• Cámara rota

30 de abril



Ayer lo ví llorando. Cuando se percató que lo observaba se enjugó rápidamente las lágrimas y disimuló fingiendo hacer otra cosa.


—¿Cómo estás? —Pregunté sin esperar una respuesta sincera. —Bien. —Me contestó, tratando de esbozar una sonrisa.


Nunca hemos hablado mucho en realidad pues por una parte no es una persona muy abierta, y por otra, gran parte de las veces en las que lo veo está bajo los efectos de alguna droga que no le permite articular palabras fácilmente. En estas ocasiones se muestra extrovertido y a falta de lenguaje hablado, me ha hecho saber, a base de señas y otras expresiones corporales que Rufino puede corroborar, que le gustan mucho los perros.


Hoy lo encuentro nuevamente. Lo veo a la distancia, caminando lentamente por la banqueta, ligeramente encorvado, con una botella de Tonayán en la mano. Se detiene y mira el muro que está frente a él. Saca del bolsillo de su chamarra una pequeña pelota de goma, la lanza contra la pared y la atrapa de nuevo. Murmura algo ininteligible y extiende los brazos. Cierra los ojos y comienza a dar vueltas con los brazos abiertos, en una especie de celebración de su hazaña. Me acerco lentamente y se percata de mi presencia. Interrumpe abruptamente su danza y me mira como avergonzado.


—Ya te ví jugando con la pelota. —Le digo con un falso tono de regaño.


Su rostro se ilumina con una gran sonrisa que, aunque carente ya de varias piezas dentales, borra por un momento los años y excesos que su cuerpo lleva encima. Estira la mano y me deja ver la pequeña pelota de goma, réplica miniatura de un balón de futbol, que reposa sobre su palma. Se ríe.


—¿Cómo estás? —Me atrevo a preguntar, sabiendo que no obtendré respuesta, al menos no verbal.


Se inclina ligeramente hacia su costado, señal de que quiere que choquemos los hombros. Me inclino también para contestar a este curioso gesto que ya es habitual cuando nos encontramos, pero esta vez baja la cabeza y me da un ligero golpe con ella. Continua riendo. Nos despedimos.


Poco después me encuentro con un par de niños, de unos 5 o 6 años, sobre una pequeña bicicleta.


—¡Hola, señor! —Me grita riendo el niño que viaja sobre los diablitos de la bicicleta.

No puedo dejar de comparar esas sonrisas tan similares. Ambas con dientes faltantes por circunstancias totalmente distintas, pero que condensan en un gesto ese sentimiento que, aunque efímero, es muy difícil de contener cuando se siente tan genuinamente: felicidad. Y esta comparación no hace mas que reforzar la bella, aunque al mismo tiempo triste, definición de adultos que hace Alex P.G. Bell:

“Los adultos no son más que niños asustados, tratando de cumplir un rol que les impuso una sociedad que no eligieron.”


Por Gabriel Molina


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