• Andrés Xicoténcatl

Aquiropoeta


Andrés Xicoténcatl


Annae et Carolo Borealis


I


Artifex dixit:


Ídolo de continua destrucción, aeda de la devoración, prontuario de la ruptura. Caigo sobre mí mismo cuando contemplo el abismo de la negrura, me alzo sobre mí mismo cuando me regodeo en lo terrible. Existe la beldad, es verdad, pero entreverada en malezas de esperpentos: por eso no aspiro a vivir en la belleza sino en el estupor. Dentro de mí la sumisión se disuelve y desde mi negra orilla diviso el Arte muerto con todos sus despojos. Es inútil mirar atrás. The piece need not to be built. He derribado todos los dioses muertos y me he liberado con mi firma como un hachazo, como una marca irrebasable en el desierto:


CAROLUS BOREALIS



Repasó el discurso y relamió las palabras con evidente gusto. Por acá el pastoso acento de la lengua sajona, por allá el latín retumbante. ¡Artifex dixit! Al día siguiente Carolus proclamaría estas líneas desde el estrado y con actitud desdeñosa aceptaría un anhelado premio frente a sus envidiosos colegas. Pero ahora, en la noche cerrada su voz resonaba hueca en el taller vacío. Yo no pude evitar reír de buena gana. ¡Artifex dixit! Aquella frase se la había dado yo después de haberla encontrado, tan solo la semana anterior, en una partitura novohispana donde un compositor tan vanidoso como Carolus la había escrito en grandes caracteres.


Nos quedamos callados un momento entre las olas de luz que arrojaba la lámpara. Sería la madrugada profunda, quizás las tres y media que Carolus puso fin a su ensayo para regresar a su trabajo y yo lo hice a mis estudios. Fue, sin embargo, en esa profunda oquedad de silencio que un sonido remontó desde la obscuridad. Alguien, parecía, estaba llamando a la puerta a esas inopinadas horas. No era, por supuesto, algo absolutamente inusitado: algún extraviado habría llegado a pedir asilo a media madrugada. Era, más bien, el ritmo del toque — tímido y abúlico — lo que lo hacía inquietante. Extraño no es tocar una puerta de madrugada pero sí hacerlo con pereza e indiferencia.


Al principio Carolus no se inmutó. Envuelto en una fragante capa de sudor, seguía saltando el escollo en su grabado. Artifex dixit. Fue hasta que se repitió aquel tímido llamado que su mano tembló. Había perdido el pulso. Se puso súbitamente furioso y decidido a correr a patadas a cualquiera que estuviera vegetando tras la puerta se levantó. Yo me quedé todavía en el sillón, desasosegada por esa ridícula calma con la que alguien nos llamaba en la madrugada. Carolus abrió la puerta de un tirón.


Nos sobrecogió, al menos ligeramente, que tras la puerta no estuviera un amigo rezagado, un distraído o un ebrio impertinente. Estaban, en cambio, un hombre y una mujer de rostros muy obscuros y de muy baja estatura. Ante nuestro asombro la mujer, con toda naturalidad, hizo una sola pregunta:


— ¿Acepta encargos?


¿Tanta inquietud estética traían que venían a buscar a Carolus a mitad de la noche? Esperaba que Carolus los corriera con soberbia, pero cuando me volví para mirarlo me di cuenta que su furia había amainado por la ardiente vanidad que le provocó que alguien requiriera su trabajo con semejante apremio. El artista, entonces, se dignó a contestar secamente:


— ¿Qué encargo?


De la misma naturalísima manera, la mujer alargó la mano y nos entregó un amarillento recuadrito de papel. En él figuraba un hombre desconsolado abrazando a una dama coronada que le sonreía con dulzura aunque con cierta frialdad. “Baja Edad Media”, dictaminé rápidamente, “algún Padre de la Iglesia, algún ingenuo penitente que le ruega a la Virgen”, concluí. A ser sincera, me daba un poco de vergüenza semejante encuentro con creencias caducas que apestan a naftalina y sangre cuajada de los sambenitos. No llegó más lejos mi pensamiento pues la mujer estaba haciendo un gesto con la mano indicando que diéramos vuelta al papel. Atrás, en bellísima caligrafía leímos:


Illustrarunt fulgura eius orbem terrae:

vidit et contremuit terra.


Latines obscuros, anticuados, capitulares; su anacronismo me dio una curiosidad que rebasó mi incomodidad. Después de eso, poquísimas palabras fueron intercambiadas; a decir verdad no recuerdo voz alguna, como si el trato se hubiera hecho en absoluto silencio. Finalmente la pareja se despidió con suma cortesía y quedamos a solas.


