top of page

Soberanía, espías y seducción presidencial

Foto del escritor: Cámara rota
Cámara rota
hace 5 horas
23 min de lectura


SOBERANÍA, ESPÍAS Y SEDUCCIÓN PRESIDENCIAL EN  LA CUMBRE DE LÍDERES DE ESTADO PARA IMPEDIR  QUE UNA OPERACIÓN CLANDESTINA DE ESPIONAJE  ERÓTICO QUE MEZCLA CONSPIRACIÓN IMPERIALISTA  Y TRAICIÓN DIPLOMÁTICA ENTREGUE LA SOBERANÍA  SEXUAL Y POLÍTICA-ECONÓMICA DE MÉXICO A LOS  INTERESES DEL PENTÁGONO.



Por Memo Rasquel





Dedicado a todo el equipo de  escritores de El Soberano. 

Su negación de la realidad es una  inspiración para imaginar la  existencia de otros mundos  posibles, sin importar las pruebas.






El sonido de unos stilettos rojos hace vibrar el aire dentro del Salón de Banquetes del  Palacio de Gobierno de Argentina.  


Una docena de representantes de gobiernos del continente, tanto hombres como  mujeres, muerden sus labios y dilatan sus pupilas al ver que la dueña de las piernas  que hacen sonar aquellos tacones es Claudia Shainta Pérez, presidenta de México,  activo geopolítico más peligroso del país no por sus tratados, sino por su escote, y  mujer más ERÓTICA del mundo, de acuerdo con las descripciones políticas de algunos  usuarios de X. 


Aunque lleva apenas dos años en el cargo, ha llevado la lujuria a cuestas durante toda  su carrera política: desde una asamblea vecinal en Tlalpan hasta el foro económico de  Davos donde, según cuenta la leyenda, tres delegaciones enteras olvidaron para qué  habían viajado. 


Claudia está acostumbrada. Lo que no sabe es que esa noche ha llegado a la capital  una persona que no parece estar acostumbrada a ella. 


La Cumbre de Seguridad Hemisférica se celebra en Buenos Aires, la ciudad costera  que la agencia estadounidense de lucha antidrogas —la DEA— ha elegido  deliberadamente: mientras en el hemisferio norte es invierno y la ropa abriga, aquí el  calor húmedo hace que cualquier prenda encima del cuerpo parezca una concesión  diplomática innecesaria. 


Las conversaciones a su alrededor —en inglés, francés, portugués, español— fluyen  como la champaña que recorre las gargantas rumbo a lugares que ningún tratado  internacional ha regulado todavía. Y aunque sus lenguas hablen idiomas distintos, sus  cuerpos entienden el único idioma verdaderamente universal: la lujuria y el placer. 


Claudia es rodeada por ministros y presidentes que buscan desesperadamente su  atención. 


—Presidenta, necesito una reunión privada con usted. 

—Claudia, las Malvinas son mexicanas si me regala una noche con usted. 

—Su Excelencia, traigo una propuesta de integración regional: usted, yo y la presidenta  de Perú en una suite, esta noche. 


Las feromonas que deja tras de sí a cada paso cautivan a todos los hombres del salón.


Pero uno en particular es quien llama su atención.


—¿Quién es ese? —pregunta Claudia, intrigada. 


Cabello perfectamente peinado, mandíbula capaz de cortar diamantes de  contrabando, mirada azul diseñada por un comité entero de clichés románticos en la  oficina más recóndita de la DEA. Esmoquin negro y camisa abierta que permite ver  unos torneados y definidos pectorales que parecen retar a todos los presentes a venir  a masajearlos con sus bocas. 


Marcelo Erkhart, su Secretario de Economía, revisa sus notas y se inclina para  susurrarle al oído: 


—Los informes dicen que su nombre es Jason Blush… 


Marcelo guarda silencio, como si sus labios no pudiesen expresar lo que el dossier  revelaba. 


—¿Qué pasa? —…Viene con la delegación de Estados Unidos…para ser más claro, con la DEA. Es un  agente de la división de la Hemispheric Organization for Reduction of Narcotics, Yield focused. H.O.R.N.Y. 


Como si de un hechizo se tratase, mencionar su nombre a la distancia hace que Jason  levante su mirada. Por primera vez, Claudia puede ver cómo él disfruta del ajustado y  diminuto vestido escotado negro de piel con la espalda descubierta y que deja ver sus  torneadas piernas.  Durante un instante, Claudia puede reconocer a su igual: estudiados, con un alto  conocimiento de las maniobras diplomáticas y una libido sexual cuyas alturas solo  conocen quienes han escalado el monte Everest.

 

Jason comienza a caminar hacia ella. Claudia alza su ceja izquierda, lo que Marcelo  identifica como “la ceja de las 12 horas encerrados en el cuarto".

 

—Presidenta…no creo que sea buena idea… 


Claudia pone su dedo índice sobre los labios de Marcelo sin quitar la mirada en Jason,  mientras sonríe. 


—Ya no soy aquella chica que iba a moteles de paso sobre Insurgentes después de la  fiesta, Marcelo. Soy la Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas y defensora del  segundo piso de la transformación. Puedo cuidarme sola. 

—…pe-pero, presidenta…

—Presidenta Shainta. Lamento no haberme presentado antes, estaba ocupado  observando las salidas de emergencia. Es un placer conocerla. Mi nombre es Blush.  Jason Blush.  

