Soberanía, espías y seducción presidencial


SOBERANÍA, ESPÍAS Y SEDUCCIÓN PRESIDENCIAL EN LA CUMBRE DE LÍDERES DE ESTADO PARA IMPEDIR QUE UNA OPERACIÓN CLANDESTINA DE ESPIONAJE ERÓTICO QUE MEZCLA CONSPIRACIÓN IMPERIALISTA Y TRAICIÓN DIPLOMÁTICA ENTREGUE LA SOBERANÍA SEXUAL Y POLÍTICA-ECONÓMICA DE MÉXICO A LOS INTERESES DEL PENTÁGONO.
Por Memo Rasquel
Dedicado a todo el equipo de escritores de El Soberano.
Su negación de la realidad es una inspiración para imaginar la existencia de otros mundos posibles, sin importar las pruebas.
El sonido de unos stilettos rojos hace vibrar el aire dentro del Salón de Banquetes del Palacio de Gobierno de Argentina.
Una docena de representantes de gobiernos del continente, tanto hombres como mujeres, muerden sus labios y dilatan sus pupilas al ver que la dueña de las piernas que hacen sonar aquellos tacones es Claudia Shainta Pérez, presidenta de México, activo geopolítico más peligroso del país no por sus tratados, sino por su escote, y mujer más ERÓTICA del mundo, de acuerdo con las descripciones políticas de algunos usuarios de X.
Aunque lleva apenas dos años en el cargo, ha llevado la lujuria a cuestas durante toda su carrera política: desde una asamblea vecinal en Tlalpan hasta el foro económico de Davos donde, según cuenta la leyenda, tres delegaciones enteras olvidaron para qué habían viajado.
Claudia está acostumbrada. Lo que no sabe es que esa noche ha llegado a la capital una persona que no parece estar acostumbrada a ella.
La Cumbre de Seguridad Hemisférica se celebra en Buenos Aires, la ciudad costera que la agencia estadounidense de lucha antidrogas —la DEA— ha elegido deliberadamente: mientras en el hemisferio norte es invierno y la ropa abriga, aquí el calor húmedo hace que cualquier prenda encima del cuerpo parezca una concesión diplomática innecesaria.
Las conversaciones a su alrededor —en inglés, francés, portugués, español— fluyen como la champaña que recorre las gargantas rumbo a lugares que ningún tratado internacional ha regulado todavía. Y aunque sus lenguas hablen idiomas distintos, sus cuerpos entienden el único idioma verdaderamente universal: la lujuria y el placer.
Claudia es rodeada por ministros y presidentes que buscan desesperadamente su atención.
—Presidenta, necesito una reunión privada con usted.
—Claudia, las Malvinas son mexicanas si me regala una noche con usted.
—Su Excelencia, traigo una propuesta de integración regional: usted, yo y la presidenta de Perú en una suite, esta noche.
Las feromonas que deja tras de sí a cada paso cautivan a todos los hombres del salón.
Pero uno en particular es quien llama su atención.
—¿Quién es ese? —pregunta Claudia, intrigada.
Cabello perfectamente peinado, mandíbula capaz de cortar diamantes de contrabando, mirada azul diseñada por un comité entero de clichés románticos en la oficina más recóndita de la DEA. Esmoquin negro y camisa abierta que permite ver unos torneados y definidos pectorales que parecen retar a todos los presentes a venir a masajearlos con sus bocas.
Marcelo Erkhart, su Secretario de Economía, revisa sus notas y se inclina para susurrarle al oído:
—Los informes dicen que su nombre es Jason Blush…
Marcelo guarda silencio, como si sus labios no pudiesen expresar lo que el dossier revelaba.
—¿Qué pasa? —…Viene con la delegación de Estados Unidos…para ser más claro, con la DEA. Es un agente de la división de la Hemispheric Organization for Reduction of Narcotics, Yield focused. H.O.R.N.Y.
Como si de un hechizo se tratase, mencionar su nombre a la distancia hace que Jason levante su mirada. Por primera vez, Claudia puede ver cómo él disfruta del ajustado y diminuto vestido escotado negro de piel con la espalda descubierta y que deja ver sus torneadas piernas. Durante un instante, Claudia puede reconocer a su igual: estudiados, con un alto conocimiento de las maniobras diplomáticas y una libido sexual cuyas alturas solo conocen quienes han escalado el monte Everest.
Jason comienza a caminar hacia ella. Claudia alza su ceja izquierda, lo que Marcelo identifica como “la ceja de las 12 horas encerrados en el cuarto".
—Presidenta…no creo que sea buena idea…
Claudia pone su dedo índice sobre los labios de Marcelo sin quitar la mirada en Jason, mientras sonríe.
—Ya no soy aquella chica que iba a moteles de paso sobre Insurgentes después de la fiesta, Marcelo. Soy la Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas y defensora del segundo piso de la transformación. Puedo cuidarme sola.
—…pe-pero, presidenta…
—Presidenta Shainta. Lamento no haberme presentado antes, estaba ocupado observando las salidas de emergencia. Es un placer conocerla. Mi nombre es Blush. Jason Blush.
—…¿salidas de emergencia…? ¿…para qué..?—pregunta Marcelo. —Mucho gusto, Señor Blush.
