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El Huésped

  • Foto del escritor: Guillermo Martínez Collado
    Guillermo Martínez Collado
  • 28 dic 2025
  • 6 Min. de lectura

Por: Guillermo Martínez Collado



Cuando acabó el verano, el negocio empezó a ir mal.


En julio y agosto no dábamos abasto, pero en cuanto pasó septiembre la cosa se vino abajo. Las tardes se hicieron más cortas, el paseo marítimo se vació, los turistas se marcharon. El quiosco, con el viento del Cantábrico soplando en los toldos, parecía más viejo, más triste. Mi mujer contaba las monedas cada día como si fueran los últimos restos de un naufragio.


—Podríamos alquilar la habitación de arriba —dijo una noche, mientras cenábamos lasaña descongelada.


—¿A quién? —pregunté.


—A cualquiera. Siempre hay alguien buscando. El dinero nos vendría muy bien.


No dije nada. Ella ya había limpiado el colchón, quitado los trastos viejos y hecho la cama. Puso un cartel en la ventana del quiosco y en la puerta de la casa: “SE ALQUILA HABITACIÓN”. Lo escribió con rotulador negro sobre un folio.


Yo no creía que fuera a llamar nadie. No en noviembre. No en Ribadesella.


Pasó una semana en la que llovió casi todos los días. El mar estaba bravo y las gaviotas chillaban más de lo normal.


Una tarde, al volver del almacén, vi a un tipo delante del cartel. Tenía las manos en los bolsillos y la mirada fija en el papel.


Cuando entré, levantó la cabeza.


—¿Es aquí lo de la habitación? —preguntó.


Asentí. Tenía unos veinte años, la barba sin arreglar, el pelo mojado por la lluvia. Llevaba una mochila pequeña, gastada.


Mi mujer salió del interior. Lo miró y enseguida le sonrió.


—Sí, claro, entra si quieres verla.


El chico se presentó como Risco. Dijo que estaba de paso, que había venido en autobús desde un pueblo de las montañas. También dijo que no tenía muy claro cuánto tiempo se quedaría, que llevaba un par de años moviéndose de un lugar a otro y trabajando en lo que salía. 


Pagó dos meses por adelantado, en efectivo. No regateó ni pidió ver la casa. Eso me desconcertó.


Esa misma tarde subió con su mochila. Mi mujer le dio una manta de más y un juego de toallas. Le dejó un plato de sopa para la cena.


—Parece buen chico —dijo después, cuando cerramos el quiosco.


—No lo conoces —respondí.


—A ti tampoco te conocía bien cuando nos casamos.


No supe qué decir. Ella siguió fregando las tazas como si no hubiera pasado nada.


Risco se levantaba temprano. Escribía durante dos horas en una libreta mientras bebía café. Un aspirante a poeta. Luego bajaba al puerto y pasaba las mañanas allí. A veces lo veía ayudando a los marineros a desenredar redes o a limpiar nansas.


Tenía ese tipo de energía que incomoda. Siempre dispuesto, siempre amable.


A la gente del pueblo parecía caerle bien. Saludaba a todos, cargaba bolsas a las ancianas del mercado, se reía con los chicos que montaban la terraza del bar de la esquina.


Yo lo observaba desde dentro del quiosco, con el periódico abierto, pero sin leer.


Mi mujer decía que había que ser más como él.


—Por eso te cae mal —dijo una noche, sin levantar la vista del plato.


—No me cae mal.


—Claro que sí. No soportas que alguien esté tranquilo consigo mismo.


No contesté. Después ella subió a ver si Risco necesitaba algo. Escuché cómo charlaban arriba, en la habitación. Me quedé un rato sentado, mirando la puerta del salón, pensando en si debía decir algo o no. Al final salí a fumar.


Un día, Risco apareció en el quiosco mientras llovía a cántaros. Traía una bolsa con pan y manzanas y algo envuelto en papel de aluminio.


—He comprado de más —dijo —. Si queréis, puedo dejar algo para la cena.


Mi mujer lo invitó a sentarse con nosotros esa noche.


A la hora acordada nos juntamos los tres en la cocina. Risco habló poco, pero cuando lo hacía parecía decir justo lo necesario. Contó que había trabajado de muchas cosas: repartidor, peón, camarero. Que no se le daba bien quedarse quieto.


Yo bebí un par de cervezas y lo escuché sin inmutarme. Cuando se fue a su cuarto, mi mujer sonreía.


—¿Ves? Es un buen muchacho.


—Demasiado—dije.


