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El Puente

  • Foto del escritor: Alejandro Piélagos Romano
    Alejandro Piélagos Romano
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: hace 1 día




Por: Alejandro Piélagos Romano



1


Nadie daba crédito a lo que ocurría. Nunca, en la historia de Ribadesella, se había congregado en torno a la ría tal cantidad de gente a las ocho de la mañana en un veintiuno de diciembre. Vecinos y autoridades elucubraban en pequeños y grandes corrillos sobre las posibilidades de la situación. Intentaban encontrar alguna explicación, pero según abrían la boca la cerraban, braceaban, se asomaban a la orilla y daban la vuelta con los ojos abiertos como platos. La voz corrió como la pólvora y el reguero de curiosos que peregrinaron hasta el lugar provocó unas retenciones nunca vistas. Medios informativos de todo el país enviaron equipos a cubrir la noticia y en las radios y televisiones interrumpían las emisiones para conectar en directo con la villa. 


Ocurrió, más o menos, a las seis y media de la mañana.


Es conocida la costumbre de muchos riosellanos de salir a caminar por el paseo de la playa antes del amanecer. Está bien iluminado, respiras la brisa marina y desde la villa hasta la Punta del Pozu hay una tirada de dos kilómetros y medio que puedes completar yendo hasta el Pochacu, al final de la Grúa, o subiendo a Guía. 


Ese primer día del invierno de dos mil veinticinco, que era domingo, los caminantes más madrugadores fueron un matrimonio de La Cuesta, jubilados los dos. Él con problemas de sobrepeso y diabetes y ella con la tensión por las nubes y el asma disparado por la humedad. Desde principios del verano, cuando el médico le dijo a él que, o se ponía las pilas o le pondrían flores antes de Navidad, repetían el mismo itinerario matutino. Bajaban por la Empedrada, en la rotonda del Muelle cruzaban hasta la Rula, seguían por el paseo Princesa Letizia, cruzaban el puente, bajaban por el Muellín, hasta la Punta’l Arenal, Punta’l Pozu y, por la misma vía, vuelta para casa. Ese paseo diario, acompañado de una dieta estricta, le había quitado a él unas cuántas tallas, le mantenía a raya los niveles de glucosa y azúcar y la tensión de ella vivía una nueva juventud. 


Ese día no presentaba nada extraño, salvo que sus relojes se habían parado, tanto el de la cocina, como el de él de pulsera y el teléfono móvil de ella se había apagado. Él no tenía. Les pareció una curiosa casualidad a la que no dieron importancia porque los cacharros de ahora no duran nada, decían. Al bajar por la empedrada sí que notaron un olor raro, como a químico, decían. No se encontraron con nadie en todo el camino y eso que los domingos suele quedar algún rezagado de la noche, pero ese día el frío cortaba y se estaba mejor en la cama que en la calle. Cruzaron por el paso de peatones que hay donde el Tarteru y al llegar a la otra acera se encontraron con lo inexplicable. De repente, en cuestión de segundos los envolvió una niebla tan densa que no se veían el uno al otro, a pesar de que caminaban hombro con hombro. 


Nos quedamos parados porque no se veía nada, pero nada de nada, dijo ella. Hablábamos, pero no nos veíamos, ni siquiera a nosotros mismos. Miraba hacia abajo y no me veía los pies, ni las manos. Nunca en mi vida me pasó una cosa igual. Y el olor, decía él, era insoportable, casi no se podía respirar y picaban lo ojos. Y lo más extraño, dijo ella, es que como vino se fue. Así, de repente, como un soplido. Sí, dijo él, en unos segundos se difuminó, volvimos a vernos y no quedó ni un rastro de niebla. El olor tardó algo más en irse, pero nada, unos minutos. Estuvimos un rato parados, dijo ella, comentando lo extraño de la situación y seguimos con la caminata. Cruzamos el paseo distraídos hablando de ello, siguió ella y creo que por eso no nos percatamos de nada hasta llegar a la oficina de turismo, cuando vimos que el puente que había desaparecido. 



2


A media mañana se personaron en la villa representantes del Gobierno del Principado, con peritos, topógrafos, militares y bomberos. Se echaron al agua en lanchas en busca de alguna pista que les indicara qué había ocurrido y se encontraron con que la carretera de ambos lados llegaba a la orilla y ahí cortaba como si nunca hubiera habido nada. 


Nadie se lo explicaba y la primera reacción era la negación al hecho, el escepticismo, aunque lo estuvieran viendo con sus propios ojos. ¿Cómo va a desaparecer un puente?, se preguntaban, ¡es imposible! Pero ocurrió. El puente no estaba, era un hecho, era real, que no le encontraran explicación era otra cosa, pero el puente no estaba allí. 