Jason acaba de descubrir que todos los informes que ha leído sobre ella se quedan cortos. Los documentos describen a una presidenta. Los memorandos mencionan a una dirigente. Ninguno describe lo que ocurre cuando Claudia Shainta Pérez entra en una habitación y decide que alguien merece su atención.
El salón de banquetes comienza a llenarse de las hormonas que vuelan entre el uno y el otro. Como si estuviera planeado, la banda que ameniza la noche comienza a tocar los primeros acordes “Eeo” de Bad Bunny, la canción favorita de la presidenta Shainta.
—Amo esta canción—dice Claudia.
—Yo también, presidenta—responde el agente Blush.
—Esto es muy sospechoso—dice Marcelo—. Hace unos minutos estaban tocando música clásica…
—Presidenta, ¿me permite esta pieza?
Aunque Jason pregunta, sabe la respuesta de antemano al ver el cuerpo de Claudia. Con una mano sujeta su cintura y acerca su cuerpo hacia el de él. Claudia aprovecha el movimiento y empuja sus frondosos pechos contra sus pectorales. La respiración de ambos comienza a acelerarse: saben que el sudoroso baile de la intimidad está comenzando, y acaban de dar el primer paso.
—Baila bien—menciona Claudia mientras sus ojos se posan directamente frente a los de él, y sus labios rozan los suyos.
—Es entrenamiento.
—¿También entrenan eso en la DEA?
—En H.O.R.N.Y. tenemos…cursos especiales.
—¿Qué más enseñan?
—Geopolítica, espionaje...kamasutra
—¿…kamasutra? —pregunta Claudia mientras relame suavemente sus labios.
—…sed de conocimiento, presidenta.
Claudia sonríe. A ella siempre le ha gustado aprender. Y también enseñar.
El reloj en la pared marca las once cuarenta y siete de la noche. Después del perreo más sucio e intenso que se ha visto en cualquier banquete de presidentes y ministros del continente, la presidenta Shainta pide al mesero un Orgasmo en la Playa para refrescarse.
A las once cuarenta y ocho, la orquesta empieza una pieza lenta para despejar la pista. A las once cuarenta y nueve, las luces de todo el salón se apagan. Decenas de manos comienzan a frotar automáticamente al cuerpo más cercano, y el choque violento de unos cuerpos contra otros provoca el sonido de aplausos involuntarios. A los cuarenta segundos, el rugido de una metralleta rompe el ritual de hedonismo que acontecía.
—¡Esta no es esa clase de fiesta! Una ola de gritos sustituye los gemidos. Todas las puertas del salón se cierran. Hombres vestidos de blanco descienden desde las ventanas. Las armas brillan como si fuesen miembros erectos lubricados bajo las luces de emergencia. El líder lleva una máscara blanca; en el pecho de su uniforme, una palabra:
F.R.I.G.I.D.O.
—¡Todos al suelo!
Un diplomático intenta esconderse detrás de una palmera decorativa. La palmera no es suficientemente grande.
—¿Qué quieren? —pregunta alguien.
—¡SILENCIO! Somos el Frente Radical contra la Íntimidad, el Gozo, el Incesto, la Desnudez y el Orgasmo. F.R.I.G.I.D.O. ¡Hemos venido a detener todos los actos de depravación de los que son parte! Tanto placer a los ojos de la ciudadanía tiene que parar.
La frase apenas termina de salir de sus labios cuando Claudia comprende de qué se trata todo aquello: vienen directamente contra ella y la soberanía sexual y política de México.
Su cuerpo contra el suelo, ella sabe que tiene que actuar rápido. Al alzar la mirada, puede ver a Marcelo llorando y orinándose en la alfombra. Al voltear a su derecha,
observa que Jason se mantiene de pie. “Está jugando con fuego”, piensa Claudia. “Que rico”.
Pero otra cosa llama su atención. El calibre de armas que sostienen, los movimientos coordinados entre todos los atacantes, hasta la manera en que manejan la situación: puede ver que no son terroristas improvisados, sino profesionales. Aunque también es sorprendente ver qué tan profesional se ve una persona cuando te apunta con una metralleta en la cara.
Jason toca discretamente su reloj. Una señal. Nada. Otra. Nada.
—Perfecto —murmura.
—¡Tú! ¡Al suelo!
—No me parece buena idea.
—¡Al suelo!
—Siempre me dicen eso.
El hombre alza su rifle y dispara. Jason, tras años de mover las caderas en distintos clubes de Chippendale en misiones secretas de H.O.R.N.Y, esquiva la bala. Sin tiempo que perder, corre hacia su atacante y lanza su puño directo a su cara, rompiéndole la nariz y los dientes. Otro atacante llega por la derecha. Jason lo despacha con una patada en el pecho.
Una explosión sacude el edificio. Los atacantes van en serio. Mira a Claudia en el suelo y le ofrece su mano:
—¡Presidenta, venga conmigo si quiere vivir! ¡Tenemos que salir ahora! —¿Tienes un plan?
—El plan ahora es improvisar.
—…ese no es un plan.
—Ahora lo es.
