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La carretera

  • Foto del escritor: Guillermo Martínez Collado
    Guillermo Martínez Collado
  • hace 19 horas
  • 8 Min. de lectura

Por: Guillermo Martínez Collado


La autopista estaba vacía, como si la hubieran barrido con una escoba gigante. Asfalto negro, líneas blancas que entraban por debajo del capó y salían disparadas hacia atrás. El cielo tenía ese tono sucio de las madrugadas sin estrellas, cuando la noche parece una nave industrial abandonada.


Íbamos en la furgoneta del padre de Marcos Elías. Una Renault blanca, con el logo de la empresa medio despegado y olor a humedad y a tabaco. Sonaba el traqueteo de algo suelto en la parte de atrás cada vez que pillábamos un bache.


Marcos Elías conducía con una mano, como si aquello fuera un puto videojuego. La otra la llevaba apoyada en la palanca de cambios. Yo iba de copiloto, con la ventanilla bajada para que entrara el aire frío y me despejara un poco la cabeza. Nos rulábamos un peta de la marihuana que le birlamos al idiota de Dani Coto.


—Si nos paran, diré que tú robaste la furgo —dijo.


—Si nos paran, te meten un puro que flipas.


—Bah. ¿Qué policía va a estar despierto a estas horas? Como mucho estarán en el puticlub.


Me reí sin ganas. En el salpicadero, el reloj marcaba las cuatro y pico. No sabía la hora exacta porque el display estaba medio roto y a veces se apagaba. La radio sonaba baja, como una voz que viene desde otro piso.


—Hoy toca juego grande —dijo Marcos.


—Siempre dices lo mismo.


—Hoy sí. Hoy te veo con cara de querer jugar.


Me giré hacia él. Tenía la mirada fija en la carretera, la mandíbula apretada, esa expresión de tío que cree que controla el mundo porque sabe meter tercera sin rascar. Dio una última calada y lanzó el peta por la ventanilla.


—No digas gilipolleces.


—¿A que hoy pierdes otra vez?


—A que hoy te gano.


Marcos Elías sonrió y aceleró un poco más.  El juego había empezado hacía meses. Al principio era conducir sin luces por las carreteras secundarias, como si fuéramos traficantes. Luego fue poner la furgoneta al máximo en las bajadas, sentir cómo se aflojaba el estómago y cómo el miedo te subía por la garganta. Después vino lo de frenar tarde. Ir directos hacia una rotonda o una curva y esperar hasta el último segundo para pisar el pedal. Pero lo de cerrar los ojos en la autopista era otra cosa.


—Recta larga —dijo Marcos, señalando con la barbilla.


El asfalto se abría delante de nosotros como una cinta infinita. Sin luces en el horizonte. Solo los postes de iluminación pasando a intervalos regulares, como un metrónomo.


—Vale —dije.


Marcos apagó las luces. De golpe todo se volvió más negro. La carretera seguía ahí, pero ya no era carretera, era un túnel sin paredes. Solo el brillo de la línea blanca, reflejando algo mínimo en la oscuridad.


—A la de tres —dijo.


Me apoyé en el asiento. Noté el corazón golpeándome en el pecho, como si quisiera salirse.


—Uno… dos… tres.


Cerramos los ojos los dos. No hay nada más estúpido que cerrar los ojos a cien por hora. No hay nada más fácil tampoco. Solo es bajar los párpados y dejar que el mundo se vaya. Y entonces escuchas el motor, escuchas tu respiración, escuchas el ruido del aire contra la carrocería. Y sientes el miedo. El miedo es un animal que se arrastra por dentro.


—Uno… —dijo Marcos.


—Dos… —dije yo.


—Tres…


—Cuatro…


Cada número era una piedra en la boca. Yo me imaginaba la furgoneta desviándose milímetros, y esos milímetros convirtiéndose en metros, y los metros en un golpe seco contra la valla, y luego el giro y el vacío.


—Cinco…


—Seis…


—Siete…


Me temblaban las manos. Las tenía apoyadas sobre mis piernas, apretando el pantalón. Podía abrir los ojos en cualquier momento. Podía rendirme. Eso era lo que siempre hacía. Abría los ojos el primero y gritaba y Marcos  se reía, me llamaba cagao, me daba una palmada en la nuca y decía que yo no valía para estas cosas. Y yo me reía también, como si me diera igual. Pero no me daba igual.


—Ocho…


—Nueve…


El aire me cortaba la cara por la ventanilla. El ruido del motor era como una sierra eléctrica.


