El extranjero Albert Camus: Lectura desde una visión neurodivergente
- Diana Brubeck

- hace 17 horas
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Por: Diana Brubeck
«Hay que comprender —decía Salamano—, hay que comprender —. Pero nadie comprendía».
En el mes de marzo, como parte de una de mis lecturas de la maestría, me tocó leer «El extranjero» del escritor francés Albert Camus. Esta novela corta, considerada por muchos como un clásico, reclama ese título en sus 120 páginas narradas en primera persona, desde la vista del protagonista: Mersault. Podría sentirse lejano, no solo por la época en la que está ambientada, sino porque se sitúa en Argel, pero a pesar de ello logró resonar conmigo: una persona de México en 2026.
«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé», es la frase de apertura que engancha al lector, y que establece el tono del que parten muchas críticas, opiniones y análisis de esta historia: la incertidumbre, la enajenación que fácilmente se encuentra en la primera parte de la novela, mientras acompañamos a Mersault en su vida diaria que se compagina con el duelo. Sin embargo, conforme llegué al final de esa primera parte, las palabras del protagonista adquirieron un matiz diferente, tocando algo que, probablemente no sea la primera persona en notar o suponer, pero que no me abandonó durante el resto de la historia de Mersault.
Todo comienza con el calor y termina con una confusión y un asesinato.
Este suceso del capítulo seis da pie a la segunda parte, que inicia con Meursault arrestado y sometido a diferentes interrogatorios. A partir de aquí, los juicios hacia Meursault y la imagen que este suele dar, comienzan a tomar un giro peculiar pues, en cada encuentro, Meursault se muestra con una actitud cuestionable y tachada de ser «insensible» o «falta de arrepentimiento». Mersault dice que en un inicio disparó por culpa del calor, aunque se ponen en tela de juicio el por qué del resto de disparos; el cuestionamiento se vuelve casi ridículo cuando los amigos, conocidos y la novia de Mersault intentan ayudarlo, pero dejan en claro que la muerte de su madre le importó más bien poco, basando este juicio solo en un comportamiento fuera de lo esperado o usual en la sociedad.
El mundo y la sociedad lo excluyen por no portarse como se espera, por no seguir convenciones sociales que ni siquiera están claras, así que no pude sino pensar en aquellas personas que son «extranjeras» en la sociedad debido a una situación de una neurodivergencia.
TDAH, autismo, dislexia, dispraxia, discalculia, síndrome de Tourette… estas son algunas de las condiciones neurológicas y del aprendizaje que los expertos engloban dentro de la neurodivergencia y, aunque en su mayoría estas fueron identificadas posteriormente a la publicación de «El extranjero», encontré un reflejo de mí en ciertos puntos de Mersault, al menos desde mi propia experiencia.
Frases como «Le expliqué que tenía una naturaleza tal que las necesidades físicas alteraban a menudo mis sentimientos» o «encontré uno por uno, surgidos de lo hondo de mi fatiga, todos los ruidos familiares de una ciudad que me amaba y de cierta hora en la que ocurríame sentirme feliz» me hicieron pensar en la sobrecarga sensorial de mi día a día, la razón por la que salir de casa sin audífonos con cancelación de ruido o tapones para oídos es, por regla general, una pésima idea. Me recordaron también a lo absurdamente irritable que me siento cuando el sol quema mi piel y siento el sudo como una capa pegajosa que hace que se me pegue la ropa o, peor aún, que la piel pique si entra en contacto con el tapizado de algún asiento.
Así, podría enunciar también otros detalles que aparecen en esta segunda aparte y que fortalecieron mi interpretación de la obra como el juicio de una persona neurodivergente en un mundo diseñado por y para los neurotípicos, donde Meursault presenta otros rasgos como:
• Atención al detalle: «Volví a mirar a la sala. Todo estaba como en el primer día».
• Disociación: «La gente corría por las escaleras y yo no sabía si estaban próximas o alejadas».
• Desagrado al romper con las rutinas: «En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero estremecimiento. Él lo notó y me dijo que no tuviera miedo. Le dije que su costumbre era venir a otra hora.»
• Episodio de meltdown: «Entonces, no sé por qué, algo se rompió dentro de mí. Me puse a gritar a voz en cuello y le insulté y le dije que no rogara y que más le valía arder que desaparecer».
• Dificultad para entender las reglas sociales: «Declaró que yo no tenía nada que hacer en una sociedad cuyas reglas más esenciales desconocía y que no podía invocar al corazón humano cuyas reacciones elementales ignoraba».
Con esto, no hago un diagnóstico de Mersault; soy solo una persona neurodivergente que se encontró, de forma inesperada, en un personaje que ha tenido más interpretaciones, pero sí una reflexión a cómo el extranjero, el que viene de fuera, según la etimología latina de la palabra, es entonces no extranjero por venir de otro país, sino porque la misma sociedad lo vuelve un extraño al esperar un comportamiento dentro de la norma cuando, en muchas ocasiones, ni siquiera se explica en qué consiste ese criterio de lo normal. Esa enajenación no nace únicamente de una naturaleza de Meursault, sino que también se desarrolla por el juicio de quienes le rodean y que, constantemente, le dicen que es un extraño.
El juicio y la sentencia se deciden sin tomarlo en cuenta, porque la sociedad no acepta que algo pueda funcionar fuera de su norma. Es entonces cuando se le demoniza, no se le ve siquiera como una persona: se le ve como algo que, al desafiar al orden, se percibe como una amenaza que hay que erradicar.
En lo personal, más de una vez me he sentido frente a un juicio que no comprendo, con decisiones finales que poco o nada toman en cuenta lo que es ser una persona neurodivergente en un mundo diseñado por y para los neurotípicos.




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