Jason sujeta su mano, y empuja la puerta que da a la cocina. Busca una salida mientras siente el pulso de Claudia bajo sus dedos. Corren a través del pasillo y al salir de este, logran ver la bahía de Buenos Aires.
Una moto de agua con el escudo de la presidencia de Argentina se encuentra amarrada al puerto de la casa presidencial.
—¿Sabes cómo manejar eso? —pregunta Claudia
—No, pero he manejado borracho.
Sin soltar su mano, salta del muelle hacia la moto. Sin soltarle la mano, salta del muelle a la moto acuática. La encienden y, tras dos rugidos del motor, salen disparados por la bahía hasta que la residencia presidencial se convierte en un punto lejano.
Buenos Aires desaparece detrás de ellos. El viento mezclado con gotas de agua salada golpea el abultado busto de Claudia mientras ella se agarra de la cintura de Jason. El ruido de la motocicleta de agua silencia los gemidos de emoción de su boca tras la dramática huida. Algo más que el agua ha dejado mojada a Claudia.
Repentinamente, tres lanchas negras con hombres armados aparecen detrás de ellos.
—¡Jason, nos siguen!
—¡Lo sé, lo sé! No tema presidenta. Estamos muy cerca ya.
—...¡¿cerca?! ¡¿de dónde?! ¡¿quiénes nos están siguiendo?! —Son agentes de F-R.I.G.I.D.O.
—¡Pero pensé que eran terroristas!
—Lo son.
—Entonces…¿cómo sabes quienes son?
Antes de que siquiera Jason pudiese responder, una ráfaga de metralla pasa junto a sus cabezas. Una ola hace saltar 3 metros en el aire a la motocicleta, y Claudia usa el agarre de sus piernas para mantenerse dentro del vehículo. Jason siente como su corazón empuja la sangre hasta los rincones más cavernosos de su cuerpo, y sabe con la certeza incómoda de quien está a punto de arruinar su carrera, que esto no se debe a la persecución.
La luz de luna permite ver una franja de arena absurdamente tropical respecto al lugar geográfico en dónde se encuentran en el horizonte frente a ellos.
—¡Jason, una isla!
—¡Sujétese, presidenta! ¡Vamos a chocar con unos arrecifes!
La luz de la luna se posa en los torneados muslos de la presidenta Shainta, quien se encuentra revolcada en la arena. La camisa rota de Blush hace notar la firmeza de sus pectorales, y la soledad de la isla que los rodea es el ambiente perfecto para hacer el dulce y salvaje amor.
Los dos cruzan miradas, reconociendo la oportunidad de consumar sus más bajos deseos. Sus rostros se acercan lentamente, con sus labios esperando, centímetro a centímetro, a colisionar. Jason toma la cintura de Claudia, y sus pupilas se dilatan, cuando Jason saca un leve gemido de dolor.
—¿Qué pasa? —pregunta ella.
Jason mira su brazo. Una herida por la cual corre sangre. Hay una bala alojada superficialmente. Claudia entiende ahora la razón por la cual Jason no tiene una erección ante ella: está perdiendo sangre a una velocidad que no permite hacerlo. Sabe que tiene que actuar rápido si desea que él sobreviva.
Con sus stilettos como su única herramienta, introduce uno de los tacones en la herida, empujando la bala hacia fuera de su cuerpo.
Con una precisión que ningún manual de primeros auxilios reconocería, Claudia extrae la bala mientras Jason aprieta los dientes.
Ella rompe una tira de su vestido de gala, y venda el brazo. El fuego de la moto de agua explotada ilumina su silueta. La brisa mueve su cabello. La sangre vuelve a correr rápidamente a cada rincón de su cuerpo.
El silencio se vuelve denso, como esos silencios que solo existen en las novelas político-eróticas que alguien escribe a las 3:43 am de un sábado en la noche.
Sus manos se encuentran. El beso llega lento, y después deja de serlo. Y al ver su firme trasero, pone su mano en él para sentirlo. Jason arranca lo que queda de su vestido de gala y toma su cintura entre las manos, llevándola a alturas que solo los escaladores del Himalaya han experimentado, y ni siquiera ellos con la ayuda de oxígeno suplementario.
El fuego ilumina sus cuerpos mientras las sombras se contorsionan sobre la arena como dos banderas que hubieran olvidado a qué país pertenecían. Ella lo recorre con la misma determinación con la que había recorrido cada kilómetro de su patria, y él comprende, en ese instante, que acaba de confundir gravemente los términos de su misión: no había ido a conquistar un territorio, sino a rendirse ante uno. El Atlántico
entero pareció detener sus mareas para no interrumpir el orgasmo con el que la presidenta Shainta sacudía aquella pequeña isla, y la luna, testigo silencioso de tantas cumbres y orgasmos fallidos alrededor del mundo, decidió, por una vez, no reportarle nada a Washington.
Es sucio. Es exagerado. Es salvaje. Es imposible. Es precisamente por eso que ambos, esa noche, deciden creérselo.
Doce horas después de llegar a la isla y con los dos con las piernas temblando por la cantidad de placer que acaba de dar y recibir, Claudia despierta.
Jason, sentado junto al mar, no ha podido dormir, manteniendo guardia, pero también, por la conversación que debe de tener con ella.
