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Las redes sociales murieron

  • Foto del escritor: Po Delgado
    Po Delgado
  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura

Por: Po Delgado


Cuando Facebook y Twitter se abrieron paso entre la primera camada de redes sociales (como MySpace, Hi5 y Fotolog) allá por 2009 o 2010, aún mantenían el espíritu del internet de inicios de los dos mil. En ese entonces, construir comunidad, conocer personas y compartir conocimiento eran las principales banderas del ciberespacio.


Los primeros usuarios de estas redes no fuimos los pioneros de internet, pero sí los últimos en disfrutar de una red mucho más democratizada que la actual.


A quienes nos tocó adoptar la web a finales de esa década, justo en el boom de las redes sociales, experimentamos lo que era llevar nuestro círculo de amigos —con todo y chismes o bromas locales— directamente a casa a través del monitor. Pudimos conectar con personas de otras regiones, algo que antes se limitaba a quienes tenían el privilegio económico de viajar por estudio, trabajo o familia. Nuestro mundo se abrió a nuevos saberes y amistades sin que importara, aparentemente, el estatus social o el color de piel.


Hoy en día, redes como Instagram, X, TikTok o Facebook cumplen, prácticamente, el mismo fin que plataformas como Netflix o Disney+: son espacios de mero consumo y producción donde las desigualdades digitales emulan a las físicas. Este fenómeno se gestó hacia 2012, cuando YouTube dejó de ser el lugar para subir el video de los quince años de tu prima y se convirtió en una plataforma que generó una élite de creadores. Estos nuevos actores empezaron a facturar cientos de miles de pesos para sí mismos y millones para las marcas, transformando al resto en una masa de espectadores pasivos y fans.


Cuando la pandemia nos golpeó en 2020 e irrumpió el auge de los videos cortos, el fenómeno de YouTube se trasladó a estas nuevas plataformas. De pronto, nos encontramos a solo un micrófono, una cámara decente y un aro de luz de distancia de ser «creadores» con millones de seguidores.


Sin embargo, esta nueva élite, aunque más numerosa, parece ser menos creativa. Todos sostienen el mismo micrófono de la misma forma, utilizan las mismas canciones de fondo y el mismo tono de voz para hablar a la cámara.


El cambio de valores es radical: antes usábamos plugins para bloquear los molestos anuncios comerciales; ahora, se presumen las invitaciones a eventos de marcas trasnacionales, sin importar que estas financien guerras o genocidios. Antes combatíamos cualquier intento de censura en internet; hoy, modificamos nuestro propio lenguaje para no incomodar al algoritmo ni poner en riesgo la monetización.


Ante este panorama, se vuelve urgente la creación de nuevos espacios digitales de verdadera comunión.


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