—…¿salidas de emergencia…? ¿…para qué..?—pregunta Marcelo. —Mucho gusto, Señor Blush.  


Jason acaba de descubrir que todos los informes que ha leído sobre ella se quedan  cortos. Los documentos describen a una presidenta. Los memorandos mencionan a  una dirigente. Ninguno describe lo que ocurre cuando Claudia Shainta Pérez entra en  una habitación y decide que alguien merece su atención. 


El salón de banquetes comienza a llenarse de las hormonas que vuelan entre el uno y  el otro. Como si estuviera planeado, la banda que ameniza la noche comienza a tocar  los primeros acordes “Eeo” de Bad Bunny, la canción favorita de la presidenta Shainta. 


—Amo esta canción—dice Claudia. 

—Yo también, presidenta—responde el agente Blush. 

—Esto es muy sospechoso—dice Marcelo—. Hace unos minutos estaban tocando  música clásica… 

—Presidenta, ¿me permite esta pieza? 


Aunque Jason pregunta, sabe la respuesta de antemano al ver el cuerpo de Claudia. Con una mano sujeta su cintura y acerca su cuerpo hacia el de él. Claudia aprovecha  el movimiento y empuja sus frondosos pechos contra sus pectorales. La respiración de  ambos comienza a acelerarse: saben que el sudoroso baile de la intimidad está  comenzando, y acaban de dar el primer paso. 


—Baila bien—menciona Claudia mientras sus ojos se posan directamente frente a los  de él, y sus labios rozan los suyos. 

—Es entrenamiento. 

—¿También entrenan eso en la DEA? 

—En H.O.R.N.Y. tenemos…cursos especiales. 

—¿Qué más enseñan? 

—Geopolítica, espionaje...kamasutra 

—¿…kamasutra? —pregunta Claudia mientras relame suavemente sus labios.

—…sed de conocimiento, presidenta. 


Claudia sonríe. A ella siempre le ha gustado aprender. Y también enseñar. 



El reloj en la pared marca las once cuarenta y siete de la noche. Después del perreo  más sucio e intenso que se ha visto en cualquier banquete de presidentes y ministros  del continente, la presidenta Shainta pide al mesero un Orgasmo en la Playa para  refrescarse.  


A las once cuarenta y ocho, la orquesta empieza una pieza lenta para despejar la pista. A las once cuarenta y nueve, las luces de todo el salón se apagan. Decenas de manos  comienzan a frotar automáticamente al cuerpo más cercano, y el choque violento de  unos cuerpos contra otros provoca el sonido de aplausos involuntarios. A los cuarenta segundos, el rugido de una metralleta rompe el ritual de hedonismo que  acontecía. 


—¡Esta no es esa clase de fiesta!  Una ola de gritos sustituye los gemidos. Todas las puertas del salón se cierran.  Hombres vestidos de blanco descienden desde las ventanas. Las armas brillan como  si fuesen miembros erectos lubricados bajo las luces de emergencia. El líder lleva una  máscara blanca; en el pecho de su uniforme, una palabra: 


F.R.I.G.I.D.O. 


—¡Todos al suelo! 


Un diplomático intenta esconderse detrás de una palmera decorativa. La palmera no  es suficientemente grande. 


—¿Qué quieren? —pregunta alguien. 

—¡SILENCIO! Somos el Frente Radical contra la Íntimidad, el Gozo, el Incesto, la  Desnudez y el Orgasmo. F.R.I.G.I.D.O. ¡Hemos venido a detener todos los actos de  depravación de los que son parte! Tanto placer a los ojos de la ciudadanía tiene que  parar. 


La frase apenas termina de salir de sus labios cuando Claudia comprende de qué se  trata todo aquello: vienen directamente contra ella y la soberanía sexual y política de  México. 


Su cuerpo contra el suelo, ella sabe que tiene que actuar rápido. Al alzar la mirada,  puede ver a Marcelo llorando y orinándose en la alfombra. Al voltear a su derecha,

observa que Jason se mantiene de pie. “Está jugando con fuego”, piensa Claudia. “Que  rico”.  


Pero otra cosa llama su atención. El calibre de armas que sostienen, los movimientos  coordinados entre todos los atacantes, hasta la manera en que manejan la situación:  puede ver que no son terroristas improvisados, sino profesionales. Aunque también es  sorprendente ver qué tan profesional se ve una persona cuando te apunta con una  metralleta en la cara. 


Jason toca discretamente su reloj. Una señal. Nada. Otra. Nada. 


—Perfecto —murmura. 

—¡Tú! ¡Al suelo! 

—No me parece buena idea. 

—¡Al suelo! 

—Siempre me dicen eso. 


El hombre alza su rifle y dispara. Jason, tras años de mover las caderas en distintos  clubes de Chippendale en misiones secretas de H.O.R.N.Y, esquiva la bala. Sin tiempo  que perder, corre hacia su atacante y lanza su puño directo a su cara, rompiéndole la  nariz y los dientes. Otro atacante llega por la derecha. Jason lo despacha con una  patada en el pecho.  


Una explosión sacude el edificio. Los atacantes van en serio. Mira a Claudia en el suelo y le ofrece su mano: 


—¡Presidenta, venga conmigo si quiere vivir! ¡Tenemos que salir ahora! —¿Tienes un plan? 

—El plan ahora es improvisar.  

—…ese no es un plan. 

—Ahora lo es. 


