El amor


Por: María Karla García Castillo
El amor llegó a mi vida como lobo feroz a devorar al cordero que guardé durante años. Fue un eclipse entrando a mi sistema, le bastó un segundo para cambiarme la vida. En tinieblas estuve y, cuando la perdición era mi traje, llegó devolviéndome la vida, sí, porque a veces vivimos sin vivir. El tiempo me lo detenían sus ojos, que, como el cambio de invierno a verano, abrazaban mi desnuda alma. ¡Ay! Mi alma, que quebrantada estaba, se entregaba a ella como si entre sus brazos volviera a nacer. A veces es necesario vivir toda la vida perdidos porque, entre no saber huir de uno mismo, puede llegar la paz que te enseñe a amarte a ti mismo. ¿Seré quizás una historia a medias? Tal vez no siempre encuentre un final feliz, pero mientras ella tenga en sus manos el lápiz, todo puede ser tan diferente...
Renacer entre cenizas
Escribo después de poner en pausa mi alma. Estos tiempos llenan de angustia mi corazón; mi vida se ha convertido en un pozo donde, teniendo todo para salir y viendo la luz, sigo en medio de la oscuridad. Quizás tengo ganas de permanecer en el suelo para poder observar todo lo que de mí dicen y murmuran.
Vi muchos amigos que, en mi gloria, me adoraban; y ahora, en este tropiezo, veo gozo en sus corazones.
Cuando vestía mis ropas de seda, ellos bordaban mis vestidos y pinchaban mi piel para beber de mi sangre. Cuán grande era mi ignorancia, que no observé cómo consumían mi alma mientras sonreían en mi presencia. Afilaban sus dientes para devorar mi ser.
Muy poco se habla de la belleza de ocultar la soledad.
En medio del campo miré mis manos cubiertas de sangre y mi linaje manchado por mi pasado. Entendí, entre lágrimas, que tenía que nacer de las cenizas para volver a la luz de ser yo.
Cuántas mentiras oí de mí cuando disfracé mi rostro y me introduje en la sociedad. Realmente, nadie me conocía, ni siquiera aquellos que me adoraban. Transformaron mi imagen en el centro del altar, mientras yo les enseñaba aquello que habitaba dentro de ellos.
Me miraban, mas no me veían. Me tocaban las manos, pero no me sentían.
Me llevaron por el mundo exponiendo mi verdad, mientras aquellos que me guiaban decían amar a todos, engañándolos con mentiras y llenando sus bolsillos en cada oportunidad.
Cuán grande era mi ignorancia, que bebí del veneno de quien más decía amarme.
Me exigen brillar incluso en los días en que mi propia luz me incomoda. Me buscan y me juzgan con lanzas de fuego, solo para oír mi voz clamar, para coronarme y atarme aún más a su voluntad.
Soy rebelde, esa es la verdad. Creo en el amor de darnos los unos a los otros, pero vivo en soledad.
A veces me detengo y recuerdo los días en que nadie me veía pasar, cuando soñaba con ser, con hablarle a estadios y multitudes.
Ahora entiendo tanto. Mi ignorancia me cegaba, impidiéndome ver más allá. Tenía metas grandes, pero mi destino resultó ser aún más inmenso de lo que imaginé.
Pasé de vivir tiempos buscando respuestas interminables, a no tener silencio jamás.
Y en el silencio profundo se extraña incluso el ruido del mar; pero cuando ese ruido llega convertido en tormenta, trayendo consigo el miedo de morir en sus aguas, uno desea regresar al silencio donde antes no supo apreciar la paz.
Porque solo quien ha sido arrastrado por la tempestad comprende el verdadero valor de la calma.
Hoy entiendo que perderme fue parte del precio de encontrarme. Que caer no fue el final, sino el principio de mi transformación. Y aunque las cenizas de mi ayer aún manchen mis pasos, de ellas nace la fuerza de quien decidió reconstruirse desde lo más profundo de su ruina.
Amada a escondidas
¿Por qué te abandonas, bella dama?
¿Por qué le huyes a tus vestiduras cuando se manchan con la verdad?
¿Por qué corres como si estuvieras ciega?
¿No te das cuenta de los luceros que persiguen el brillo de tus ojos?
¿Por qué no permites que toquen tu alma,
pero sí tu piel?
¿Por qué no me das de beber de tus miedos,
para curarte de ellos con mi bondad?
¿Por qué, amada mía, me amas a escondidas,
mientras yo te busco con toda mi libertad?
Te ocultas detrás del silencio,
como si amar fuera un pecado
y sentir fuese una condena.
Tiembla tu corazón cuando me acerco,
pero aun así finges distancia,
como quien teme incendiarse
por acercarse demasiado al fuego.
Y yo, que he visto la tristeza dormir en tus ojos,
sé que no huyes de mí…
huyes de todo aquello que podría salvarte.
Porque quien ha vivido entre sombras
aprende a desconfiar de la luz.
Pero mírame,
no vine a destruir tus ruinas,
vine a sentarme dentro de ellas
hasta que recuerdes que todavía eres digna de ser amada.
Y si un día decides dejar de esconderte,
aquí estará mi alma,
esperando tocar la tuya
más allá de la piel,
más allá del miedo,
más allá de todo aquello que te obliga a escapar.
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