• Andrés Xicoténcatl

Apocalipsis


Andrés Xicoténcatl



Otro presagio fue que atraparon en el lago ondulante un ave coronada por un espejo dentro del cual aparecían el cielo y las estrellas. Cuando Moctezuma se asomó a él, vio montados sobre venados a unos guerreros ataviados para la guerra. Luego llamó a los adivinos y a los sabios, y les dijo:


– No saben ustedes lo que yo acabo de ver…



Creen que estoy enfermo de melancolía y lo estoy. ¡Cuántas malas estrellas han dejado su estela sobre de mí! ¡Cuántos malos augurios me han cargado las manos hasta el punto de no poder levantarlas! ¡Cuánto me ha acongojado la horrorosa vista del trueno, de la espiga de fuego, de las aguas hirviendo, de aquel espanto bicéfalo! Quien se enfrentara con sólo uno de esos malhadados augurios concluiría que se arruinará él mismo; con dos que se arruinará su familia, con tres que se arruinará la ciudad entera. Pero con este atajo enorme de presagios aciagos: ¿qué puede arruinarse? El mundo y es el mundo lo que se va a arruinar.


Fue, empero, cuando trajeron el más abominable de los esperpentos - aquella ave coronada con un espejo nigérrimo y de profundidad ignominiosa - cuando supe con certeza lo que acontecería. A los sabios sólo dije que dentro había visto, primero, un cúmulo urdido de cielo y estrellas, después, unos guerreros ataviados para la guerra encaramados sobre extraños venados. Ellos - ¡absurdos! - creyeron que esa vaga visión había bastado para amedrentarme sin pensar que son guerreros y monstruos lo que sobra en esta tierra. No: aquello que me aterró no lo comuniqué a los sabios ni a los adivinos y es que dentro en ese lago de obscuridad humeante se revelaron otras imágenes confusas y vertiginosas: un diluvio en un desierto, un monte con un templo en llamas, un hombre sacrificado y atormentado, templos espigados que rayaban el cielo, sangrientos reyes coronados, bocas relumbrantes que rendían murallas, ciudades enloquecidas por las pestilencias; todo revolviéndose sobre una tierra que colgaba como de un hilo, tan reseca como fría y que ahora vomitaba hacia nosotros montañas preñadas de bárbaros que traían el fuego y la peste.


Si quedé mudo fue porque en ese remolino de imágenes comprendí que la catástrofe que nos destruiría no vendría de las concatenaciones del mundo divino: si hubieran venido dioses hubiera manera de aplacarlos, no en vano es el lúcido poder de adivinos y sacerdotes; no será tampoco meramente que un ejército imbatible nos doblegue. ¡Cuál si nosotros, que vagamos tantos años, no supiéramos qué es desplazar e imponerse, someter las comarcas innumerables, derramar la preciosa sangre en las abiertas bocas de la tierra! No, lo que se acercaba era una flecha que no sólo haría estallar nuestro cuerpo, nuestra ciudad y nuestro dominio sino desgarraría tan hondamente que haría estallar los ciclos que se repiten infinitos y los dioses que los mantienen girando. ¡Oh, horror, lo que vi dentro de ese espejo fue nuestro tiempo dislocarse y a nosotros arrastrados por un nuevo tiempo como un torbellino, como una loca carrera al infinito, tiempo que no permite cerrar los ojos, tiempo que sólo busca morir de extenuación!


¿Qué podría gritar? ¿Qué podría yo clamar hacia el agua y la montaña? ¿Qué beneficio tendría si me repitiera que somos inexpugnables, que somos los pilares de la tierra y que no hemos de ser vencidos? ¿Quién vendría en nuestra ayuda? Nadie, antes aún, justamente agraviados y como hubiéramos hecho nosotros, del otro lado de los encendidos volcanes vendrán nuestros enemigos a arruinarnos sin saber que con ello encontrarán también su propia ruina. Ay, caros enemigos, harán bien en exterminarnos pero ignoran que no sólo se acaba esta nuestra ciudad sino que los cuatro rumbos del mundo habrán de sentir este crujir de los ciclos: nosotros en una noche de sangre ya próxima, ustedes cuando cubiertos de pústulas y arrojados en el altar de otros dioses descubran el costo de su honrosa victoria, a otro tiempos los que cansan desiertos con sus pasos, los que son arrullados por la bruma de los bosques, los que duermen arrullados en los pliegues de las sierras, los que trasiegan junto al mar ardiente, los que ni siquiera conocemos o figuramos: todos ellos conocerán también este tremor aciago. Ay, odiados enemigos, nuestra ciudad habrá de expirar en cenizas pero las negras miserias que vendrán finalmente nos hermanarán en el único parentesco que se volverá a permitir en esta tierra: el parentesco de la catástrofe.


Estoy aterrado, es verdad. Sé que la ciudad se refundará, que la inundación cederá, que las cabezas volverán a levantarse como flores orgullosas. ¡Pero qué dolor el derrumbarse de este sol! ¡Qué dolor los jardines que serán llamas! ¡Qué dolor por las viejas que han de llorar! ¡Ay de las casas, de los mercados, de las acequias! ¡Qué dolor el quebrarse de este canto de luz transparentísima, que pena el ajarse de estas flores de belleza y sangre! ¡Cuánto dolor por los que serán esclavos y mendigos de la propia ciudad donde reinaron! Los hijos de sus hijos añorarán una ciudad que no habrán visto nunca, adorarán un espejismo flotante. Incluso, llegado el tiempo, hasta los hijos de nuestros enemigos vendrán a la nueva urbe, ciegos y despojados, confundidos y extirpados, sabiendo que no son progenie de los que vendrán a cubrirse de oro pero tampoco de ninguno de nosotros porque ya estaremos lejos, infinitamente lejos.


Soy un cobarde, es verdad. Cuando la noche de fuego acontezca, habrá quien resista sobre los palacios en llamas y colme la ciudad acanalada de un clamor ardiente. Yo, débil, sostengo que es tan inútil como abrir los brazos para detener las infinitas corrientes de los vientos; y más violento, numeroso e inquebrantable es el torrente que arrastra a estos otros que vendrán. Están lloviendo, se están derramando de su isla, tan pobre, tan fría, tan mísera; se están cayendo de la mano de su gran dios, tan amante de los sacrificios como los nuestros pero mucho más astuto. Por eso a estos primeros que vendrán, no más hábiles que otros, no más crueles que otros, no más ruines que otros, les abro los caminos a la ciudad flotante. Mandaré que crucen las calzadas, mandaré que penetren por los floridos umbrales de los palacios, mandaré que los coronen como a dioses y llegado el momento nos sacrifiquen. ¡Abriré la ciudad a la catástrofe que de todos modos sucederá! ¡Ay de mí, el más desdichado! ¡Ay, de nosotros, los más desdichados! ¡Escuchen el crujir del tiempo que se quiebra!


Y alzó la vista. En el cielo creyó entrever aquella estrella prodigiosa que orló los cielos. Se sintió invadido por una melancolía dolorosa. Escuchó el tremor de la tierra.


Y comenzó a llorar.


12 de febrero de 2020


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