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Réquiem por una hija del río

  • Foto del escritor: María José Cáceres Ramírez
    María José Cáceres Ramírez
  • hace 14 minutos
  • 1 min de lectura

Por: María José Cáceres Ramírez


No fue el agua quien la trajo,

sino su vientre quien abrió el camino 

para que el río tuviera por fin un nombre.


Ser mujer aquí es nacer 

con una sentencia en los ojos,

es llevar el mapa de un árbol bajo la piel 

y saber que siempre habrá alguien 

con hachas por dedos.


El útero es la primera vasija, 

el nicho donde el agua 

aprende a quedarse quieta. 

Pero ellos no entienden de vasijas, 

solo de grietas, y por ahí, 

se nos escapó el aliento. 


Pensaron que el silencio

se impone con plomo

que una voz se apaga 

si se le arrebata el pulso.

Pero hay una forma de quedarse 

que no entiende de latidos.


Es esa herida en la tierra 

que, en lugar de cerrarse, 

se vuelve semilla. 

No hay paz en la montaña, 

el agua todavía tiene sed.


Berta ya no tiene rostro. 

Un río sin alguien que lo defienda 

es solo agua anónima 

que puede ser explotada.


Es esa soledad de los árboles 

que nadie abraza, 

el peso de una justicia 

que siempre llega tarde, 

cuando ya la sangre 

se ha vuelto barro seco.


No quiero que mi útero sea solo carne, 

sino una cuenca, un refugio 

donde el río pueda esconderse 

cuando vengan los hombres 

con hambre de cemento.


Quiero parir como ella, no solo hijos, 

sino mañanas que no tengan dueño, 

dar a luz una estirpe de raíces 

que muerdan la tierra 

y se nieguen a ser arrancadas 

por el viento del miedo.


Ser mujer-río, ser mujer-bosque.


-Mar Veil




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