Réquiem por una hija del río
- María José Cáceres Ramírez
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Por: María José Cáceres Ramírez
No fue el agua quien la trajo,
sino su vientre quien abrió el camino
para que el río tuviera por fin un nombre.
Ser mujer aquí es nacer
con una sentencia en los ojos,
es llevar el mapa de un árbol bajo la piel
y saber que siempre habrá alguien
con hachas por dedos.
El útero es la primera vasija,
el nicho donde el agua
aprende a quedarse quieta.
Pero ellos no entienden de vasijas,
solo de grietas, y por ahí,
se nos escapó el aliento.
Pensaron que el silencio
se impone con plomo
que una voz se apaga
si se le arrebata el pulso.
Pero hay una forma de quedarse
que no entiende de latidos.
Es esa herida en la tierra
que, en lugar de cerrarse,
se vuelve semilla.
No hay paz en la montaña,
el agua todavía tiene sed.
Berta ya no tiene rostro.
Un río sin alguien que lo defienda
es solo agua anónima
que puede ser explotada.
Es esa soledad de los árboles
que nadie abraza,
el peso de una justicia
que siempre llega tarde,
cuando ya la sangre
se ha vuelto barro seco.
No quiero que mi útero sea solo carne,
sino una cuenca, un refugio
donde el río pueda esconderse
cuando vengan los hombres
con hambre de cemento.
Quiero parir como ella, no solo hijos,
sino mañanas que no tengan dueño,
dar a luz una estirpe de raíces
que muerdan la tierra
y se nieguen a ser arrancadas
por el viento del miedo.
Ser mujer-río, ser mujer-bosque.
-Mar Veil
