El barrio que se va
- Alejandro Juárez Zepeda
- 7 jul 2025
- 3 Min. de lectura

Por Alejandro Juárez Zepeda
Por décadas, la Roma y la Condesa fueron algo más que colonias céntricas. Eran territorios donde lo moderno convivía con lo chueco, donde el ruido no molestaba porque también era parte del paisaje. No eran solo barrios lindos: eran barrios vivos. Con su mugre, su ternura y sus tensiones a cuestas. Barrios donde uno no necesitaba “pertenecer” porque nacía ahí, o llegaba y lo aceptaban a fuerza de costumbre. Porque bastaban los saludos al pasar, el tianguis de los martes, la fonda que fiaba, la papelería que sabía tu nombre.
Ese barrio ya no está. O sigue estando, pero a la defensiva. Resistiendo en balcones arrugados por la humedad, en voces que aún gritan “¡hay tamales!” aunque ya nadie los escuche desde las ventanas de triple vidrio.
La gentrificación no vino de golpe. Llegó como llegan todas las derrotas: en silencio, pero constante. Primero fue la estética. Luego, los precios. Luego, la gente. Hoy es normal pagar veinte mil pesos por un departamento que hace diez años se caía a pedazos. Hoy es normal que el menú esté en inglés, que la salsa no pique, que el barista se ría si le pides un café de olla. Hoy es normal que te pregunten de dónde vienes tú.
Durante la pandemia, todo se aceleró. Mientras la ciudad enfermaba, muchos comenzaron a verla como una oportunidad. Llegaron nómadas digitales con dólares en el bolsillo y ganas de vivir la experiencia local. Vieron árboles, fachadas antiguas, comida barata, clima amable. Lo que no vieron fue a quienes hacían posible esa vida: los vecinos, los que están aquí desde antes de que el brunch fuera una costumbre.
Lo que se está perdiendo no es solo el acceso a una vivienda digna. Se pierde lo que no se puede medir en rentas ni estadísticas: la identidad barrial, la complicidad callejera, el idioma compartido. Se pierde la posibilidad de quedarse sin convertirse en extraño. Porque ahora, para quedarte, tienes que pagar más, hablar otro idioma, dejar de incomodar.
El 4 de julio pasado, una protesta en el Parque México dejó pintas, vidrios rotos y un mensaje que muchos tacharon de xenófobo: gringos go home. Pero ese grito no es odio. Es el rugido cansado de quienes ven desaparecer su mundo frente a sus ojos. Es el derecho a decir: “aquí también vivimos, no somos escenografía”. Es la rabia de ver que la ciudad se vende al mejor postor mientras quienes la habitan desde siempre apenas sobreviven.
Quienes defienden la gentrificación repiten que “mejora las colonias”, que “trae derrama económica”, que “moderniza”. Pero nunca hablan de a quién beneficia esa mejora, ni de quién paga el costo. ¿Qué significa una calle bonita si ya nadie que vivía ahí puede caminarla? ¿Qué sentido tiene tener cafeterías de especialidad si el que vendía atole en la esquina fue desplazado?
Clara Brugada, la nueva jefa de gobierno, hereda una ciudad en disputa. Tiene frente a sí la posibilidad de poner límites al capital disfrazado de cosmopolitismo, o de permitir que el despojo continúe, con bicicletas carísimas y chanclas Birkenstock. Porque esto no se trata solo de economía: se trata de pertenencia. De decidir si esta ciudad será para quedarse a vivir o solo para rentar.
Nos estamos quedando sin barrios, sin ciudad. Y con ellos, sin memoria. La gentrificación ya se extiende a la Juárez, la Cuauhtémoc, la Tabacalera, la Santa María la Rivera, la Nueva Santa María, la Pensil, la Anáhuac...
Las ciudades no mueren cuando se caen los edificios: mueren cuando sus habitantes ya no pueden quedarse.
