• Karla Cruz

Mi feminismo



Los primeros días que comencé a escribir este texto, no tenía idea de cómo empezar, porque no sabía que tema abordar. Para abrir la mente decidí releer Tsunami 2 y Transporte a la infancia, me ayudaron bastante a aclarar ideas, hice catarsis. Eché un vistazo a mi pasado, a mi niñez y adolescencia; redescubrí mi vida. Me identifiqué tanto. Lloré a solas mientras esperaba a que hirviera la sopa de mi bebé. Me solté a llorar a mientras atendía a los clientes de mi negocio. Estuve analizando mi contexto mientras lavaba los trastes. También me surgieron algunas ideas a las 2 de la madrugada, después de hablar por teléfono con el bato que me gusta; dentro de los privilegios que gozamos, no está el de tener tiempo libre para hablar durante el día. Y lo escribí cuando la jornada laboral de 13 horas termina y los pies duelen, pero la escritura cura.


Estoy consciente de que tengo síntomas claros de dislexia y, además, no sé de ortografía, pero esto es lo que hay a la mano, escribir para las que se identifiquen con vivencias similares a las mías; mi pluma y mi teclado son mi privilegio, mi salida, mi catarsis y mi medicina. Bien lo escribió Dhalia de la Cerda:


“La multiformidad de la opresión y todas las caras de la violencia no me la enseñaron los libros, me la enseño el barrio, y por eso, me interesa posicionar sus saberes más allá del exotismo académico. Me enuncio desde aquí en honor a mi infancia, a mis amigas, a mi familia y en protesta a quienes criminalizan, bestializan y se burlan desde el clasismo de estas esquinas del mundo”.

Mi forma de ver el feminismo se remonta a la época en que nací, una madrugada del 12 de agosto, con el partero del barrio, don Tomás, que tenía un cuartito que la hacía de consultorio, quirófano y habitación hospitalaria. Ese día llovía muy fuerte, a las 2 de la mañana, de ahí salí, mi mamá había estado trabajando en una marisquería hasta las 8 pm y, de repente, que le vienen las contracciones mientras limpiaba una mesa. Se la llevaron al seguro pero no la atendieron, después al Hospital General y tampoco. Al final optaron por ir con don Tomás. Era más difícil porque (hasta la fecha) es un doctor privado y por lo tanto cobra.


Mi jefa es una mujer de origen Indígena, de un rancho en Irapuato, y que siempre ha vendido tortillas; mi papá era un señor mestizo-blanqueado, de familia de clase media y con hermanos viviendo en el extranjero. Cuando nací, mi mamá me llevó para el rancho como tres años, no tengo recuerdos claros. Después, supongo que perdonó a mi papá y se fue a vivir con él a su casa, ahí vivían otro tío y su familia, era un lugar muy grande y bonito.


Lo que vivimos ahí fueron puros rechazos, me lastimaba (y aún me lástima porque esas cicatrices nunca sanan por completo) escuchar como mi tía y mi tío llamaban a mi mamá por un apodo horrible y que hasta hoy no entiendo. Se empeñaban en recordarme que yo no me parecía a ellos ni a su hija (que obviamente tenia piel mucho más clara que la mía) y así nos aventamos otros tres años.


Mi papá sufría de depresión y neurosis, todo esto debido a su historia. Tenía una revancha con su hermano, envidia tal vez, seguro se sentía inferior. Ambos vivían en la casa porque se las heredaron. Mi jefe a veces era alcohólico, y no lo fue siempre porque no tenía dinero. Algo curioso es que aunque estuviera bien pedo, jamás nos faltó al respeto ni nos agredió. Hoy trato de entenderlo, pero más a mi jefecita, porque ella me alimentó, me vistió y siempre trabajó para darme lo que sus posibilidades le permitían. Esa es la clase de jefa que tengo, no me compraba taquitos para cenar porque no había dinero, pero compraba diez pesos de longaniza y me hacia mis tacos. Mi papá ya tenía diagnosticada la diabetes con complicaciones y afectaciones en la vista por el alcohol. Murió tiempo después, yo tenía siete años.


Su muerte fue inesperada para mi madre, no tenía dinero para solventar esos gastos y, el colmo, nos echaron de la casa. No sé cómo fue que mi mamá realizo los trámites y cargó con el peso económico que todo eso significaba, menos entiendo cómo gestionó sus sentimientos, emociones, dolor, llanto, soledad, rabia, etc. Pobre de ella.