—Eso no es algo malo.


—Depende.


No respondió.


Apagué la luz y oí el sonido de la lluvia cayendo sobre el tejado, mezclado con los pasos de Risco en la habitación de arriba.


Los días se fueron volviendo iguales. Abríamos el quiosco por la mañana, con el viento colándose por el frontal. Vendíamos cuatro revistas, dos cajetillas de tabaco y algún periódico.


Por las tardes apenas aparecía nadie. Yo fumaba dentro. Mi mujer leía.


De vez en cuando, Risco pasaba a saludar. Siempre con una sonrisa. Siempre con ese aire de estar a gusto en cualquier sitio.


En una ocasión lo vimos desde el paseo, mientras mi esposa echaba al reciclaje unas cajas de cartón. Él estaba junto al muelle, ayudando a un viejo pescador a colocar las cajas de cebo. El viento soplaba con fuerza. Llevaba la capucha puesta, la cabeza inclinada.


Me quedé observándolo hasta que mi mujer me habló.


—Estás tan serio últimamente.


—Será el frío.


—No, no es el frío.


—¿Entonces qué es?


—Tú sabrás.


No supe qué decir. Me dio la impresión de que ya no había nada que explicar.


Una tarde decidí cerrar el quiosco muy pronto, harto de pasar allí tantas horas muertas. Fui a beber a un bar que daba al muelle. Observé con calma los cambios de la luz en el agua. El cielo estaba naranja sobre la ría. Acabé por hartarme de todo. Pagué y me fui a casa.


Al abrir la puerta oí música. Una voz de mujer cantando soul. Me quedé un momento en el pasillo. El sonido venía de la cocina. Me acerqué despacio.


Risco estaba allí, de pie junto a la encimera, sin camiseta. Tenía una cuchara de madera en la mano. Mi mujer reía mientras probaba algo de un bol. El aire olía a vainilla y a limón.


La escena parecía sacada de otra vida. Una vida en la que yo no estaba.


Entré sin saludar. Saqué una cerveza de la nevera y me senté en la mesa. Ninguno de los dos dijo nada.


La cantante seguía con esa voz suave, casi íntima. Mi mujer se giró por fin.


—Estamos haciendo bizcocho —dijo, como si eso lo explicara todo.


Asentí. Bebí un trago. Risco sonrió.


—Ya casi está —dijo—. En veinte minutos lo sacamos.


No respondí. Me quedé mirando la mesa, el suelo, cualquier cosa que no fueran ellos. El horno zumbaba. Ella tarareaba la canción. Dijo que la cantante se llamaba Arlo Parks.


Al día siguiente me levanté temprano. Risco aún dormía.


Fui a su habitación y llamé a la puerta. Abrió en pijama, con el pelo despeinado.


—Tenemos que hablar —le dije.


Asintió sin sorpresa.


—Ya lo imaginaba —contestó.


Le dije que necesitábamos la habitación para un amigo, que no era nada personal.


Me miró en silencio, con calma. No insistió. Hizo la mochila sin decir nada. Bajó al cabo de unos minutos, con el abrigo puesto. Mi mujer aún dormía. 


Le di un sobre con dinero dentro.


—Es la mitad del mes que te queda.


—No hace falta —dijo.


—Insisto.


—De verdad, quédate con ello.


No supe qué más decir. Cogí las llaves del coche.


—Te llevo a la estación.


Quería parecer correcto, pero en realidad sólo pretendía asegurarme de que se largara. 


El camino hasta allí fue corto. La carretera bordeaba la ría y luego ascendía hacia las vías.


El cielo estaba claro, pero el aire era frío. Risco miraba por la ventanilla, sin hablar.


Al llegar, se bajó rápido y dejó la mochila en el suelo. Nos dimos la mano.


—Gracias por todo —dijo.


—Suerte —respondí.


Esperé dentro del coche hasta que el tren entró en la estación. Lo vi subir, sin mirar atrás. Por un momento deseé ser él. No ser yo el que se quedaba.


El convoy arrancó despacio, dejando una estela de humo sobre el andén.


Me quedé un rato más, viendo cómo desaparecía. Luego encendí un cigarro. El viento traía olor a mar y a madera quemada.


Pensé en mi mujer, en el bizcocho de la noche anterior, en el silencio de la casa.


El humo del pitillo me picaba en los ojos. Lo tiré por la ventanilla y me froté el párpado con fuerza. Cuando se fue el dolor del humo, llegó el otro. El que no se puede aliviar de cualquier manera.



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