—¿Qué ocurre, Jason?
—Presidenta…
—Después de lo que me hiciste y dejaste que te hiciera anoche, las formalidades quedaron de lado. Puedes llamarme Claudia.
—Claudia, hay algo que tengo que decirte.
—No me digas que tienes una enfermedad de transmisión sexual. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea, Claudia! Marcelo siempre me lo dice: “presidenta, use protección”, y siempre le acabo diciendo lo mismo. “Marcelo, las probabilidades de que me contagie en una reunión de diplomáticos es del 40%, y estoy dispuesta a tomar ese riesgo….”
—No, Claudia. Estoy libre de enfermedades de transmisión sexual, en la agencia nos hacen chequeos todos los martes, después del fin de semana…
Él saca una insignia y la arroja directamente a la arena: H.O.R.N.Y.
—¿Por qué tiras tu insignia?
—Claudia…F.R.I.G.I.D.O….
—¿Qué tiene?
—F.R.I.G.I.D.O. no es un grupo rebelde independiente. F.R.I.G.I.D.O. trabaja directamente bajo las órdenes de H.O.R.N.Y.
—¿Qué? Espera, Jason…¿qué estás diciendo?
—La toma de rehenes fue planeada…por la DEA. Por nosotros. La férrea defensa que tú y todos los tuiteros que te apoyan hacen, nos hace imposible tomar su soberanía. El
plan era que yo te sedujera para que nos entregaras la soberanía y pudiéramos aplazar las 40 horas laborales en favor de los empresarios, militarizar el país, hacer que los bancos tengan récords históricos de ganancias en México, que te niegues a tener comercio con otros países en favor de Estados Unidos, y poner a la Guardia Nacional y al ejército a cuidar tanto la frontera sur como la frontera norte de los peligrosos migrantes que quieren cruzar a Estados Unidos.
La noticia cae como un balde de agua fría sobre el cuerpo de Claudia.
—¿Quién está detrás?
Jason tarda en responder.
—El presidente Ronald Drumpf.
Ella cierra los ojos.
—Por supuesto. La lujuria me cegó. Un magnate de casinos jugándose mi país a los dados.
—Hay algo más. Tú eres la pieza central. Creen que tu capacidad de convocatoria depende de algo que no pueden controlar.
—¿De qué?
—De tu magnetismo. De que ningún líder de la región puede negarte nada. —¿Me estás diciendo que planeaban conquistar México a través de mi vida sexual? —En esencia.
—¿Y tú?
—Yo debía enamorarte.
Silencio.
—Era mi misión.
—¿Y ahora?
—Ahora me has dado los mejores 11 minutos de mi vida sexual.
Claudia siente que el mundo se detiene. Pero antes de que pueda responder—
BOOOOOM.
La isla tiembla. Una columna de humo se levanta entre los árboles.
—¡Nos encontraron!
El ruido de las botas y el movimiento de las armas anuncian la llegada de los soldados entre la maleza. Los cañones de los rifles m16 se abren paso entre las ramas que cubren la costa y terminan apuntando a la presidenta Shainta y al agente Jason Blush.
Pero en esta ocasión, las insignias de F.R.I.G.I.D.O. no están en el uniforme de los soldados, sino la bandera de los Estados Unidos.
La sangre de Jason baja rápidamente a su estómago. Su cara palidece en consecuencia.
—Son Fuerzas Especiales —murmura Jason.
El líder del comando apunta un megáfono hacia los dos.
—¡Agente Blush! ¡Su absurdo acto ha interferido en la misión que se le ha asignado! Entregue a la presidenta Shainta inmediatamente.
Jason se interpone entre la presidenta Shainta y ellos.
—…no. No lo permitiré. ¡No permitiré que tomen la soberanía sexual y política de México! ¡La presidenta Shainta y los mexicanos tienen un derecho inalienable y soberano de guiar sus deseos sexuales y políticos como ellos deseen! ¡Viva el erótico pueblo de México!
El comandante baja lentamente el megáfono. Un soldado le pregunta: —¿E-sto estaba previsto, comandante?
—No, soldado. No lo estaba.
—¿Qué es lo que ordena, entonces?
—…no deseaba hacer esto. Mucho menos a un agente estadounidense. Pero no nos deja otra opción…
El comandante lanza una mirada retadora a Jason. Sin retirar sus ojos de él, toma su radio y presiona el botón de transmisión.
—Procedemos a utilizar Human Arousal Response Drug.
Una voz a través del comunicador pregunta titubeante.
—Comandante...¿está seguro?
—Sí. Autorizo el uso de H.A.R.D.
Corren entre los árboles. Una puerta metálica, camuflada entre las rocas, da acceso a un complejo subterráneo. Jason la reconoce de un informe que juró haber olvidado. Los dos amantes, que apenas unas horas antes han protagonizado la escena más sucia y erótica de la historia de la isla, son capturados y conducidos al interior con esposas en los pezones.
Son llevados a una habitación blanca sin ventanas. En el centro hay dos camillas equipadas con esposas. Los atan a ellas y los soldados se retiran. Sus intentos por liberarse resultan inútiles: han gastado toda su energía dándose placer sexual apenas unas horas antes.
