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Las mujeres que viven debajo de la ciudad

Foto del escritor: Mónica Mondragón
Mónica Mondragón
hace 11 minutos
6 min de lectura

Por: Mónica Mondragón


Hay ciudades que se construyen sobre los muertos. Esta fue construida sobre las mujeres que aprendimos a olvidar.




I


Las sombras



La primera vez que vi a una de ellas pensé que era una mancha de humedad.


Estaba en el andén de Pino Suárez, junto a una mujer que apretaba una bolsa de mandado contra el pecho. Vestido azul, zapatos blancos, el cabello recogido con una liga negra. No recuerdo su rostro. Eso fue lo primero que olvidé de ella.


Pasó un tren sin detenerse. Cuando el ruido terminó, la mujer ya no estaba. Su bolsa tampoco. Pero su sombra seguía en el piso, sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza inclinada. No la proyectaba ninguna luz. La gente le pasaba por encima sin bajar la vista. Nadie la pisaba. Todos la pisaban.


Le tomé una foto. En la pantalla apareció el andén vacío.


Me dije que era cansancio. Llevaba semanas despertando a las tres de la mañana con la certeza de haber oído una llave en la cerradura, un golpe seco al otro lado de la pared. Mi jefe me había llamado por otro nombre y tardé un momento en estar segura de que el equivocado era él. Mi madre me había llamado un martes a mediodía, cosa que nunca hacía, para preguntarme si cerraba con llave. Cuando le pregunté qué le pasaba, dijo que le dolía la cabeza y colgó.


No pensé en la fecha. Yo no tenía por qué conocer esa fecha.




II


El archivo de las ausentes



Después, esas sombras, las vi en todas partes: en Tlalpan, en la Doctores, en la Obrera. Siempre cerca de una ficha de búsqueda. ¿LA HAS VISTO? Niñas con uniforme, trabajadoras, abuelas.


La ciudad se las comía despacio.


A ellas no se les puede tomar una foto. Pero si fotografiaba las fichas, aparecían en el fondo de la imagen original. Una mancha con forma de mujer, sentada, esperando.


Guardé cientos de fotos en carpetas. Dejé de comer con mis compañeros, de contestarles a mis amigas. Nadie preguntó por mí. Me dio miedo lo poco que tardaron en no preguntar.


Una noche, revisando todas las fotografías que había tomado, había una que me dejó helada. Era mi cuarto, a oscuras. Era yo, dormida de lado. Estaba tomada desde los pies de la cama, a la altura de alguien que hubiera estado sentado ahí, muy quieto, mirándome. La hora: 3:04. Vivo sola.


Pegué todas las fotos en la pared y las uní con hilo negro de acuerdo con el punto de desaparición. Todos los puntos se inclinaban hacia el mismo lugar: una estación del metro que ya no está en los mapas. Dejó de dar servicio hace años.


A las 3:04 llegó un mensaje de una cuenta sin foto de perfil.


Deja de buscarlas.


Un minuto después:


Ellas ya te encontraron.


En todas las fotografías de la pared, las sombras del fondo habían levantado la cabeza. Me miraban a mí.




III


La estación que no existe



La entrada a la estación estaba detrás de una cortina metálica cubierta de grafitis. Abajo había un hueco del tamaño de un cuerpo agachado. Bajé por una escalera de focos amarillos. En el último escalón escuché un tren. El sonido salía de las paredes, de todos lados, hasta de mis propios dientes.


Llegué al andén que tenía un reloj detenido a las 2:17. Al borde de las vías había cientos de mujeres. Una muchacha con chaleco de supermercado se miraba las manos: tenía tierra negra debajo de las uñas, hasta la carne. Ninguna tenía sombra.


—¿Dónde estamos? —le pregunté a una niña.

—Abajo.

—¿Abajo de qué?

—De ustedes.


Tenía los ojos completamente negros, como dos agujeros hechos con un cigarro en una fotografía.


Me di la vuelta. La escalera se había convertido en un muro de placas con nombres grabados. Toqué una. Estaba tibia. Del otro lado, alguien respiró.


Se acercó la mujer del vestido azul. Ahora tenía rostro, y los ojos opacos de las cosas que pasan demasiado tiempo bajo el agua.


—Llegaste tarde —dijo.

—¿Están muertas?


Se rio con un sonido de papel arrugado.


—Eso es lo que más les conviene creer.


