y en los lienzos mal trazados. Es por eso que, quizá se nombra a la eternidad no de una manera hegemónica, sino más bien desde un punto en el que se van viendo sus desvelos, su obra, sus lágrimas y sus luchas por crear una propuesta artístico–literaria que inspire a las generaciones venideras, y les haga ver esas posibilidades de existir, en donde quizá, se les daba poca esperanza y les enterraban sin saber que por el amor a la pluma y al pincel; desde antes de conocer el oficio, muchos decidieron —como una especie de escudo— darse por muertos para no ser lapidados en vida.



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