Dos personas cubiertas de pies a cabeza en trajes blancos que sólo permiten ver sus ojos entran a la habitación. Cada uno sostiene una jeringa con un compuesto químico en una botella de cristal. Tras de ellos, llega un hombre de traje y mirada implacable.
—¿Qué están haciendo? —pregunta Claudia.
—Presidenta Shainta, permítanme presentarme— dice el hombre de traje —, mi nombre es Michael Dickrough, encargado de asuntos hemisféricos del Pentágono. Y quiero dejar en claro que no nos dejó otra opción. Debió entregarnos la soberanía de su país cuando pudo. Dickrough toma uno de los compuestos y lo revuelve contra la luz.
—Esto que ve aquí es un compuesto experimental llamado H.A.R.D. Lo que ambos están a punto de experimentar, es una intensa respuesta hormonal que generará una dependencia sexual absoluta.
Jason palidece.
—La mejor parte de todo son sus efectos. Durante un año entero, ninguno de los dos podrá detener la lujuria y pasión desmedida que sus bien torneados y deliciosamente eróticos cuerpos despiden y demandan. Un año sin usted, nos permitirá tomar la soberanía sexual y política de México, e impediremos que su país rompa relaciones con Israel. Nos aseguraremos que los accionistas de los bancos de todo el mundo tengan ganancias históricas. Mantendremos las AFORES para que nuestros socios incrementen sus beneficios a costa del futuro de los mexicanos. Pondremos a los militares a patrullar las calles de su país para eliminar el problema del narcotráfico, y para asegurarnos su lealtad, les daremos contratos para manejar aduanas, hoteles, trenes y líneas aéreas, y sin usted o el movimiento político que la respalda, nadie podrá interponerse en nuestros planes de tomar su soberanía.
El futuro de México que Dickrough describía era tan ajeno y contrario a lo que la presidenta Shainta hacía en ese momento, que no podía siquiera imaginarlo.
—Doctores, procedan a administrar el compuesto H.A.R.D. Los médicos proceden a extraer el líquido de las botellas de cristal. La inyección tiene que aplicarse a ambos sujetos al mismo tiempo para que surta el efecto deseado en cada uno de ellos. Los pechos de Claudia y Jason se agitan con sus palpitaciones. Estando a punto de recibir el compuesto en sus venas, Claudia logra zafar su pie izquierdo. Demostrando la agilidad y elasticidad que la hizo famosa en las calles de la Ciudad de México cuando apenas era una joven aspirante a política, estira su pierna y golpea al doctor en la cara. La inyección vuela por el aire. Cae directamente en la entrepierna de Dickrough. La caída del científico provoca que su compañero se inyecte accidentalmente el compuesto H.A.R.D. a sí mismo.
Con el compuesto ya en las venas, Dickrough y el científico comienzan a temblar en el suelo. Intercambian una mirada y empiezan a desvestirse y a lamerse con la desesperación de dos amantes que llevan tres días sin mantener relaciones sexuales. Claudia aprovecha esto para romper la cadena que sostiene su otra pierna, y después, alzando ambas piernas hacia la altura de sus orejas, logra romper los candados de sus muñecas. Toma la llave de las esposas que aprisionan a Jason del uniforme de Dickrough, mientras él penetra profundamente al científico. Ambos se liberan, pero la puerta comienza a abrirse. Las luces se apagan. Una alarma comienza a sonar. Jason sabe que tienen que actuar pronto.
—¡Rápido, Claudia! ¡Por los respiradores!
Se internan en los ductos de ventilación mientras escuchan cómo la habitación tras ellos se llena de hombres armados. El polvo se adhiere a sus cuerpos conforme avanzan a tientas por el estrecho conducto. Una tenue luz les sirve de faro y los guía hasta el hangar, donde un helicóptero espera en medio de la pista. Es su única posibilidad de escapar.
Corren hacia él lo más rápido que pueden. Al subir, el helicóptero despega bajo una lluvia de disparos, perseguido por dos aeronaves.
Jason maniobra para esquivar el fuego enemigo. Como si los disparos que atraviesan el aire alrededor de la cabina no fueran suficiente problema, la alarma del tanque de turbosina indica que está casi vacío. Tienen que llegar a tierra firme cuanto antes.
La ciudad aparece al alcance de la vista. Todavía hay una posibilidad real de escapar. La adrenalina se mezcla con excitación y esperanza, como un mitin de Morena en el Zócalo.
Un estruendo sacude la cabina. La alarma de emergencia anuncia que les quedan pocos momentos de vuelo. Solo hay una salida: los paracaídas de emergencia.
Abren la puerta y el viento hace volar todo a su alrededor. Consiguen mantener el helicóptero en el aire el tiempo suficiente para acercarse a la ciudad. Saltan. Durante unos segundos solo existe el vacío, como un orgasmo acumulado que estalla entre las piernas de ambos. Después, dos paracaídas se abren sobre el perfil nocturno de una ciudad que ninguno reconoce del todo.
Han logrado contactar con la embajada mexicana. Un buque con bandera mexicana los esperará en el puerto para llevarlos a un lugar seguro. El verdadero problema es llegar hasta él.