El tren me llevó por un túnel cuyas paredes eran capas de fichas de búsqueda y oficios con sellos. Se desconoce su paradero. No se descarta. No se descarta. Al final se abría una ciudad imposible, de puertas torcidas, con una mujer detenida en cada ventana.


Sonó una campana. En la puerta de una casa, un nombre empezó a hundirse en la madera, letra por letra. En la ventana, una muchacha de sudadera gris apoyaba las manos contra el vidrio y repetía algo muy rápido que no logré entender. Cuando desapareció la última letra, se quedó quieta y se fue volviendo del color de la pared, hasta que solo quedaron las marcas de sus manos.


—¿A dónde se fue?

—A ningún lado —dijo la mujer—. Eso es lo peor.




IV


El árbol blanco



En el centro de la plaza crecía un árbol blanco del que colgaban fotografías atadas con hilo negro. Al pie, una anciana con tierra en los nudillos escribía un nombre en un cuaderno, una y otra vez.


—Mi hija está aquí —dijo—. Sigo escribiendo su nombre para que no se la lleven.


Una foto cayó a mis pies. Una muchacha de pelo corto, sentada en una cama. Detrás, una niña de cinco años con un muñeco de trapo.


Era yo. El muñeco se llamaba Tito. Lo perdí a los cinco años, o eso me dijeron.


Abajo, escrito con pluma: Elena.


—Tu hermana —dijo la anciana.

—No tengo hermana.


Al decirlo vi una puerta siempre cerrada al fondo del pasillo de mi infancia. Mi madre jalándome del brazo la única vez que intenté abrirla.


—Allá arriba les inventan algo más fácil de cargar —dijo la anciana—. Tu mamá no la olvidó, mija. Aprendió a no nombrarla. Y para poder hacerlo, te tuvo que enseñar a ti.


La mujer del vestido azul me acomodó un mechón detrás de la oreja. Se me cerró la garganta: yo hago ese gesto con mis propias manos, todo el tiempo.


—Tienes que subir. Todavía te recuerdan.


Lo dijo como quien dice todavía hay luz, sabiendo que ya está anocheciendo.




V


El regreso



No recuerdo haber subido. Tenía tierra negra debajo de las uñas, hasta la carne.

Llamé a mi madre.


—Mamá. ¿Quién era Elena?


Hubo un silencio larguísimo. Después, el llanto de alguien que lleva veinte años con la mano sobre una puerta.


Elena tenía diecinueve años. Con su primer sueldo me compró un vestido azul de adulta, «para cuando crezcas». Una tarde me llevó con ella y no volvió. La vecina contó que yo toqué sola a su puerta, sin llorar, con Tito en la mano y tierra negra debajo de las uñas. Cuando me preguntó por Elena, señalé el suelo.


Le pregunté la fecha. Hacía veinte años exactos aquel martes en que me llamó para preguntarme si cerraba con llave.


—Perdóname —susurró.




VI


La fotografía de mañana



Desde entonces escribo nombres. En cuadernos, en paredes, en los márgenes del periódico.


Pero cada nombre que salvo se paga con algo mío. Primero, detalles. Luego mi tarjeta dejó de abrir la puerta de la oficina, y en mi escritorio aparecieron las cosas de otra persona. Mi compañera de tres años me preguntó, con amabilidad, si era nueva. Una noche, frente al espejo, me toqué la cara y por un instante sentí bajo los dedos una superficie lisa, tibia, como cera.


Ayer apareció una foto sobre mi escritorio. Soy yo a los cinco años, con Tito en las manos. Detrás, junto a la puerta, una mujer joven con vestido azul se acomoda un mechón detrás de la oreja.


No es Elena.


Abajo, una fecha: la de mañana. Y mi nombre completo.


Llamé a mi madre. Contestó con la voz amable que usa con los desconocidos.


—Creo que se equivocó, señorita. Aquí no vive ninguna muchacha.


Busqué la conversación de aquella madrugada, la de la cuenta sin foto de perfil. Toqué el número para saber de quién era.


Era el mío.


Esta noche oigo pasos debajo del piso. Uno. Dos. Cientos.


Metí en una bolsa de mandado los cuadernos y los nombres que todavía puedo recordar. Me puse el vestido azul. Es mi talla. Los zapatos blancos. Me recogí el cabello con una liga negra.


Al pie de mi cama hay una sombra sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo. Acaba de levantar la cabeza. Tiene mi rostro.


Desde abajo me llaman. Una multitud de mujeres repite mi nombre con voces que suenan como agua corriendo por un túnel a oscuras.


He intentado responderles.


Pero no recuerdo cómo me llamo.





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