Tomé el papel: la miniatura me observaba con interés, quisiera decir incluso, con amor. Vino a mí, entonces, como un pequeño frenesí en el cual comencé a recitar las historias piadosas que recordaba, aquellas historias edificantes con lecciones aborrecibles que recordaba de mi lejana niñez y mis estudios. Carolus, por su parte, vio la imagen duramente y en su cuerpo se reflejó el muscular deseo del trabajo. Esa noche, mientras yo peroraba historias de milagrería, él trabajó con empeño inusitado. Ambos sentíamos como un torrente abrumador de fuerza certera. Cuando se me hubieron agotado las historias y Carolus hubo acabado, frente a nosotros nos miraban como con conmiseración dos personajes trazados desde la obscuridad, aún parecidos a los originales, pero ahora más vivos, más expresivos, más terribles. Artifex dixit.


Al día siguiente, groseramente temprano, se presentó la pareja y recogió con absurda indiferencia la obra que habíamos cubierto en delicado papel. Ni siquiera la desenvolvieron: con una sonrisa boba y tímida se escurrieron escaleras abajo. Nosotros también estábamos extrañamente alegres y satisfechos. El cerrar la puerta tras ellos fue, sin embargo, como regresar a la vida y volver al cubo de luz que nos arroja mezquinamente un mínimo recuadro del cielo, a la habitación rentada, al trajinar de las cosas mediocres.


II


Nada volvimos a saber de ese trabajo hasta que un par de años después caminábamos por una calle renegrida y olvidada del centro de la ciudad. Poco nos aventurábamos a aquellas áreas y yo me sentía intranquila mientras Carolus me guiaba aparentando una intimidad con esa ciudad fosca que estaba lejos de tener. A la lejanía percibí una mota negra que nos observaba. Conforme se acortó la distancia, deliniáronse los contornos y logré finalmente reconocer la figura de una vieja beata recargada en la pared de un templo. No pude ocultar el desagrado que me provocan aquellas mujeres que revolotean junto a las iglesias como polillas junto a la luz y menos aún cuando vi que su amarillento ojo nos recorría de parte a parte. Molesta, intenté pasar frente a ella rápidamente cuando, como un golpe, musitó:


— Renuncien al Maligno.


Y de su mano colgó, cromáticamente, un abanico de estampitas religiosas. Carolus, refractario a toda forma vulgar de las artes, las miró con desprecio hasta que súbitamente pareció recorrerlo un pequeño espasmo. Entre esa galería de mojigaterías, plastificado pulcramente, estaba una reproducción del grabado que había hecho aquella noche. Anonado, Carolus quiso tomarlo cuando la anciana, en un momento de agilidad sorprendente, retrajo la mano y espetó:


— 5 pesos.


La indignación que en otro momento nos hubiera embargado ante semejante altanería se ahogó ante la admiración de lo que veíamos. Yo recorrí con acelerada inquietud mis bolsillos donde tres monedas tristes y secas comparecieron. La vieja las tomó para luego retirar la mano con impresionante celeridad y repitir:


— 5 pesos.


Carolus gritó una maldición y yo busqué nuevamente hasta encontrar otras dos monedas. Habiendo pagado la injusta tarifa tomamos ávidamente la estampa y la pusimos frente a nuestros ojos. Rodeados de un marco rococó, mal impresos y peor retocados nos miraban aquellos que salieron de la obscuridad aquella noche. Al darle vuelta, empero, había cambiado el texto y ahora aparecía lo siguiente:


Y al filo del golpe dijo:


— ¡Amiga! En este postrer momento, ataviado de temor, siento que todos los sapientísimos consuelos que me has dado eran realmente para Dios y no para los Mortales. Dime, por favor, uno último que me consuele ante el terror de la Muerte, único que el Dios Eterno jamás ha de sentir.


La Filosofía lo miró con ternura y después respondió con fiereza.


- ¡Despéñate como lo haría un árbol!


Y cayó ejecutado San Severino de Boecio, cristianísimo filósofo, en el año 524 de Nuestro Señor.


Leímos una y otra vez la leyenda hasta que Carolus encaró a la vieja con enojo.


— ¿Quién es este?

— ¿Qué no sabe leer?

— ¿Y sabe quién lo hizo? — le atajó Carolus.

— Yo que sé.

— ¡Cómo no va a saber! — explotó Carolus.


La vieja, con agilidad de tahúr, desplegó en su mano todas las estampitas que poseía haciendo un variado abanico que iba desde rostros de vírgenes computarizadas hasta celebérrimas obras reproducidas hasta el agotamiento.


— A ver, ¿quién hizo todos estas?


Carolus no respondió: mostradas de bulto todas aquellas imágenes parecían disolverse en un mismo autor sin nombre, a veces vulgar y mezquino, a veces magistral y soberbio.


— ¿Y dónde compró estas tonterías? — le dijo Carolus insatisfecho.


La mujer nos vio fijamente. Por un momento pareció ablandarse su mirada y su complexión. Se vio en su boca que quería formar una palabras y después lentamente, nos dijo:


— A ustedes qué carajos les importa.


