Correr
- Nicolás Jaula

- hace 4 horas
- 1 Min. de lectura

Por: Nico Jaula
Me dieron ganas de correr, y no me refiero a maratones o algo por el estilo. Simplemente salir de casa y correr. Eran como las siete de la noche; llevaba jeans y unos Adidas nuevos que tenía tres días intentando aflojar. Tomé las llaves y salí.
Pasé frente a dos casas vecinas y doblé a la derecha. Llevaba buen ritmo, esquivando grietas en la banqueta, desechos de perro y restos de metal incrustados en el suelo que alguna vez fueron teléfonos públicos.
El viento golpeaba mi rostro, haciéndome sentir libre. Frente a mí, el cielo se pintaba de naranja en los últimos minutos de la tarde. Pensaba en la última vez que me había sentido ligero; me remonté a esa época en la que la inocencia, sin yo saberlo ni apreciarlo, era mi principal virtud.
Aumenté la velocidad. Salté charcos de agua estancada desde hacía días; escuché ladridos, sirenas de ambulancias y el claxon de los automóviles. Vi, fugazmente, el rostro de una gran variedad de personas que, cansadas y resignadas, regresaban a sus hogares tras la jornada de trabajo.
Corría más rápido, sonriendo por todas esas sensaciones, pero de pronto mi tobillo se torció de la nada. Perdí el equilibrio y caí, teniendo todavía el cielo, ya totalmente oscuro, encima de mí.




Comentarios