Jason sujeta su mano, y empuja la puerta que da a la cocina. Busca una salida mientras  siente el pulso de Claudia bajo sus dedos. Corren a través del pasillo y al salir de este,  logran ver la bahía de Buenos Aires.  


Una moto de agua con el escudo de la presidencia de Argentina se encuentra amarrada  al puerto de la casa presidencial. 


—¿Sabes cómo manejar eso? —pregunta Claudia  

—No, pero he manejado borracho.  


Sin soltar su mano, salta del muelle hacia la moto. Sin soltarle la mano, salta del muelle  a la moto acuática. La encienden y, tras dos rugidos del motor, salen disparados por la  bahía hasta que la residencia presidencial se convierte en un punto lejano. 



Buenos Aires desaparece detrás de ellos. El viento mezclado con gotas de agua salada  golpea el abultado busto de Claudia mientras ella se agarra de la cintura de Jason. El  ruido de la motocicleta de agua silencia los gemidos de emoción de su boca tras la  dramática huida. Algo más que el agua ha dejado mojada a Claudia. 


Repentinamente, tres lanchas negras con hombres armados aparecen detrás de ellos.


—¡Jason, nos siguen! 

—¡Lo sé, lo sé! No tema presidenta. Estamos muy cerca ya. 

—...¡¿cerca?! ¡¿de dónde?! ¡¿quiénes nos están siguiendo?! —Son agentes de F-R.I.G.I.D.O. 

—¡Pero pensé que eran terroristas! 

—Lo son. 

—Entonces…¿cómo sabes quienes son? 


Antes de que siquiera Jason pudiese responder, una ráfaga de metralla pasa junto a sus  cabezas. Una ola hace saltar 3 metros en el aire a la motocicleta, y Claudia usa el  agarre de sus piernas para mantenerse dentro del vehículo. Jason siente como su  corazón empuja la sangre hasta los rincones más cavernosos de su cuerpo, y sabe con  la certeza incómoda de quien está a punto de arruinar su carrera, que esto no se debe  a la persecución. 


La luz de luna permite ver una franja de arena absurdamente tropical respecto al lugar  geográfico en dónde se encuentran en el horizonte frente a ellos.

  

—¡Jason, una isla! 

—¡Sujétese, presidenta! ¡Vamos a chocar con unos arrecifes!



La luz de la luna se posa en los torneados muslos de la presidenta Shainta, quien se  encuentra revolcada en la arena. La camisa rota de Blush hace notar la firmeza de sus  pectorales, y la soledad de la isla que los rodea es el ambiente perfecto para hacer el  dulce y salvaje amor.  


Los dos cruzan miradas, reconociendo la oportunidad de consumar sus más bajos  deseos. Sus rostros se acercan lentamente, con sus labios esperando, centímetro a  centímetro, a colisionar. Jason toma la cintura de Claudia, y sus pupilas se dilatan,  cuando Jason saca un leve gemido de dolor.  


—¿Qué pasa? —pregunta ella. 


Jason mira su brazo. Una herida por la cual corre sangre. Hay una bala alojada  superficialmente. Claudia entiende ahora la razón por la cual Jason no tiene una  erección ante ella: está perdiendo sangre a una velocidad que no permite hacerlo. Sabe que tiene que actuar rápido si desea que él sobreviva.  


Con sus stilettos como su única herramienta, introduce uno de los tacones en la  herida, empujando la bala hacia fuera de su cuerpo. 


Con una precisión que ningún manual de primeros auxilios reconocería, Claudia extrae  la bala mientras Jason aprieta los dientes. 


Ella rompe una tira de su vestido de gala, y venda el brazo. El fuego de la moto de agua  explotada ilumina su silueta. La brisa mueve su cabello. La sangre vuelve a correr  rápidamente a cada rincón de su cuerpo.  


El silencio se vuelve denso, como esos silencios que solo existen en las novelas  político-eróticas que alguien escribe a las 3:43 am de un sábado en la noche. 


Sus manos se encuentran. El beso llega lento, y después deja de serlo. Y al ver su firme  trasero, pone su mano en él para sentirlo. Jason arranca lo que queda de su vestido de  gala y toma su cintura entre las manos, llevándola a alturas que solo los escaladores  del Himalaya han experimentado, y ni siquiera ellos con la ayuda de oxígeno  suplementario. 


El fuego ilumina sus cuerpos mientras las sombras se contorsionan sobre la arena  como dos banderas que hubieran olvidado a qué país pertenecían. Ella lo recorre con  la misma determinación con la que había recorrido cada kilómetro de su patria, y él  comprende, en ese instante, que acaba de confundir gravemente los términos de su  misión: no había ido a conquistar un territorio, sino a rendirse ante uno. El Atlántico 

entero pareció detener sus mareas para no interrumpir el orgasmo con el que la  presidenta Shainta sacudía aquella pequeña isla, y la luna, testigo silencioso de tantas  cumbres y orgasmos fallidos alrededor del mundo, decidió, por una vez, no reportarle  nada a Washington. 


Es sucio. Es exagerado. Es salvaje. Es imposible. Es precisamente por eso que ambos,  esa noche, deciden creérselo. 


Doce horas después de llegar a la isla y con los dos con las piernas temblando por la  cantidad de placer que acaba de dar y recibir, Claudia despierta.  


Jason, sentado junto al mar, no ha podido dormir, manteniendo guardia, pero también,  por la conversación que debe de tener con ella. 