Nos fuimos a vivir a un barrio bien peligroso de Iztapalapa, a una vecindad grande y muy precarizada. Hasta hoy se llama “Ciudad Refugio” y su nombre le queda como anillo al dedo. Ahí la mayoría de las casas (que solo son cuartos de cuatro paredes) son de cartón y de lamina, y viven entre cuatro y diez personas en cada una. Muy poquitos tienen su casa-cuarto de ladrillo, esos eran los pudientes. Hasta en el barrio hay clases, es más, hasta en Ciudad Refugio hay niveles económicos. Llegar a esta vecindad fue conocer una nueva forma de vida, y de gente, que aunque no eran catrines como mis tíos (los que nos echaron), eran banda, compartían, platicaban, insultaban pero no en mal plan, así socializaban ellos, ahí las señoras son doñas o ñoras, y no se ofenden, y si te pasas de lanza, hasta te parten el hocico. Y sí, la gente se refugia, vendiendo en el tianguis, haciéndola de cargadores en la central de abastos, otros tantos en los cruceros limpiando carros, y unos más se animan a cruzar al otro lado. Las doñas juntan toda clase de chácharas y las venden el sábado en Las Torres, otras se levantan temprano y se van a recoger latas y cartón a la calle para venderlos por kilo. Ese es el refugio que te da Cuidad Refugio.


Nosotras llegamos a vivir en un cuarto de ladrillo, lo que nos hacia más “riquillas” (como decía mis amigas) que los demás. Mi mamá se iba a trabajar a la tortillería y me dejaba sola todo el día en casa. Yo, con escasos siete años, me la pasaba encerrada, y cuando era la hora de la escuela, una prima, de muy mala gana me llevaba y me traía. La nueva primaria, porque me cambiaron de escuela, era muy distinta a la pasada, los niños y niñas eran un desmadre, me gustaba. Jugaba futbol con mis compañeras, incluso hasta jugábamos contra los hombres. Era buena para patear el balón. Ahí las morritas no tenían pena de quitarse la falda del uniforme para quedarse con un pequeño short que llevaban debajo y así estar más cómodas a la hora del juego. No había quien nos dijera que provocaríamos miradas lascivas de hombres, ni mucho menos que eso estaba mal o atentaba con el pudor. Después de un par de años, en quinto grado, conocí a Blanca Osiris, una compañera de clases. Era la única niña que lucía realmente femenina en comparación a todas las demás, se peinaba a diario y se maquillaba. Casi en todos sus dedos usaba anillos de imitación muy llamativos. Era por la única que pasaban a recoger en carro. Se hizo muy popular en la escuela y todos los niños la molestaban, querían llamar su atención. Lo malo fue que ella puso su atención en mí.


Después de un tiempo mi prima dejó de llevarme y recogerme de la escuela. Me regresaba solita, pero un día Blanca me siguió. Estaba yo a punto de abrir la puerta de mi casa-cuarto, cuando me grito por detrás: ¿Entonces aquí es donde vives, Karla? Yo me quedé paralizada. Le pregunte qué quería y me dijo que ver mi "cuartucho", me detuve y ya no abrí la puerta, estaba en shock, no sabía qué decir, solo quería que no se burlara del lugar donde vivía. Se quedó parada frente a mí y con voz altanera me dijo: ¿Qué escondes, Karla? y me miró fijamente. Solo pude llorar, me dijo "pinche chillona" y se fue.


Los siguientes días los insultos no pararon, al contrario, era un sufrimiento terrible asistir a clases. Me empujaban, me gritaba prieta y hacían comentarios de que mi mamá era una tortillera. Como si ser tortillera y trabajar para alimentar a tu hija fuera malo. Me lastimaba mucho que se burlaran de ella, y además sin razones, porque mi mamá y yo nunca les hicimos nada. Así me acosó Blanca hasta que salimos de la primaria.


Un poco después, a la edad de13 años, conocí a una vecina que vivía atrás de mi casa-cuarto, en una casa-cuarto de cartón. Por la cercanía, se escuchaba todo lo que hablaban ella y su familia, sus insultos, porque en su familia todos eran "pendejos", "perras" o "culeras", nunca los escuché llamarse por su nombre, así se nombraban, así se amaban. Elena era su nombre y se convirtió en mi mejor amiga, ella de 16 años y guapísima. Su piel era color moreno obscuro y siempre andaba mal vestida, con el tenis roto y sin bañarse. Esa morra tenía la fuerza de un león, rugía como uno, nadie se metía con ella porque era buena para los putazos.


Un día íbamos caminando en el mercado, y una chica un poco más grande que yo me aventó con saña. Elena sabia que esa chava me molestaba de tiempo atrás. Mi amiga no tardó nada en gritarle "regrésate culera", se amarró el cabello y se empezaron a dar. Cuando las separaron tenían muchos golpes y cabello arrancado de raíz en las manos, Elena me miró con enojo y me dijo “para que aprendas a rifarte un tiro, y sí veo que de nuevo te molestan y no haces algo, a ti te voy a dar tus putazos”. Parece que la situación fue horrible, llena de violencia y hasta misógina, pero no, es común sacar la rabia en un tiro limpio acá en el barrio, también es común que te defiendan o te tiren una esquina, y que te mienten la madre en señal de cariño. Ningún hombre se metió con nosotras nunca, no dudo que Elena lo hubiera agarrado a vergazos.


Elena me enseñó a defenderme, me enseñó a trabajar vendiendo chácharas en Las Torres y me enseñó que con el dinero que ganábamos, era valido comprar 10 pesos de jamón y atragantarnos de rebanadas mientras nos reíamos y hablábamos con la boca llena. Con Elena aprendí que eso del pudor es relativo, que las mujeres podemos expresarnos igual y peor que los hombres, porque no está mal, aprendí también que el cuerpo es cuerpo y nada más, y que lo importante de la gente está en su forma de vivir en comunidad.


