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Cómo la fantasía cambia realidades: sobre el alcance de la ciencia ficción

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    Cámara rota
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura



Por: Alejandro Sánchez Campo


Si quien lee esto se considera un entusiasta de las disciplinas científicas (podemos decirle “la ciencia” con fines coloquiales), o más aún, estudia una carrera científica, no me dejará mentir cuando afirmo que muy probablemente su primer acercamiento no fue a través de un microscopio o un telescopio, entre otras cosas porque estos suelen ser dispositivos caros y no tan accesibles. Lo más común es que el interés haya surgido viendo películas y caricaturas, jugando videojuegos o leyendo libros. Es decir, lo que realmente motiva a muchas personas desde temprana edad es la ciencia ficción en cualquiera de sus presentaciones.


¿Por qué? Porque antes que pensar en proyectos o invenciones para mejorar el mundo, está la imaginación, está la fantasía. Antes siquiera de estudiar las leyes de Newton, pudimos ver los anillos de Halo, las naves de Star Wars o los exotrajes de Avatar y pensar qué tan chingón sería si nosotros pudiéramos tener una tecnología así. No es una idea que sostenga únicamente desde lo personal: incluso científicos de la NASA han afirmado haberse incorporado a la agencia debido a su afición a Star Trek (Johnson, 2013).


La ciencia ficción, a lo largo de la historia, ha ido más allá de ser un simple recurso de entretenimiento; ha logrado influir en investigaciones e invenciones reales. Un caso famoso es el del investigador mexicano Miguel Alcubierre y su propuesta del motor de curvatura para viajar en el espacio. Aunque es importante aclarar que esta idea sigue siendo especulativa (por ejemplo, el problema de la masa negativa), su planteamiento tiene una base teórica interesante, claramente influenciada por los viajes interestelares de Star Trek. Otro ejemplo más tangible es el robot Asimo, de la empresa Honda, inspirado directamente en el personaje de Astroboy.


De manera romántica, suele decirse que obras como De la Tierra a la Luna de Julio Verne inspiraron a la humanidad a llegar al satélite natural. Y sí, en parte es cierto. Sin embargo, hay un detalle crucial: lo que realmente permitió los viajes a la Luna fue una intención de supremacía geopolítica entre la URSS y Estados Unidos. Aun así, la obra de Verne sí influyó directamente en figuras como Konstantin Tsiolkovski, quien sentó las bases teóricas de la cosmonáutica.


Podemos matizar una idea importante: la ciencia ficción no transforma por sí sola las condiciones estructurales que hacen posible o no el desarrollo científico. No genera presupuestos, no crea instituciones ni garantiza políticas públicas. Sin embargo, sí cumple otra función igual de relevante: influye en las personas correctas, en quienes eventualmente ocuparán o intentarán disputar esos espacios. En ciertos contextos, donde intervenir directamente en las estructuras del poder resulta casi imposible, la intervención ocurre primero en el imaginario de las personas.


Veamos ahora el otro lado: la mirada crítica hacia los avances tecnológicos y científicos. Aquí surgen obras como Ghost in the Shell, 2001: Odisea del espacio o Jurassic Park, las cuales funcionan como ensayos narrativos sobre las implicaciones sociales de tecnologías riesgosas, el abuso de poder o la creación de armas altamente sofisticadas. En este sentido, la ciencia ficción no sólo produce “chaquetas mentales”, sino que incluso empresas como Intel han desarrollado metodologías formales como el “Prototipado de Ciencia Ficción”, utilizadas para explorar y evaluar el impacto cultural, ético y social de tecnologías futuras. Entre sus objetivos se encuentra, por ejemplo, la mitigación del llamado “shock del futuro”, especialmente en contextos como el desarrollo de inteligencia artificial.


Puede que entonces surja la pregunta: ¿por qué es relevante todo esto en un país como México? Considero que lo es por varias razones. Aunque nuestra nación es una potencia latinoamericana en términos de investigación, gran parte de su desarrollo tecnológico depende de países más industrializados, como Estados Unidos. A esto se suma un rezago educativo significativo en matemáticas y ciencias. Frente a este panorama, la ciencia ficción puede funcionar como una herramienta cultural para despertar vocaciones científicas, tal como ocurrió con muchos miembros de la NASA, pero ahora a través de exhibiciones de películas, narrativas en el aula o incluso contenidos en plataformas como TikTok e Instagram.


Si realmente buscamos formar científicos en el país, no basta con educar: también debemos inspirar. Necesitamos historias, imaginación colectiva y cultura científica. Claro, todo esto debe ir acompañado de condiciones laborales dignas que permitan la permanencia y no sólo el surgimiento de nuevas vocaciones.


Referencia: Johnson, B. D. (2013). When science fiction and science fact meet. Computer, 46(1), 80–82. https://doi.org/10.1109/MC.2013.35

 



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