—¿Qué ocurre, Jason?

—Presidenta… 

—Después de lo que me hiciste y dejaste que te hiciera anoche, las formalidades  quedaron de lado. Puedes llamarme Claudia. 

—Claudia, hay algo que tengo que decirte.

—No me digas que tienes una enfermedad de transmisión sexual. ¡Maldita sea!  ¡Maldita sea, Claudia! Marcelo siempre me lo dice: “presidenta, use protección”, y  siempre le acabo diciendo lo mismo. “Marcelo, las probabilidades de que me contagie  en una reunión de diplomáticos es del 40%, y estoy dispuesta a tomar ese riesgo….” 

—No, Claudia. Estoy libre de enfermedades de transmisión sexual, en la agencia nos  hacen chequeos todos los martes, después del fin de semana… 


Él saca una insignia y la arroja directamente a la arena: H.O.R.N.Y.


—¿Por qué tiras tu insignia? 

—Claudia…F.R.I.G.I.D.O…. 

—¿Qué tiene? 

—F.R.I.G.I.D.O. no es un grupo rebelde independiente. F.R.I.G.I.D.O. trabaja  directamente bajo las órdenes de H.O.R.N.Y. 

—¿Qué? Espera, Jason…¿qué estás diciendo? 

—La toma de rehenes fue planeada…por la DEA. Por nosotros. La férrea defensa que  tú y todos los tuiteros que te apoyan hacen, nos hace imposible tomar su soberanía. El 

plan era que yo te sedujera para que nos entregaras la soberanía y pudiéramos aplazar  las 40 horas laborales en favor de los empresarios, militarizar el país, hacer que los  bancos tengan récords históricos de ganancias en México, que te niegues a tener  comercio con otros países en favor de Estados Unidos, y poner a la Guardia Nacional  y al ejército a cuidar tanto la frontera sur como la frontera norte de los peligrosos  migrantes que quieren cruzar a Estados Unidos. 


La noticia cae como un balde de agua fría sobre el cuerpo de Claudia. 


—¿Quién está detrás? 


Jason tarda en responder. 


—El presidente Ronald Drumpf. 


Ella cierra los ojos. 


—Por supuesto. La lujuria me cegó. Un magnate de casinos jugándose mi país a los  dados. 

—Hay algo más. Tú eres la pieza central. Creen que tu capacidad de convocatoria  depende de algo que no pueden controlar. 

—¿De qué? 

—De tu magnetismo. De que ningún líder de la región puede negarte nada. —¿Me estás diciendo que planeaban conquistar México a través de mi vida sexual? —En esencia. 

—¿Y tú? 

—Yo debía enamorarte. 

Silencio. 

—Era mi misión. 

—¿Y ahora? 

—Ahora me has dado los mejores 11 minutos de mi vida sexual.  


Claudia siente que el mundo se detiene. Pero antes de que pueda responder—


BOOOOOM. 


La isla tiembla. Una columna de humo se levanta entre los árboles.


—¡Nos encontraron! 



El ruido de las botas y el movimiento de las armas anuncian la llegada de los soldados  entre la maleza. Los cañones de los rifles m16 se abren paso entre las ramas que  cubren la costa y terminan apuntando a la presidenta Shainta y al agente Jason Blush. 


Pero en esta ocasión, las insignias de F.R.I.G.I.D.O. no están en el uniforme de los  soldados, sino la bandera de los Estados Unidos. 


La sangre de Jason baja rápidamente a su estómago. Su cara palidece en  consecuencia.  


—Son Fuerzas Especiales —murmura Jason. 


El líder del comando apunta un megáfono hacia los dos. 


—¡Agente Blush! ¡Su absurdo acto ha interferido en la misión que se le ha asignado!  Entregue a la presidenta Shainta inmediatamente.  


Jason se interpone entre la presidenta Shainta y ellos. 


—…no. No lo permitiré. ¡No permitiré que tomen la soberanía sexual y política de  México! ¡La presidenta Shainta y los mexicanos tienen un derecho inalienable y  soberano de guiar sus deseos sexuales y políticos como ellos deseen! ¡Viva el erótico  pueblo de México! 


El comandante baja lentamente el megáfono. Un soldado le pregunta: —¿E-sto estaba previsto, comandante? 


—No, soldado. No lo estaba.  

—¿Qué es lo que ordena, entonces? 

—…no deseaba hacer esto. Mucho menos a un agente estadounidense. Pero no nos  deja otra opción… 


El comandante lanza una mirada retadora a Jason. Sin retirar sus ojos de él, toma su  radio y presiona el botón de transmisión.


—Procedemos a utilizar Human Arousal Response Drug.


Una voz a través del comunicador pregunta titubeante.


—Comandante...¿está seguro?

—Sí. Autorizo el uso de H.A.R.D.


Corren entre los árboles. Una puerta metálica, camuflada entre las rocas, da acceso a  un complejo subterráneo. Jason la reconoce de un informe que juró haber olvidado.  Los dos amantes, que apenas unas horas antes han protagonizado la escena más  sucia y erótica de la historia de la isla, son capturados y conducidos al interior con  esposas en los pezones. 


Son llevados a una habitación blanca sin ventanas. En el centro hay dos camillas  equipadas con esposas. Los atan a ellas y los soldados se retiran. Sus intentos por  liberarse resultan inútiles: han gastado toda su energía dándose placer sexual apenas  unas horas antes. 