—Diez…


Yo ya no estaba en la autopista. Estaba en el cuarto de baño de mi casa, con mi padre vomitando en el váter y mi madre gritando desde el pasillo. Yo estaba en el salón, con la tele puesta y mi padre diciendo que los moros nos iban a quitar el trabajo mientras se bebía una cerveza detrás de otra. Yo estaba en la cocina, mirando el frigorífico vacío y pensando que la cena iba a ser pan con margarina otra vez.


—Once…


—Doce…


La radio seguía encendida, aunque no se entendía bien. Era una tertulia nocturna, alguien hablando de no sé qué mierda de guerra, de que la gasolina estaba imposible. Decían palabras abstractas: inflación, crisis, recesión. Decían “los jóvenes no tienen futuro”. Yo pensé: pues claro que no tenemos futuro, hijo de puta. A no ser que el futuro fuera despertarte con resaca en un piso húmedo y currar en una obra por cuatro duros.


—Trece…


Noté que la furgoneta se movía un poco. Un pequeño aviso. Marcos seguía contando.


—Catorce…


Me vino la cara de _____. Su melena recogida con una goma barata. Su manera de hablar como si estuviera siempre a punto de mandarte a la mierda. Ella me escribía de vez en cuando. “¿Qué haces?” “¿Estás por ahí?”. Cosas así. Mensajes inocentes que venían cargados de intención. Yo le respondía como un idiota. Siempre con cuidado, con bromas. Siempre fingiendo que me daba igual. Pero cuando dejaba el móvil en la mesa, me quedaba mirando la pantalla apagada como si fuera una tumba. Porque yo sabía la verdad. Ella tenía novio. Un tío que pasaba a buscarla en un Seat León y que subía fotos fardonas a Instagram. Y ella había decidido dejar de verse conmigo. Había decidido que ya no le compensaba.


Lo peor era que ni siquiera me había dolido como una puñalada. Me había dolido como hace el cansancio.


—Quince…


La furgoneta volvió a temblar. Esta vez más. Se escuchó el traqueteo de las herramientas detrás, golpeando el metal. Como si estuvieran llamando desde el maletero. Apreté los dientes. No abrí los ojos. Pensé en septiembre. En los exámenes. En que si suspendía me iban a sacar del instituto y me iban a mandar a currar con mi tío a una empresa de repartos. Pensé en mí mismo cargando cajas de refrescos, sudando en verano, helándome en invierno. Pensé en mi madre diciéndome “es lo que hay”.


No quería ser adulto. No quería pagar facturas. No quería madrugar. No quería aguantar a jefes que te hablan como si fueras basura. No quería convertirme en mi padre.


—Dieciséis…


Marcos Elías respiraba fuerte. Lo escuchaba al lado, como si estuviera corriendo. Yo imaginaba sus ojos cerrados, su cara seria, su orgullo de macho de barrio, su necesidad de demostrar algo que ni él sabía qué era.


Me dieron ganas de reír. Qué patético era todo. Dos chavales menores de edad en una furgoneta robada al padre de uno de ellos jugando a morirse para no pensar.


—Diecisiete…


La radio soltó una frase clara, como si alguien la hubiera subrayado. “Los expertos advierten de un aumento de la violencia…” Marcos soltó una carcajada.


En nuestras casas también había violencia, pero no era de puños. Era de silencios. De miradas. De puertas cerradas. De dinero que no llega. De botellas vacías en el cubo de basura. Eso era peor.


—Dieciocho…


La furgoneta se fue un poco hacia la derecha. Sentí el cambio de textura del asfalto. El sonido cambió. Ya no era el rodar limpio de la autopista. Era algo más rugoso. Habíamos tocado el arcén. Mi cuerpo se tensó entero. Yo podía abrir los ojos. Podía decir basta. Agarrarme al salpicadero y gritar. Pero no lo hice. Porque me di cuenta de algo horrible. Que una parte de mí quería que siguiéramos. Una parte de mí quería que la furgoneta se estrellara. No por valentía. No por drama. Por descanso.


—Diecinueve…


Pensé en el último mensaje, hacía dos semanas. “Perdona por lo de antes. Espero que estés bien.” Yo le contesté: “tranquila, todo bien”.


Mentira. No estaba bien. Quería decirle: “me jodiste”. Pero no podía. Porque en mi cabeza eso era como perder. Eso era reconocer que yo era el pringado de la historia. Así que me callé. Y el silencio me creció dentro como moho.


