• Esteban Ramírez

Ella



Ella, no es tan solo una mujer. Entró en la habitación, con el cabello sujeto, sus manos cálidas y sus piernas firmes. Tan solo esta noche ella podría escapar de sus demonios, de la incertidumbre y de la frivolidad del mundo.


Di vuelta al cerrojo y coloqué las llaves sobre el buró junto a la cama, donde se postraba una lámpara vieja. La luz tenue envolvía todo alrededor en un mar sepia; las paredes eran tan blancas que el silencio se llevaba hasta la eternidad; la alfombra en el suelo llamaba a que mis pies descansaran, así que me zafé los tacones y me recosté sobre el sofá con mis brazos extendidos sobre el respaldo y mi cabeza hacia arriba, mis ojos contemplaban los reflejos de los autos que se escabullían por la ventana de vez en vez; dejé caer mis párpados y a mis oídos guiarme al descanso. Tic tac y las manecillas del reloj de pared avanzan con la noche, la noche que me abraza y me invita a desvanecerme con ella, tic tac y las manecillas doradas en un reloj de madera avanzan; algunos perros ladran en la oscuridad y el sonido me llega como marea suave, un “tap” del reloj sobre el buró se escucha, mis ojos se abren y su luminosidad verde me muestra “una hora”.


Caminar por la alfombra hacia el cuarto de baño parece un sueño, al llegar el agua corre sobre la tina, las burbujas suben y se difuminan en la turbia y transparente esencia del líquido; las medias caen lentamente sobre el suelo después de ser desprendidas de mi piel como cáscara de mango, mi piel se eriza desde los tobillos subiendo por mis piernas y espalda hasta llegar a mi cuello que se crispa por la frescura de la noche; la falda ha caído y la blusa de una tela vieja vuela como gaviota sobre el mar e interrumpe la luz del sol; miro hacia el espejo y nuevamente mi piel se eriza, me he mostrado con un ser desconocido, la observo detenidamente y me encanta descubrir su figura, me encanta descubrir sus labios y su esencia como la del agua misma, transparente, viva y que purifica las almas. Tal vez me habría gustado conocerla, saber de ella, pero hoy que la tengo frente a mí, sé que la vida es un instante y lo quiero con ella; tomé un espejo y observé su figura desde su espalda y sus labios frente de mis ojos, la imagen interminable de su cuerpo me pareció infinita, pues viajaba a través del tiempo cruzando todas las barreras como un tren que nunca se detiene, así es el amor en ella, interminable.


Los motivos que hacen trascender al hombre son innumerables, espontáneos y perfectos. La inspiración la ha formado y ella yace en todas partes.



Por Esteban Ramírez

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