La ciudad se convierte en un laberinto. Agentes de F.R.I.G.I.D.O. aparecen en cada esquina, con el mismo gesto de quien acaba de renunciar públicamente al placer y no lo ha superado del todo. Claudia y Jason se deslizan por toda la ciudad en motocicletas, mientras son perseguidos por agentes con metralletas disparando a sólo unos centímetros de sus caras. Por lo visto, la embajada de Estados Unidos interceptó la llamada de auxilio de la presidenta Shainta, e informó a F.R.I.G.I.D.O., que intenta impedir de cualquier forma que llegue al puerto. “La soberanía de México será nuestra —dice un agente de la CIA— y, por fin, podremos ignorar sus demandas de mejores servicios de salud para fortalecer el sector privado farmacéutico poniendo consultorios en cada uno de ellos, con precios económicos, y así, tendremos una alta circulación de personas que decidan pagarnos 50 pesos en lugar de esperar tres horas en el Seguro Social, y así, enriquecer a nuestros socios”.
Coches bomba explotan a su paso para impedir su avance. Desde los edificios, francotiradores intentan detener su marcha. Una agente encubierta vestida de indigente saca una metralleta e intenta acertar a sus cuerpos.
Ninguno tiene éxito. El buque se ve a la distancia. Ambos están a tan sólo unos metros de la libertad. Únicamente tienen que saltar una rampa que impulsará sus motocicletas dentro del buque y este podrá zarpar inmediatamente.
Un helicóptero a la distancia abre su escotilla. Un soldado de F.R.I.G.I.D.O. apunta una bazuca a la motocicleta de la presidenta Shainta. Ella acelera hacia la rampa, convirtiendo su carrera en una competencia entre aterrizar en el buque y el misil que se aproxima. Por un momento, el tiempo parece detenerse. Las palpitaciones de su corazón contrastan con el silbido del misil que se acerca más. Y más. Y más. Y más. Cuando el misil está a solo tres segundos de alcanzarla, Jason pasa a su lado y salta
para sujetarla en el aire. La motocicleta queda atrás y el cohete impacta contra ella. La explosión los sacude, pero ambos consiguen llegar a la cubierta, golpeados y vivos.
—¡Zarpen ahora! ¡Es una orden!
Seis meses después, tras toda la revuelta, el Congreso aprueba una nueva división de contraespionaje: F.O.G.O.S.O. Fuerza Operativa para la Guardia y Observación de la Soberanía frente a Operaciones Sexuales.
F.O.G.O.S.O. recibe una misión muy específica: proteger a la República Mexicana contra operaciones de seducción, chantaje sexual, espionaje hormonal y manipulación erótica por parte de agencias extranjeras. La soberanía nacional estaba protegida, el imperialismo ha sido mantenido a raya, y Jason Blush lleva seis meses intentando conseguir otra cita con Claudia Shainta Pérez.
Aquella tarde, el antiguo agente de H.O.R.N.Y. se presenta en Palacio Nacional con un traje italiano, perfume francés y una confianza que había sobrevivido a tres rechazos diplomáticos.
—Presidenta, he querido hablar con usted acerca de nuestra relación… Claudia levanta la mirada de sus documentos.
—¿Nuestra qué?
Claudia podía haber abandonado las calles de Tlalpan y llegar a la presidencia, pero las calles de Tlalpan siempre seguirán en ella.
Jason siente que su corazón acaba de solicitar asilo político.
—Lo que pasó entre nosotros en aquella isla…
—Ah, sí. Aquella noche fue estupenda.
Jason sonríe.
—Yo también lo creo….
—…pero no confunda una buena noche con una relación sentimental, Agente Blush. Tengo un país que gobernar.
—Por supuesto…no esperaba que…
—Y tampoco eres el único hombre atractivo del continente.
La sonrisa de Jason se congela.
La presidenta Shainta vuelve a sus documentos.
—Aunque debo reconocer que tienes unos hombros extraordinarios. Jason recupera el color.
—Gracias, presidenta.
—De nada. ¿Algo más?
—No, presidenta.
—Magnífico. Marcelo te acompañará a la salida.
El secretario de Economía se levanta con la expresión de un funcionario que presencia el derrumbe de una potencia extranjera.
—Por aquí, señor Blush.
Jason sale del despacho con la dignidad de un hombre que pierde una batalla, pero conserva la esperanza de que el enemigo acepte negociar un armisticio en ropa interior.
—Marcelo, ¿cree que todavía tengo posibilidades?
Marcelo se detiene.
—Señor Blush, usted sobrevive a un secuestro, una persecución militar, un laboratorio clandestino y una caída en paracaídas. Traiciona a su agencia y ayuda a impedir una operación imperialista contra México.
—Correcto.
—Y ahora me pregunta si tiene posibilidades con una mujer que acaba de decirle que no quiere una relación.
Jason reflexiona.
—Cuando lo pone así, parece complicado.
Marcelo cierra los ojos.
—Voy a solicitar una ampliación presupuestaria para contratar un psicólogo.
Aquella misma noche, Jason recibe una invitación a una recepción diplomática en Palacio Nacional.
No es una cita. El documento lo especifica con una precisión administrativa que le parece ofensiva.
