De nosotros depende que el amor sea eterno
- Cámara rota

- hace 6 horas
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(Reseña El amante japonés de Isabel Allende)
Por: Diana Brubeck
En el primer momento en que este libro llegó a mis manos gracias a un intercambio literario, allá por 2018, me sentí un poco confundida porque, ¿El amante japonés? ¿De verdad parecía una persona a la que le gusten las novelas románticas? La verdad no sé, pero no es un género que suela visitar entre mis lecturas. Solía disfrutar de los romances clichés y de fantasía durante mi adolescencia y quizás todavía sean una parte secundaria de otras novelas que disfruto de manera impetuosa, pero no más.
Dejando de lado mis reservas hacia el género en aquel momento, decidí darle la oportunidad al darle la vuelta y leer lo que ponía la contraportada; jamás me arrepentiría de esta increíble idea que me convenció de abrir el libro, porque si bien los romances no son lo mío, las historias que hablan o se basan en acontecimientos históricos bélicos, como la Segunda Guerra Mundial, sí que lo son. Y nada como un poco de ficción de la mano de la maravillosa Isabel Allende, como para sumergirme en su prosa y sus historias, pues, El amante japonés fue solo el punto de flexión donde mis ojos viraron hacia las voces latinoamericanas contemporáneas.
Así pues, dos días después abrí por fin el libro y lo primero que encontré, fue un extracto de un poema de Sor Juana Inés de la Cruz, a modo de epígrafe. Aquí entré en conflicto por algo demasiado personal: la poesía en español y yo no teníamos la mejor relación en aquel entonces, y Sor Juana no me lo ponía sencillo con su lenguaje tan icónico. Sin embargo, no me rendí tan pronto y pasé a la siguiente página donde, desde la primera oración, la historia me succionó al mundo de Irina Bazili, una chica polaca a la que acompañaría durante sus siguientes tres años trabajando en Lark House, la residencia geriátrica donde conocemos a Alma Belasco.
Más allá de ello, me envolvió un mundo de narrativa tan ligera, que los capítulos pasaban rápido ante mis dedos y siempre era un «otro más» antes de dormir o seguir con mis obligaciones diarias. Los escenarios cambiaban con una facilidad tan bien planeada, que era imposible perderse entre los saltos temporales, pero lo más bello se encontraba la forma en que cada personaje va desvelándose poco a poco, como los botones de los cerezos abriéndose sin prisa alguna en invierno. Las historias del presente adulto de los personajes se mezclan con aquellas de la niñez, lo cual nos permite entenderlos mejor y dejar que el cariño hacia ellos crezca sin remordimientos.
Está Irina con su cabello rubio, aspecto de muchachita y orígenes moldavos; Alma Belasco, con su gato, sus diseños en seda y los viajes que empezaron desde que dejó Polonia; Nathaniel Belasco, bondadoso abogado respetado en San Francisco, como lo fue su padre; Ichimei Fukuda, el hombre que nunca parecía envejecer, con sus gardenias y cartas breves.
Todos estos personajes y otros más, entretejen la historia de una manera tan perfecta con sus inseguridades y defectos, esos que en el fondo reconocen e, incluso cuando la historia podría parecer «predecible», Isabel Allende sorprende al lector corriendo sutilmente el velo sobre los secretos que están ahí con una misión clara; no son un intento forzado de justificar aquello que podría resultar «extraño» en capítulos anteriores. Entre estos misterios de los personajes tan bien resguardados, uno de los detalles más bellos sin duda alguna (al menos lo fue para mí), son las breves, pero sensibles cartas de Ichimei Fukuda: esas que hacen que todo el libro, especialmente el final, se sienta como una caricia suave de la mano del amor más puro.
El amante japonés es una novela romántica, sí, pero no es ese amor idílico que conocí (y todavía de vez en cuando encuentro) de novelas adolescentes o de jóvenes adultos, donde la pasión desborda de forma violenta. Es más bien el tipo de amor que, entre letras, reclama su fortaleza inmaculada, se transmite y llena de cierta melancolía a todo aquel que se encuentre de frente con las palabras de un hombre de alma sensible. Es el amor de unos viejos que han aprendido juntos. El amor de las amistades inesperadas. El amor de una familia. El amor de las despedidas y de los reencuentros. Un amor que toma tiempo y se cultiva clavando sus raíces en lo más hondo de los personajes, así como del lector.
«[…] y quien diga que todo fuego se apaga solo tarde o temprano, se equivoca: hay pasiones que son incendios hasta que las ahoga el destino de un zarpazo y aun así quedan brasas calientes listas para arder apenas se les da oxígeno.»




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