—Veinte…


El motor rugió. Nunca habíamos aguantado tanto. Marcos apretó el acelerador un poco más. Noté el empuje.


—Estás loco —murmuré, pero mi voz se perdió en el aire.


No sé si él lo escuchó. La furgoneta se fue otra vez hacia el arcén. Sentí el volante vibrando, aunque yo no lo tocaba. Sentí la inclinación mínima del cuerpo.


—Veintiuno…


Me sudaban las manos. El corazón me iba tan rápido que pensé que iba a vomitar.


—Veintidós…


Apreté los ojos con fuerza, como si cerrarlos más pudiera cambiar algo. Como si pudiera desaparecer.


Entonces escuché algo un claxon. Un claxon largo, brutal, como un grito. Abrí los ojos de golpe. Marcos también. Por nuestra izquierda nos adelantaba un camión. Un puto camión enorme ocupando el carril. Marcos Elías frenó del susto y aguantó el volante con violencia. La furgoneta derrapó. Sentí el mundo girar. Las herramientas de atrás salieron disparadas. Algo metálico golpeó el techo. El cuerpo se me fue hacia el lado, el cinturón me cortó el pecho. Vi el guardarraíl acercarse como una cuchilla.


El camión se alejó con un rugido. Pensé que íbamos a volcar. Las ruedas chillaron. El olor a goma quemada llenó el aire. Nos quedamos parados en el arcén, con el motor temblando, las luces apagadas y el silencio.


Marcos tenía las manos pegadas al volante. Los nudillos blancos. La boca abierta. Yo respiraba como si me hubieran sacado del agua.


—Hostia… —dijo él, casi sin voz.


No contesté. Miré al frente. La autopista seguía igual. Recta. Indiferente. Marcos Elías se rio, pero fue una risa que se rompió a mitad.


—Tío… casi…


Se llevó una mano a la cara, como si no se creyera que seguía vivo. Yo noté algo raro en mi garganta. Una presión. Como si fuera a llorar. Pero una vez más, no lo hice.


—¿Seguimos? —preguntó, intentando sonar chulo.


Yo lo miré. Vi su miedo y  el mío reflejado. Vi que el juego no era para divertirnos. Era para sentir algo. Lo que fuera. Miedo, adrenalina, rabia. Cualquier cosa menos esa nada que nos comía por dentro.


Me bajé de la furgoneta. El aire de la madrugada me golpeó la cara como una bofetada. El arcén estaba frío. La tierra olía a hierba mojada. A lo lejos se escuchaba el zumbido de algún coche perdido.


Me quedé mirando la oscuridad del campo, más allá de la autopista. No se veía nada. Pero se intuían casas, pueblos, gente durmiendo sin saber que dos idiotas casi se matan a cien metros de ellos. Marcos Elías asomó su cabeza por la ventanilla.


—¿Qué haces?


Me apoyé en la puerta abierta. Miré el interior de la furgoneta, el salpicadero, los asientos manchados, la radio todavía hablando de crisis.


—No quiero seguir —dije.


Marcos se quedó callado.


—¿Qué te pasa, tío?


Me encogí de hombros. Me reí un poco, por inercia.


—Nada.


Esa palabra era una piedra. Nada. Nada era lo que me pasaba. Nada era lo que iba a pasar mañana. Nada era lo que había sentido cuando ella dejó de buscarme. Nada era lo que me esperaba en septiembre. Marcos apagó la radio. Por primera vez en toda la noche, el silencio fue completo.


—Nos vamos —dijo al final—. Ya está.


Subí otra vez. Cerré la puerta. Marcos Elías encendió las luces y arrancó despacio, como un viejo. Durante unos minutos no hablamos. La autopista se convirtió en carretera de regreso. En un camino hacia nuestras casas. Hacia nuestros padres. Hacia nuestras vidas de mierda.


Yo miré el móvil. No tenía mensajes. Me quedé mirando la pantalla iluminada. Apagué el teléfono y lo dejé boca abajo. Marcos me miró de reojo.


—¿Todo bien?


—Todo bien.


Yo asentí. Mentir se me daba genial. Podía pasarme la vida entera diciendo “todo bien” mientras por dentro me iba muriendo poco a poco, sin ruido, sin choque, sin claxon.


Me sentía parte de una generación a la que hubieran dejado jugar con fuego en vez de en un jardín, y ahora esperaban que floreciéramos entre esas cenizas. Era imposible.


Me acomodé en el asiento. El porvenir seguía igual de oscuro que cuando tenía los ojos cerrados.




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