Dos personas cubiertas de pies a cabeza en trajes blancos que sólo permiten ver sus  ojos entran a la habitación. Cada uno sostiene una jeringa con un compuesto químico  en una botella de cristal. Tras de ellos, llega un hombre de traje y mirada implacable. 


—¿Qué están haciendo? —pregunta Claudia. 


—Presidenta Shainta, permítanme presentarme— dice el hombre de traje —, mi  nombre es Michael Dickrough, encargado de asuntos hemisféricos del Pentágono. Y  quiero dejar en claro que no nos dejó otra opción. Debió entregarnos la soberanía de  su país cuando pudo.  Dickrough toma uno de los compuestos y lo revuelve contra la luz.

—Esto que ve aquí es un compuesto experimental llamado H.A.R.D. Lo que ambos  están a punto de experimentar, es una intensa respuesta hormonal que generará una  dependencia sexual absoluta. 


Jason palidece. 


—La mejor parte de todo son sus efectos. Durante un año entero, ninguno de los dos  podrá detener la lujuria y pasión desmedida que sus bien torneados y deliciosamente  eróticos cuerpos despiden y demandan. Un año sin usted, nos permitirá tomar la  soberanía sexual y política de México, e impediremos que su país rompa relaciones con  Israel. Nos aseguraremos que los accionistas de los bancos de todo el mundo tengan  ganancias históricas. Mantendremos las AFORES para que nuestros socios  incrementen sus beneficios a costa del futuro de los mexicanos. Pondremos a los  militares a patrullar las calles de su país para eliminar el problema del narcotráfico, y  para asegurarnos su lealtad, les daremos contratos para manejar aduanas, hoteles,  trenes y líneas aéreas, y sin usted o el movimiento político que la respalda, nadie podrá  interponerse en nuestros planes de tomar su soberanía. 


El futuro de México que Dickrough describía era tan ajeno y contrario a lo que la  presidenta Shainta hacía en ese momento, que no podía siquiera imaginarlo. 


—Doctores, procedan a administrar el compuesto H.A.R.D. Los médicos proceden a extraer el líquido de las botellas de cristal. La inyección tiene  que aplicarse a ambos sujetos al mismo tiempo para que surta el efecto deseado en  cada uno de ellos. Los pechos de Claudia y Jason se agitan con sus palpitaciones. Estando a punto de recibir el compuesto en sus venas, Claudia logra zafar su pie  izquierdo. Demostrando la agilidad y elasticidad que la hizo famosa en las calles de la  Ciudad de México cuando apenas era una joven aspirante a política, estira su pierna y  golpea al doctor en la cara. La inyección vuela por el aire. Cae directamente en la  entrepierna de Dickrough. La caída del científico provoca que su compañero se inyecte  accidentalmente el compuesto H.A.R.D. a sí mismo. 


Con el compuesto ya en las venas, Dickrough y el científico comienzan a temblar en el  suelo. Intercambian una mirada y empiezan a desvestirse y a lamerse con la  desesperación de dos amantes que llevan tres días sin mantener relaciones sexuales. Claudia aprovecha esto para romper la cadena que sostiene su otra pierna, y después,  alzando ambas piernas hacia la altura de sus orejas, logra romper los candados de sus  muñecas. Toma la llave de las esposas que aprisionan a Jason del uniforme de  Dickrough, mientras él penetra profundamente al científico.  Ambos se liberan, pero la puerta comienza a abrirse. Las luces se apagan. Una alarma  comienza a sonar. Jason sabe que tienen que actuar pronto. 


—¡Rápido, Claudia! ¡Por los respiradores! 


Se internan en los ductos de ventilación mientras escuchan cómo la habitación tras  ellos se llena de hombres armados. El polvo se adhiere a sus cuerpos conforme  avanzan a tientas por el estrecho conducto. Una tenue luz les sirve de faro y los guía  hasta el hangar, donde un helicóptero espera en medio de la pista. Es su única  posibilidad de escapar. 


Corren hacia él lo más rápido que pueden. Al subir, el helicóptero despega bajo una  lluvia de disparos, perseguido por dos aeronaves. 


Jason maniobra para esquivar el fuego enemigo. Como si los disparos que atraviesan  el aire alrededor de la cabina no fueran suficiente problema, la alarma del tanque de  turbosina indica que está casi vacío. Tienen que llegar a tierra firme cuanto antes. 


La ciudad aparece al alcance de la vista. Todavía hay una posibilidad real de escapar.  La adrenalina se mezcla con excitación y esperanza, como un mitin de Morena en el  Zócalo.


Un estruendo sacude la cabina. La alarma de emergencia anuncia que les quedan  pocos momentos de vuelo. Solo hay una salida: los paracaídas de emergencia. 


Abren la puerta y el viento hace volar todo a su alrededor. Consiguen mantener el  helicóptero en el aire el tiempo suficiente para acercarse a la ciudad. Saltan. Durante  unos segundos solo existe el vacío, como un orgasmo acumulado que estalla entre las  piernas de ambos. Después, dos paracaídas se abren sobre el perfil nocturno de una  ciudad que ninguno reconoce del todo. 



Han logrado contactar con la embajada mexicana. Un buque con bandera mexicana  los esperará en el puerto para llevarlos a un lugar seguro. El verdadero problema es  llegar hasta él.  