Las morras del barrio nos vamos con nuestra jefa tempranito a trabajar cuando no hay escuela, o cuidamos a los hermanos más pequeñitos, y nos dejan cuarenta varos para hacer algo de comer. Y no es imposición, ni ocupar el rol de mujercita, es que somos hijas de madres solteras, o viudas, o de padres inmigrantes, nos intersecciona la raza, la clase y el género, no solo el género. Y no niego que a otras mujeres sí les impongan la feminidad desde que nacen, a otras, incluso, desde que el médico le da la noticia a la mamá de que está esperando una niña, comienza el acumulamiento de ropa color rosita, de muñecas, pintan las paredes de su habitación de princesas y un largo etc. Pero eso no lo vivimos todas, hay quienes nuestra casa consta de cuatro paredes y no hay espacio, ni tiempo, ni estética, mucho menos dinero, para todas esas cosas. Hay veces que ni para un ultrasonido particular tenemos. Se tienen que solventar necesidades básicas primero, como medio alimentarse.


Frida Cartas diría:

Es por eso que siempre se miró y se colocó desde el papel de la Reyna del carnaval, de la esposa, desde el papel de madre, de ama de casa, de cuidadora, de comadre, de vecina… al igual que los papeles de su madre, al igual que los papeles de sus hermanas con quienes creció”.

Y sí, porque la formación de pequeña, te marca de por vida.


Por esa misma temporada, Elena se juntó con un morro trabajador que sí la quiere, hoy es mamá de cuatro morritos y cuando la veo, la veo feliz.


Nosotras también logramos salir de Ciudad Refugio.


Después, en algún momento, las enseñanzas de mi amiga rendirían sus frutos. En una ocasión una morra asaltó a mi mamá. Le robó tres mil pesos. La morra era del barrio, eso no se hace, todos la ubicaban, con el coraje y el valor del momento fui a buscarla. Le grité afuera de su casa que saliera, pero la negaron. Ese mismo día, pero por la noche, yo estaba caminando con mi novio y la vi acercarse a nosotros, inmediatamente, como un eco en la cabeza, escuché la voz de Elena diciéndome que le pusiera unos madrazos, era mi deber, había robado a mi mamá. La chica se puso en un plan muy pesado y comenzó a golpearme, no sé de dónde saqué la fuerza para defenderme y darle con el puño cerrado, como me enseñó mi amiga. Me enfurecí tanto que le rompí la nariz y me llenó de sangre. Jamás la volvimos a ver con su actitud verguera, si la encontrábamos por la calle, mejor evitaba mirarme.


Así prendí a vivir, sobrevivir y emerger en el barrio, ya después el novio y el amor romántico me enseñaron las violencias de género y la violencia sexual. Conocí la competitividad académica, que también está llena de misoginia. Antes no estaba socializada con eso, existimos personas a las que nos determina más nacer en el barrio y con la piel obscura, que nacer con vulva. Y no niego esa imposición violenta de la feminidad desde el nacimiento, pero yo no la viví, ni Elena, ni mis compañeritas de la primaria con las que jugaba fut. Una realidad palpable en distintas colonias, barrios y comunidades indígenas y de la periferia, es que sufren carencias, no hay medidas para satisfacer las necesidades más esenciales, no hay oportunidades de empleo y el acceso a la educación y a la salud es muy complejo.


Aquí, en mi barrio de Iztapalapa, basta quedarte despierta un poco en la madrugada para escuchar la violencia, los balazos y después alcanzar a ver cómo se filtra la luz de las patrullas que pasan por docena. Aquí el privilegio que me da tener lavadora, lo aprovecho bien, porque mientras ella lava, yo me dedico a terminar de leer mis libros usados y mis pdf, a veces me da por bailar una salsa o una cumbia de Selena, y no son actividades impuestas por el patriarcado, yo creo que desde mi contexto social, es un acto político. Porque por un lado están las que quieren acceso a puestos y salarios más altos, las que se preocupan por no seguir las reglas del patriarcado y no están dispuestas a “perder” su tiempo criando, pero por otro lado estamos las que mientras atendemos a la cría y trabajamos, reflexionamos esto. Por un lado están a las que les impusieron la feminidad, los vestidos y el color rosa, y por otro estamos las que somos sucias y no nos bañamos mucho porque ayudamos desde temprano a nuestras jefas a generar dinero. A veces no hay para comer, menos para feminidades. También están las teóricas que analizan la problemática social desde un café o un espacio privilegiado, y no está mal ser una mujer con privilegios y analizar la vida desde ahí, pero no es de donde yo salí, no es mi realidad, yo me debo con mi realidad, así es mi feminismo, de barrio.


Mi compromiso político es escribir desde y para mi lugar de ebullición. Pareciera anecdótico pero no lo es. Es político. Porque lo que una vive en la infancia y en la adolescencia, marca el carácter”. Dahlia de la Cerda.

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