Distopía
- Nicolás Jaula

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Por Nicolás Jaula
El mundo se vino abajo cuando, por una razón todavía desconocida —y en cuya solución los científicos siguen volcados—, la gente notó que su cabello y el de quienes los rodeaban había dejado de crecer.
Antes de la crisis, el pelo humano crecía entre 1 y 1.5 centímetros por mes. Sin embargo, de un día para otro, el proceso simplemente se detuvo. Al principio, la noticia circuló como una curiosidad en vídeos de TikTok o portales de clickbait. Pero conforme pasaron las semanas y los meses, el pánico comenzó a extenderse.
Surgieron teorías de conspiración que involucraban a potencias como Estados Unidos, Rusia y China, así como a las grandes compañías de champú y gorras de béisbol. La gente tomó las calles; primero con exigencias pacíficas a sus gobiernos y, después, con brotes de violencia liderados por grupos de hombres que habían apostado su cabellera en partidos de fútbol. A ellos se unieron adolescentes que se despidieron de sus cortes a la moda tras cumplir con el servicio militar.
Quienes, por suerte, no habían visitado la peluquería en aquel momento, se enfrentaban a un dilema: conservar su estado actual o arriesgarse a un cambio que, de salir mal, sería permanente.
Desde entonces, ser barbero se convirtió en una profesión de alto riesgo. En ellos recaía la responsabilidad de ejecutar cortes perfectos, pues serían los últimos en la vida de sus clientes. Poco a poco, estos oficios fueron desapareciendo, asfixiados por la falta de demanda y la peligrosidad de un error irreparable.
En esta nueva sociedad que se erigió abruptamente, algunos grupos resultaron socialmente inmunes: los hombres con calvicie natural, aquellos y aquellas que se habían rapado por gusto años atrás, las señoras copetonas y los caballeros que mantenían el mismo corte desde los ochenta. Ellos, dueños de una imagen inamovible, vivían sin miedo ni preocupación.
Han pasado cinco años desde el inicio del fenómeno y el caos persiste. Mientras la humanidad lucha por acostumbrarse a este presente estático, las tendencias de corte de pelo han sido prohibidas por un acuerdo internacional, ayudando a combatir la ansiedad social y dándole tiempo a la ciencia de encontrar finalmente una solución.




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