La ciudad se convierte en un laberinto. Agentes de F.R.I.G.I.D.O. aparecen en cada  esquina, con el mismo gesto de quien acaba de renunciar públicamente al placer y no  lo ha superado del todo. Claudia y Jason se deslizan por toda la ciudad en  motocicletas, mientras son perseguidos por agentes con metralletas disparando a sólo  unos centímetros de sus caras. Por lo visto, la embajada de Estados Unidos interceptó  la llamada de auxilio de la presidenta Shainta, e informó a F.R.I.G.I.D.O., que intenta  impedir de cualquier forma que llegue al puerto. “La soberanía de México será nuestra  —dice un agente de la CIA— y, por fin, podremos ignorar sus demandas de mejores  servicios de salud para fortalecer el sector privado farmacéutico poniendo  consultorios en cada uno de ellos, con precios económicos, y así, tendremos una alta  circulación de personas que decidan pagarnos 50 pesos en lugar de esperar tres horas en el Seguro Social, y así, enriquecer a nuestros socios”.

  

Coches bomba explotan a su paso para impedir su avance. Desde los edificios,  francotiradores intentan detener su marcha. Una agente encubierta vestida de  indigente saca una metralleta e intenta acertar a sus cuerpos. 


Ninguno tiene éxito. El buque se ve a la distancia. Ambos están a tan sólo unos metros  de la libertad. Únicamente tienen que saltar una rampa que impulsará sus  motocicletas dentro del buque y este podrá zarpar inmediatamente. 


Un helicóptero a la distancia abre su escotilla. Un soldado de F.R.I.G.I.D.O. apunta una  bazuca a la motocicleta de la presidenta Shainta. Ella acelera hacia la rampa,  convirtiendo su carrera en una competencia entre aterrizar en el buque y el misil que  se aproxima. Por un momento, el tiempo parece detenerse. Las palpitaciones de su  corazón contrastan con el silbido del misil que se acerca más. Y más. Y más. Y más.  Cuando el misil está a solo tres segundos de alcanzarla, Jason pasa a su lado y salta 

para sujetarla en el aire. La motocicleta queda atrás y el cohete impacta contra ella. La  explosión los sacude, pero ambos consiguen llegar a la cubierta, golpeados y vivos. 


—¡Zarpen ahora! ¡Es una orden! 


Seis meses después, tras toda la revuelta, el Congreso aprueba una nueva división de  contraespionaje: F.O.G.O.S.O. Fuerza Operativa para la Guardia y Observación de la Soberanía frente a Operaciones Sexuales. 


F.O.G.O.S.O. recibe una misión muy específica: proteger a la República Mexicana  contra operaciones de seducción, chantaje sexual, espionaje hormonal y  manipulación erótica por parte de agencias extranjeras. La soberanía nacional estaba  protegida, el imperialismo ha sido mantenido a raya, y Jason Blush lleva seis meses  intentando conseguir otra cita con Claudia Shainta Pérez. 


Aquella tarde, el antiguo agente de H.O.R.N.Y. se presenta en Palacio Nacional con un  traje italiano, perfume francés y una confianza que había sobrevivido a tres rechazos  diplomáticos. 


—Presidenta, he querido hablar con usted acerca de nuestra relación… Claudia levanta la mirada de sus documentos. 

—¿Nuestra qué? 


Claudia podía haber abandonado las calles de Tlalpan y llegar a la presidencia, pero  las calles de Tlalpan siempre seguirán en ella. 


Jason siente que su corazón acaba de solicitar asilo político. 


—Lo que pasó entre nosotros en aquella isla… 

—Ah, sí. Aquella noche fue estupenda. 


Jason sonríe. 


—Yo también lo creo…. 

—…pero no confunda una buena noche con una relación sentimental, Agente Blush.  Tengo un país que gobernar. 

—Por supuesto…no esperaba que… 

—Y tampoco eres el único hombre atractivo del continente.


La sonrisa de Jason se congela. 


La presidenta Shainta vuelve a sus documentos. 


—Aunque debo reconocer que tienes unos hombros extraordinarios. Jason recupera el color. 

—Gracias, presidenta. 

—De nada. ¿Algo más? 

—No, presidenta. 

—Magnífico. Marcelo te acompañará a la salida. 


El secretario de Economía se levanta con la expresión de un funcionario que presencia  el derrumbe de una potencia extranjera. 


—Por aquí, señor Blush. 


Jason sale del despacho con la dignidad de un hombre que pierde una batalla, pero  conserva la esperanza de que el enemigo acepte negociar un armisticio en ropa  interior. 


—Marcelo, ¿cree que todavía tengo posibilidades? 


Marcelo se detiene. 


—Señor Blush, usted sobrevive a un secuestro, una persecución militar, un laboratorio  clandestino y una caída en paracaídas. Traiciona a su agencia y ayuda a impedir una  operación imperialista contra México. 


—Correcto. 


—Y ahora me pregunta si tiene posibilidades con una mujer que acaba de decirle que  no quiere una relación. 


Jason reflexiona. 


—Cuando lo pone así, parece complicado. 


Marcelo cierra los ojos. 


—Voy a solicitar una ampliación presupuestaria para contratar un psicólogo.



Aquella misma noche, Jason recibe una invitación a una recepción diplomática en  Palacio Nacional. 


No es una cita. El documento lo especifica con una precisión administrativa que le  parece ofensiva. 