«La presente invitación no constituye promesa de encuentro privado, exclusividad sexual, ni garantía de futuros intercambios de naturaleza íntima».
Al pie figura la firma de Marcelo Erkhart.
Jason lee la invitación siete veces.
Después compra una camisa nueva.
A las nueve, Claudia aparece en el salón con un vestido rojo que provoca que dos delegados europeos olviden el motivo de su visita y que un asesor de F.O.G.O.S.O. abra un expediente preventivo.
La presidenta saluda a los invitados, conversa sobre comercio internacional y pronuncia un discurso sobre la autodeterminación de los pueblos.
Jason la contempla desde el otro extremo del salón.
“No estás enamorado, Jason. Sólo excitado”, se repite a sí mismo.
Ella lleva puestos el mismo tipo de stilettos con el que la conoció. Sabe dónde terminan esas piernas que sobresalen en ese pequeñísimo vestido entallado.
—Debería dejar de mirarla así —dice Marcelo, apareciendo a su lado. Jason sale de su trance erótico.
—¿…así cómo?
—Como si acabara de descubrir una nueva forma de energía renovable. Jason bebe champaña.
—No puedo evitarlo.
—Pues inténtelo. Tenemos invitados.
En ese momento, Claudia se acerca acompañada por el secretario de Relaciones Exteriores de Chile, un hombre alto, elegante y poseedor de una mandíbula que parece diseñada por un comité internacional de arquitectos.
—Jason, quiero presentarte a Alejandro Montenegro.
Se estrechan las manos.
—Un placer —dice el chileno.
—Igualmente —responde Jason, apretando demasiado fuerte.
Claudia observa el intercambio con diversión.
—Alejandro me invita a cenar mañana.
Jason siente que el Tratado de Tlatelolco acaba de ser denunciado unilateralmente.
—Qué interesante —consigue responder.
—¿Te ocurre algo?
—No. Estoy perfectamente.
—Estás rompiendo la copa.
Jason mira su mano. Efectivamente, el cristal comienza a ceder.
—Un accidente diplomático —murmura.
Claudia se ríe.
—Relájate, Jason. No tienes que competir con nadie.
—No estoy compitiendo.
—Magnífico. Entonces puedes dejar de mirar a Alejandro como si calcularas la trayectoria de un misil.
Jason deposita la copa rota sobre una bandeja.
—Presidenta, con todo respeto, usted es una mujer extraordinaria. —Lo sé.
—Y cualquier hombre tendría suerte de…
—Jason.
—¿Sí?
—Respira.
Él obedece.
—Mucho mejor —dice ella, acomodándole la corbata—. Nos vemos luego. Le da un beso fugaz en la mejilla y se aleja.
Jason permanece inmóvil.
Marcelo lo observa durante unos segundos.
—Voy a necesitar ese psicólogo con carácter urgente.
A medianoche, la presidenta regresa a su despacho. Firma decretos, atiende a cuatro ministros de manera privada, y recibe un informe de F.O.G.O.S.O. sobre una nueva operación extranjera de seducción que involucra a un agregado comercial y una cantidad sospechosamente elevada de champaña.
Se quita los stilettos, el vestido ajustado de látex, se sienta y revisa su teléfono.
Tiene tres mensajes de Alejandro Montenegro, dos invitaciones a tríos y una fotografía de Jason junto a una fuente, tomada durante la recepción.
Sonríe.
Jason es atractivo. Divertido. Tiene unos hombros magníficos y una tendencia casi conmovedora a perder la compostura cuando ella se acerca.
Quizá vuelva a verlo.
Quizá no.
Su vida privada no es un tratado internacional. No requiere ratificación del Senado, cláusulas de exclusividad ni una declaración conjunta de intenciones. Y, desde luego, no necesita una pareja estable.
La presidenta toma su teléfono y escribe:
“¿Estás ocupado el viernes? #ViernesCogelón”.
En una habitación de hotel, Jason Blush recibe el mensaje.
Lo lee.
Lo vuelve a leer.
Se incorpora tan deprisa que cae de la cama.
Cinco minutos después, llama a Marcelo.
—¡Me ha escrito!
—¿Quién?
—¡La presidenta!
Hay un silencio al otro lado de la línea.
—Señor Blush, son las doce y media de la noche.
—¡Me pregunta si estoy ocupado el viernes!
—Eso no significa que quiera casarse con usted.
—¡No he dicho que quiera casarme!
—Magnífico. Entonces quizá podamos dormir todos.
Jason cuelga.
Después responde:
“Estoy completamente libre”.
La respuesta llega unos segundos después.
“Perfecto. Quizá nos veamos”.
Jason sonríe con una felicidad tan desproporcionada que, en ese preciso instante, tres satélites de observación estadounidenses registran una anomalía lumínica sobre la Ciudad de México.
El Pentágono abre una investigación. F.O.G.O.S.O. recibe una alerta. Marcelo presenta su solicitud de vacaciones.
Y Claudia Shainta Pérez, presidenta de los Estados Unidos Mexicanos, deja el teléfono sobre la mesa y continúa trabajando.
