Un hombre normal


Por: Alejandro Piélagos Romano
Él era un hombre normal y como desconozco su nombre voy a llamarle Ramón porque Ramón es un nombre normal de persona normal, no como esos degenerados libertinos que se hacen llamar Jonathan, Jennifer o Jessica, que escriben sus nombres de una forma y los pronuncian de otra. Eso no es normal, es de ingleses y de marranos que, para el caso, son lo mismo.
Decía que él, Ramón, era un hombre normal que se vestía con su pantalón normal, sus zapatos y polo normales. Llevaba en su muñeca izquierda un reloj Casio (de los normales, como la gente normal) y las llaves de sus dominios todas juntitas en un piño, sujetas con un mosquetón al cinturón de su pantalón normal. Siempre saludaba, como hace la gente normal y los psicópatas que también; para el caso, son lo mismo.
Sentado en un taburete con las rodillas abiertas y los talones juntos, dejaba caer sus manos con la misma desgana con que dejaba caer su vista en el enorme televisor que le mostraba a gente hablando de asuntos de actualidad. Y con la misma desgana, sus opiniones sobre el mundo se dejaban llevar por lo que esa gente decía porque la gente que sale por la televisión es muy lista, como bien sabe todo el mundo, decía él.
Como Ramón era un hombre normal que estaba en un bar, comentaba las noticias con el resto de los parroquianos, aunque no los conociese. Porque la gente normal que va a un bar va a relacionarse y no a leer libros ni a ver el móvil; eso es de comunistas y de hijos de puta que, una vez más, para el caso son lo mismo, decía Ramón. Junto a la cerveza que le acababan de servir aún descansaba el casco de la anterior, que era la tercera y pocas le parecían a él para ser las diez de la mañana. Decía él que un hombre normal no va a un bar a beber agua o zumos porque eso es de raritos y de hijos de puta.
Cuando Cabezabuque Torcillo entró en el bar voceando bromas de índole futbolístico al dueño y a los camareros, Ramón, hombre normal donde los hubiere, urdió tantas formas de descuartizarle como su imaginación dispuso.
Una.
Hachazos.
Ramón no conocía personalmente a Cabezabuque Torcillo, pero lo odiaba porque era un hijo de puta que en pocos minutos estaría viendo el móvil y tomando un zumo. Porque Cabezabuque Torcillo tenía una barriga que parecían dos, pero vestía chándal y camiseta de fútbol, como si hiciese deporte.
Ramón tenía la obligación y el compromiso para con la humanidad de exterminar a semejante calamidad de espécimen y lo tenía que hacer cuanto antes porque era posible que la estupidez de Cabezabuque Torcillo fuese contagiosa.
Instintivamente, Ramón cogió la botella vacía que aún no habían recogido y le tiró con ella a Cabezabuque Torcillo que, en el momento en que la botella volaba hacia él, se agachó a recoger las llaves que se le habían caído porque Cabezabuque Torcillo era el clásico hijo de puta que mientras hablaba con la gente hacía ruidos con las llaves. Pero la señora de noventa años en cada pata que unos metros detrás de él desayunaba un trozo de bizcocho y un café, no tenía llaves en el suelo que recoger y la botella le reventó un ojo, la tiró patas arriba y de la que caía, se grapó con sus huesudos dedos y sus uñas de gavilán el mantel de la mesa que tenía detrás, donde desayunaban un hombre y una mujer con corte de empleados bancarios, tirando al suelo dos cafés, dos zumos, unas tortitas y un pincho de lomo. Bueno, uno de los cafés fue a aterrizar en la entrepierna del hombre que, por cierto, era calvo de azotea, de estos calvos que tienen pelo por los contornos de la cabeza y que ya apenas se ven porque las nuevas modas los empujó al olvido. Ahora los calvos de azotea se rapan lo que les quede, transformándose en falsos calvos completos. El caso es que al calvo de azotea le quedó la entrepierna empapada en café bien caliente y, al levantarse por acto reflejo, quedó patente que tenía la pilila en estado de ataque. Su acompañante, que era una fémina a una nariz pegada, de pelo naranja y gafas redondas, estaba clavada a la silla y, tras percatarse de la erección de su interlocutor, se levantó como si hubiese visto un bicho gigante que la quería devorar, cosa que no era del todo incierta, y arrolló a un camarero que portaba una bandeja con bebidas que cayeron sobre unas mujeres que esperaban a ser atendidas junto a la barra, que al apartarse una de ellas hizo que otra mujer que tenía detrás derramase el café que se estaba llevando a los labios sobre su poco disimulado escote y la quemazón hizo que la afectada agarrase a la otra por los pelos y le estampase la cabeza contra el cañero de cerveza. Las amigas de la nueva propietaria de un chichón se lanzaron contra la del pechamen quemado de café y la acompañante de esta a por las atacantes. Salieron los camareros de detrás de la barra para separar a las contendientes, mientras Cabezabuque Torcillo gritaba «¡alegría!» y Ramón bebía media cerveza de un trago preguntándose qué les pasaría a aquellas mujeres.
El altercado de las féminas hizo que Cabezabuque Torcillo olvidase que la botella voladora iba contra él, o quizás ni siquiera se enteró. Caminaba de medio lado para no perder de vista la contienda y se sentó en un taburete en la barra, junto a Ramón.
Cabezabuque Torcillo, como debía de ser algo normal también, le pegó un codazo a Ramón y le dijo que joder con la de las tetas, que qué mala hostia tenía. Ramón apretó el entrecejo preguntándose por qué le hablaba el gilipollas ese, sin caer en la cuenta de que no tenían razones para no hablarse, pero Ramón lo odiaba. El otro seguía haciéndole comentarios guarros sobre las mujeres y, si al entrar por la puerta Ramón lo quería descuartizar, ahora lo quería descuartizar después de patearle la cabeza y luego echarlo a los cerdos. ¿Cómo se atrevía a hablarle el hijo de la gran puta ese? ¿Con qué derecho? Estaba él con los puños apretados, a punto de reventarle los sesos a Cabezabuque Torcillo, cuando este le empezó a contar que la de las tetas se tiraba al marido de la otra y no sé cuántas cosas más y Ramón se acercó para oírlo bien, al punto de que un pocillo de café volador le pegó en la frente y lo tiró del taburete. Al caer pegó con la sien en el suelo y adelgazó veintiún gramos.
En la homilía de su funeral, el cura dijo que Ramón era un buen hombre, un hombre normal.




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