Pasados un par de días empezaron los revuelos porque una gran parte de los riosellanos se mueve a diario de una margen de la ría a la otra por diferentes razones y la molestia empezaba a hacerse patente. Era la ira, la segunda fase del duelo. En el Ayuntamiento no daban abasto con el teléfono, respondiendo a gente que llamaba preguntando qué ocurría, otros llamaban porque tenían problemas de movilidad, otros insultando, empezó a llegar gente allí exigiendo explicaciones y soluciones, hasta el punto de que la Policía Municipal destinó a un agente para que estuviese en la puerta controlando el acceso. Y la gente al no poder entrar empezó a manifestarse en la plaza María Cristina. 


El equipo de gobierno, acompañados de representantes del Principado, salieron a las calles a hablar con la gente y explicar lo que pudieran o se les ocurriera. Ante las exigencias del pueblo plantearon soluciones a lo que pudiesen y a lo que no, daban falsas esperanzas como siempre hace la clase política cuando un asunto se le va de las manos. Estaban metidos de lleno en la fase de negociación con la desgracia y el temporal se capeaba de mala manera, como se podía.


Los días pasaban y allí no se veía movimiento de nada. Todo lo más que había era gente con lanchas haciendo viajes de una orilla a otra. Pero más de uno tuvo problemas en el trabajo, por vivir en un lado, trabajar en el otro y no tener coche para dar el rodeo por la autopista. Alguno incluso se vio obligado a dejar el trabajo y en algunos casos hubo hasta despidos. A las personas del oeste de la ría con dependencia frecuente del centro de salud se les sumaron la hipocondría y la paranoia debidos a la incertidumbre de no saber si podrían ser atendidos cuando lo necesitasen. 


La depresión general era un hecho.



3


Pasados diez días de aquello llegó la Nochevieja. Los organizadores de la San Silvestre, lejos de caer en la depresión y el negativismo, optaron por hacer un nuevo recorrido que llevó a los atletas hasta Lloviu y, entrado por la Tejera, volvieron por Collera. Por acciones como esta, los vecinos de La Playa se vieron ninguneados porque todas las actividades se hacían en la villa y mostraron su descontento incendiando las redes sociales. Aparte de esto, los ánimos se iban calmando porque el pueblo empezaba a aceptar su situación. Ayuntamiento y Principado habían equipado un provisional Centro de Salud en los bajos del Edifico de Concilio y contratado a varios lancheros para dar viajes de una orilla a otra cada diez minutos. El Ministerio de Transportes trabajaba en el proyecto de un nuevo puente y para las televisiones, ese asunto ya pertenecía al pasado.


Hasta el día de la cabalgata.



4


El puente había desparecido y el trastorno en los riosellanos no había sido pequeño, pero la vida seguía. Y más en esas fechas tan señaladas. Fechas de reencuentro, de reunión, de celebración y, sobre todo, de niños. La Navidad es el momento de los niños, de la pureza de la inocencia, de creer en la magia, desenvolver regalos y ver esas sonrisas que a los mayores nos dan la vida. Así que la cabalgata se celebraría con puente o sin él.


A Ribadesella, sus majestades los Reyes Magos llegan en barco y en torno a la rula se agolpa una multitud de padres, hijos y abuelos esperándolos. Para que esto ocurra con seguridad y organización hay un complejo despliegue de medios y personal organizado por el Ayuntamiento. 


No puedo decir cuánta gente había allí aquel día, ¿dos mil, tres mil personas? No lo sé, pero era muchísima gente y cuando el barco apareció por la barra la ilusión de los más pequeños y sus padres emergía de sus voces. Los pequeños chillaban de alegría, daban saltitos, braceaban y los padres correspondían a su ilusión subiéndolos a hombros, señalando al barco y saludando a los Reyes. 


Y cuando el barco llegó a la Rampa del Barqueru ocurrió.


En cuestión de segundos, la niebla se apoderó del puerto, pero no era una niebla normal. Era la más densa que jamás había visto nadie porque a pesar de estar la gente agolpada, no se veían unos a otros. Era una sensación agobiante y además olía como a producto químico. La gente empezó a gritar, los niños llamando a los padres y estos a sus hijos. No se veía nada y entre todas las voces alguien gritaba que no se moviera nadie, que se quedasen donde estaban para que no cayese nadie al agua, pero claro, explícale tú eso a los niños de cinco años. El caso es que solo duró unos segundos, como vino se fue y al poco desapareció el olor. El griterío de niños y padres llamándose aún duró más y los abrazos al encontrarse fueron el mejor regalo de esas navidades, aunque no lo supiesen.  


Y cuando todo volvía a la calma, alguien gritó ¡El puente! Y la multitud se giró y vio que el puente volvía a estar en su sitio.






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