Porque el país sigue teniendo problemas, el imperialismo no desaparece y la soberanía nacional exige vigilancia permanente.
En cuanto a Jason Blush, puede esperar hasta el viernes.
Después de todo, una revolcada no se le niega a nadie.
FIN.
Agradecimientos
Escribir una novela es, raramente, el trabajo de una sola persona. En este caso lo es.
Sin embargo, hay personas cuyas acciones de idolatría y negación de la realidad, hacen imaginar que un simple monero como yo puede llegar a escribir acerca de líderes políticos de una manera más allá del fanatismo regular.
Personas como Tigre 4T, mi mejor amigo y mascota fiel, que sin importar cuantas veces sigue fracasando con los mismos argumentos en debates, los continúa utilizando, razonando que la ley de probabilidades estará de su lado tarde o temprano.
Personas como Omar Yesahel, que siempre tienen un comentario chistoso o irónico, sin importar la soledad en la que vive, y que pasará el resto de su vida solo, y muy probablemente dos semanas después de que esta acabe.
Personas como mi mentor, Carlos Vijnovsky Zenteno, Director de El Soberano, cuyos escritos acerca de la presidenta me inspiraron a escribir ficción político-erótica.
Personas como el profesor Oscar “Banda del Azufre” Rojas, uno de los grandes exponentes del marxismo-obradorismo que me enseñó que para llegar al socialismo, hay que seguir a China1, y debido a eso, hay que dejar que algunas personas se enriquezcan primero2.
Personas como Hans Salazar, Guille Vidal, Jime, Gwen Obradorista, La Catrina Norteña, Shion, Freddy Olivieri, Pedro Sanginés, Teniente Tormenta, Luis Cera, y demás que no sirven para nada, pero que jamás los ves deprimidos por ello.
Esta novela es para ustedes.
1 Rojas Silva, Ó. D. (2025, noviembre). When China stopped asking the US for permission. Midwestern Marx. https://www.midwesternmarx.com/articles/when-china-stopped-asking-the-us-for-permission by-oscar-david-rojas-silva
2 China’s Innovative Practice of Common Wealth. (2024). En China’s Innovative Practice of Common Wealth. Springer Nature. https://doi.org/10.1007/978-981-97-0938-0_3
Insultos y amenazas
Personas que sólo roban espacio, aire, recursos y que viven quejándose con cada decisión que toma el único gobierno que verdaderamente ha visto por los mexicanos. Maldeciré y escupiré sus nombres cada vez que tenga oportunidad.
A todo el staff del pasquín rojo de comunistas FRACASADOS de El Machete. Esos rojos trasnochados cometen el error de creer que ser de izquierda es algo más que una identidad visual, y lo verdaderamente repugnante de ellos es que siguen creyendo que la izquierda debe parecerse a lo que dice ser.
A todo el staff del pasquín rojo de comunistas fracasados de Cámara Rota Fanzine. El talento los persigue, pero ellos son más rápidos que él.
Al rojo de El Critico Político, que trabaja en una taquería despachando refrescos por propinas. Su castigo es ver mi éxito mientras abre cuatro Boings de uva mientras lee una y otra vez el Manifesto Comunista.
A la roja revoltosa de Corinne, cuyos argumentos políticos a favor de las madres revoltosas, maestros rijosos y todo lo que huele a rojo, le digo: cuando quiero dormir rápidamente, tus posts me sirven como narcolepsia. Además, ¿a quien le gusta las tortas ahogadas? Respuesta: a nadie.
Puma Chairo: próximamente puede esperar mi demanda por parte de la PROFECO por publicidad engañosa. Aunque te demandaría por todo lo que tienes, pero al ser un ROJO, estoy seguro que me dan propinas más grandes que todo tu patrimonio.
A Eme Flores, que lleva años buscando errores de nuestro movimiento. No descansa, no se distrae, no se conforma con una explicación oficial. Uno hasta quisiera que alguna vez se equivocara, para poder descansar un rato de estx rojx.
A Adriana Buentello y Mauricio Prado. Es hora de que sepan que deja más dinero escribir para diarios de mejor calidad, como El Soberano. Su esfuerzo no compensa su falta de talento, rojos. A nadie le interesa saber de movimientos sociales, o críticas al gobierno. Pero todo mundo quiere saber de dónde vienen los vestidos de la presidenta.
Arturo Lechuga Lozano, es hora de que lo sepas: un ángel gana sus alas cada vez que alguien te bloquea en X. Y con justa razón, rojo. Te la vives quejandote de todo. No,
señores, al país se le saca adelante chingándole. No todo es andar en moto y transmitir cuando la señal de Izzi te lo permite. Busca un trabajo de verdad.
Emilia Nikté, te advierto, roja: nadie me golpea en la entrepierna y queda impune. A la última persona que lo hizo la metí en un manicomio. ¿Su nombre? Guillermo Rasquel Shayne.
A Camarada Garrido. Te daré el peor insulto que se le puede dar a un comunista: que Dios te bendiga.
Y por supuesto, con mis últimos segundos en este Café Internet, maldigo al Partido Comunista de México, “partido” al cuál sólo se une puro obrero jodido, nunca actores, empresarios, pastores, o exmiembros del PRI y el PAN.




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