«La presente invitación no constituye promesa de encuentro privado, exclusividad  sexual, ni garantía de futuros intercambios de naturaleza íntima». 


Al pie figura la firma de Marcelo Erkhart. 


Jason lee la invitación siete veces. 


Después compra una camisa nueva. 



A las nueve, Claudia aparece en el salón con un vestido rojo que provoca que dos  delegados europeos olviden el motivo de su visita y que un asesor de F.O.G.O.S.O. abra  un expediente preventivo. 


La presidenta saluda a los invitados, conversa sobre comercio internacional y  pronuncia un discurso sobre la autodeterminación de los pueblos. 


Jason la contempla desde el otro extremo del salón. 


“No estás enamorado, Jason. Sólo excitado”, se repite a sí mismo. 


Ella lleva puestos el mismo tipo de stilettos con el que la conoció. Sabe dónde  terminan esas piernas que sobresalen en ese pequeñísimo vestido entallado.  


—Debería dejar de mirarla así —dice Marcelo, apareciendo a su lado. Jason sale de su trance erótico. 

—¿…así cómo? 

—Como si acabara de descubrir una nueva forma de energía renovable. Jason bebe champaña. 

—No puedo evitarlo. 

—Pues inténtelo. Tenemos invitados. 


En ese momento, Claudia se acerca acompañada por el secretario de Relaciones  Exteriores de Chile, un hombre alto, elegante y poseedor de una mandíbula que parece  diseñada por un comité internacional de arquitectos.


—Jason, quiero presentarte a Alejandro Montenegro. 

Se estrechan las manos. 

—Un placer —dice el chileno. 

—Igualmente —responde Jason, apretando demasiado fuerte. 


Claudia observa el intercambio con diversión. 


—Alejandro me invita a cenar mañana. 


Jason siente que el Tratado de Tlatelolco acaba de ser denunciado unilateralmente.


—Qué interesante —consigue responder. 

—¿Te ocurre algo? 

—No. Estoy perfectamente. 

—Estás rompiendo la copa. 


Jason mira su mano. Efectivamente, el cristal comienza a ceder. 


—Un accidente diplomático —murmura. 


Claudia se ríe. 


—Relájate, Jason. No tienes que competir con nadie. 

—No estoy compitiendo. 

—Magnífico. Entonces puedes dejar de mirar a Alejandro como si calcularas la  trayectoria de un misil. 


Jason deposita la copa rota sobre una bandeja. 


—Presidenta, con todo respeto, usted es una mujer extraordinaria. —Lo sé. 

—Y cualquier hombre tendría suerte de… 

—Jason. 

—¿Sí? 

—Respira. 


Él obedece.


—Mucho mejor —dice ella, acomodándole la corbata—. Nos vemos luego. Le da un beso fugaz en la mejilla y se aleja. 


Jason permanece inmóvil. 


Marcelo lo observa durante unos segundos. 


—Voy a necesitar ese psicólogo con carácter urgente. 


A medianoche, la presidenta regresa a su despacho. Firma decretos, atiende a cuatro  ministros de manera privada, y recibe un informe de F.O.G.O.S.O. sobre una nueva  operación extranjera de seducción que involucra a un agregado comercial y una  cantidad sospechosamente elevada de champaña. 


Se quita los stilettos, el vestido ajustado de látex, se sienta y revisa su teléfono. 


Tiene tres mensajes de Alejandro Montenegro, dos invitaciones a tríos y una fotografía  de Jason junto a una fuente, tomada durante la recepción. 


Sonríe. 


Jason es atractivo. Divertido. Tiene unos hombros magníficos y una tendencia casi  conmovedora a perder la compostura cuando ella se acerca. 


Quizá vuelva a verlo. 


Quizá no. 


Su vida privada no es un tratado internacional. No requiere ratificación del Senado,  cláusulas de exclusividad ni una declaración conjunta de intenciones. Y, desde luego,  no necesita una pareja estable.  


La presidenta toma su teléfono y escribe: 


“¿Estás ocupado el viernes? #ViernesCogelón”. 


En una habitación de hotel, Jason Blush recibe el mensaje. 


Lo lee. 


Lo vuelve a leer. 


Se incorpora tan deprisa que cae de la cama. 


Cinco minutos después, llama a Marcelo.


—¡Me ha escrito! 

—¿Quién? 

—¡La presidenta! 


Hay un silencio al otro lado de la línea. 


—Señor Blush, son las doce y media de la noche. 

—¡Me pregunta si estoy ocupado el viernes! 

—Eso no significa que quiera casarse con usted. 

—¡No he dicho que quiera casarme! 

—Magnífico. Entonces quizá podamos dormir todos. 


Jason cuelga. 


Después responde: 


“Estoy completamente libre”. 


La respuesta llega unos segundos después. 


“Perfecto. Quizá nos veamos”. 


Jason sonríe con una felicidad tan desproporcionada que, en ese preciso instante, tres  satélites de observación estadounidenses registran una anomalía lumínica sobre la  Ciudad de México. 


El Pentágono abre una investigación. F.O.G.O.S.O. recibe una alerta. Marcelo presenta  su solicitud de vacaciones. 


Y Claudia Shainta Pérez, presidenta de los Estados Unidos Mexicanos, deja el teléfono  sobre la mesa y continúa trabajando. 


Porque el país sigue teniendo problemas, el imperialismo no desaparece y la soberanía  nacional exige vigilancia permanente. 


En cuanto a Jason Blush, puede esperar hasta el viernes. 


Después de todo, una revolcada no se le niega a nadie. 


FIN.





Agradecimientos 


Escribir una novela es, raramente, el trabajo de una sola persona. En este caso lo es. 

Sin embargo, hay personas cuyas acciones de idolatría y negación de la realidad,  hacen imaginar que un simple monero como yo puede llegar a escribir acerca de  líderes políticos de una manera más allá del fanatismo regular. 


Personas como Tigre 4T, mi mejor amigo y mascota fiel, que sin importar cuantas veces sigue fracasando con los mismos argumentos en debates, los continúa  utilizando, razonando que la ley de probabilidades estará de su lado tarde o  temprano. 


Personas como Omar Yesahel, que siempre tienen un comentario chistoso o irónico, sin importar la soledad en la que vive, y que pasará el resto de su vida solo, y muy  probablemente dos semanas después de que esta acabe. 


Personas como mi mentor, Carlos Vijnovsky Zenteno, Director de El Soberano, cuyos  escritos acerca de la presidenta me inspiraron a escribir ficción político-erótica. 

Personas como el profesor Oscar “Banda del Azufre” Rojas, uno de los grandes  exponentes del marxismo-obradorismo que me enseñó que para llegar al socialismo,  hay que seguir a China1, y debido a eso, hay que dejar que algunas personas se  enriquezcan primero2.  


Personas como Hans Salazar, Guille Vidal, Jime, Gwen Obradorista, La Catrina  Norteña, Shion, Freddy Olivieri, Pedro Sanginés, Teniente Tormenta, Luis Cera, y  demás que no sirven para nada, pero que jamás los ves deprimidos por ello. 


Esta novela es para ustedes. 



1 Rojas Silva, Ó. D. (2025, noviembre). When China stopped asking the US for permission. Midwestern  Marx. https://www.midwesternmarx.com/articles/when-china-stopped-asking-the-us-for-permission by-oscar-david-rojas-silva 

2 China’s Innovative Practice of Common Wealth. (2024). En China’s Innovative Practice of Common  Wealth. Springer Nature. https://doi.org/10.1007/978-981-97-0938-0_3




Insultos y amenazas 


Personas que sólo roban espacio, aire, recursos y que viven quejándose con cada  decisión que toma el único gobierno que verdaderamente ha visto por los mexicanos. Maldeciré y escupiré sus nombres cada vez que tenga oportunidad. 


A todo el staff del pasquín rojo de comunistas FRACASADOS de El Machete. Esos  rojos trasnochados cometen el error de creer que ser de izquierda es algo más que  una identidad visual, y lo verdaderamente repugnante de ellos es que siguen  creyendo que la izquierda debe parecerse a lo que dice ser. 


A todo el staff del pasquín rojo de comunistas fracasados de Cámara Rota Fanzine. El  talento los persigue, pero ellos son más rápidos que él. 


Al rojo de El Critico Político, que trabaja en una taquería despachando refrescos por  propinas. Su castigo es ver mi éxito mientras abre cuatro Boings de uva mientras lee  una y otra vez el Manifesto Comunista. 


A la roja revoltosa de Corinne, cuyos argumentos políticos a favor de las madres  revoltosas, maestros rijosos y todo lo que huele a rojo, le digo: cuando quiero dormir  rápidamente, tus posts me sirven como narcolepsia. Además, ¿a quien le gusta las  tortas ahogadas? Respuesta: a nadie. 


Puma Chairo: próximamente puede esperar mi demanda por parte de la PROFECO  por publicidad engañosa. Aunque te demandaría por todo lo que tienes, pero al ser un  ROJO, estoy seguro que me dan propinas más grandes que todo tu patrimonio. 


A Eme Flores, que lleva años buscando errores de nuestro movimiento. No descansa,  no se distrae, no se conforma con una explicación oficial. Uno hasta quisiera que  alguna vez se equivocara, para poder descansar un rato de estx rojx. 


A Adriana Buentello y Mauricio Prado. Es hora de que sepan que deja más dinero  escribir para diarios de mejor calidad, como El Soberano. Su esfuerzo no compensa  su falta de talento, rojos. A nadie le interesa saber de movimientos sociales, o críticas  al gobierno. Pero todo mundo quiere saber de dónde vienen los vestidos de la  presidenta.  


Arturo Lechuga Lozano, es hora de que lo sepas: un ángel gana sus alas cada vez que  alguien te bloquea en X. Y con justa razón, rojo. Te la vives quejandote de todo. No, 

señores, al país se le saca adelante chingándole. No todo es andar en moto y  transmitir cuando la señal de Izzi te lo permite. Busca un trabajo de verdad. 


Emilia Nikté, te advierto, roja: nadie me golpea en la entrepierna y queda impune. A la  última persona que lo hizo la metí en un manicomio. ¿Su nombre? Guillermo  Rasquel Shayne. 


A Camarada Garrido. Te daré el peor insulto que se le puede dar a un comunista: que  Dios te bendiga. 


Y por supuesto, con mis últimos segundos en este Café Internet, maldigo al Partido  Comunista de México, “partido” al cuál sólo se une puro obrero jodido, nunca  actores, empresarios, pastores, o exmiembros del PRI y el PAN.






Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


© 2025 Cámara rota. All Rights Reserved.

bottom of page