III


Entre la danza de sombras que arrojaban los velones y los altares olorosos, comenzaron a aparecer nuestras figuras buscando por toda la ciudad, presos de una indignación extraña, una ridícula estampita. Había algo en la forma en que había tomado vida que nos escocía, hasta se podría decir que nos afrontaba e indignaba. Fue ese ambiguo rencor que los días subsecuentes nos arrastró desde umbrosas catedrales hasta luminosas capillas donde indagamos por su procedencia en puestos mal surtidos y peor atendidos. Los dependientes declararon jamás haber visto aquella estampa al punto que parecía que tuviéramos nosotros la única copia a pesar de la obviedad de que había sido impresa y distribuida en masa. Lo que pudiera haber sido un recorrido mínimamente entretenido que nos familiarizara con la variada - y muy a mi pesar, a veces prodigiosa - arquitectura eclesiástica de la ciudad acabó siendo un lastre, una búsqueda ruinosa a través de un sinnúmero de edificios que a fuerza de repetición habían perdido toda diferencia.


Un día hartos y cansados, a la sombra de un campanario inclinado, Carolus sacó la malhadada estampa de su cartera y preguntó amargo:


— ¿A dónde estás?


Como una reprimenda súbita, caímos en cuenta que estábamos acogidos por la superstición que tanto despreciábamos. Nos habíamos vuelto peregrinos, penitentes, émulos de los flagelantes. Lo más vergonzoso era, no obstante, que recorríamos los santuarios no en busca de perdón o la retribución de un favor divino sino en busca de una nimiedad, una fruslería, una idiotez.


Decidimos parar. Regresamos a casa y avergonzados arrojamos la estampita dentro de un cajón entre papeles revueltos y nos propusimos olvidarla.


Y casi lo logramos.

IV


En el delgado aire del atardecer, a la salida de una exposición que había sido organizada a las orillas de la ciudad caminábamos en un rumbo de casas bajas y calles secas. La delgada obscuridad de los cerros de oriente nos anunciaba que estábamos en un lugar de topónimos antiguos donde aún la antigua voz de los lagos parece aún subir y sentirse el rumor de las barcazas cargadas de flores cruzando los ríos de asfalto y hollín. A lo lejos, un sonido de romería nos llegaba junto con el estallido de cohetes secos. Curiosos, decidimos ir hacia dónde estuviera el festejo y nos topamos con el atrio de una iglesia antigua donde alegres fuegos artificiales reventaban sobre una jubilosa algazara de niños y vecinos. Una felicidad contagiosa nos invadió a nosotros también y decididos a participar en la verbena nos acercamos hasta que nos salió al paso una gran lona plástica que decía:


Gran Fiesta de la Milagrosa Imagen de San Severino de Boecio


Y al costado, mirándonos como sorprendido, el grabado de Carolus. Primero una abrumadora sorpresa y después un desbocado alivio nos recorrió. Lo habíamos encontrado. A empujones nos metimos entre la concurrencia y logramos colarnos en la iglesia. Adentro reinaba el recogimiento. La nave principal estaba curiosamente desierta pero un rumor que venía escurriendo desde un rincón oculto nos guió hasta una capilla anexa. Allí, rodeado de irisadas flores y enmarcado en madera con pan de oro, estaba finalmente el grabado de aquella noche. Nos dieron ganas de reír. ¡Carolus, un hereje, un blasfemo, un apóstata, había hecho una obra frente a la que se apiñaban beatas y santurrones! Irritado con semejante absurdo, él mismo gritó:


— ¡Basta!


No pudo seguir. La pequeña multitud que elevaba el cristalino rezo nos miró súbitamente con ojos terribles como si hubiéramos quebrado algo precioso. Nos amendrentamos y cuando nos vieron desistir, todos regresaron a su fervorosa oración excepto por un hombrecillo que pareció querer escabullirse por una puerta lateral. Entonces reconocimos al hombrecillo que acompañaba a la mujer que había tocado nuestra puerta aquella noche y lo seguimos corriendo. Nervioso, se introdujo en un cuarto a cuya puerta intentó echar llave pero antes de que pudiera hacerlo nosotros empujamos con fuerza por el otro lado, lo derribamos y nos hallamos en un especie de sacristía. Carolus lo agarró del cuello y entonces el hombrecillo le dijo con una sonrisa:


— ¿Con quién tengo el gusto?


— ¡Soy el que hizo el grabado, imbécil!


El hombre se detuvo un momento como si, indiferente a la violencia que se ejercía sobre él, cayera en profunda reflexión. Luego, contestó con mansedumbre:


— Eso no puede ser - respondió. — Esa imagen no fue hecha por nadie.


Ante semejante desatino Carolus le gritó:


— ¿Está usted loco? ¡Yo la hice!


Y entonces, con dulzura, el hombrecillo contestó:


— Oh, amigo, usted no la hizo tanto como nadie se hace a sí mismo. Quizás, en su momento, una fuerza fulgurante, eléctrica, destructora acaso lo haya iluminado a usted, pero no a causa de usted.


Quedamos atónitos ante sus razones entreveradas.


— ¡Qué estupideces está diciendo!


— ¡Hermano! ¡Te calcinaste! ¡Te fundiste! ¡Te encontró el rayo y te fulminó! Esta obra no es tuya: es un prodigio. Ya no tenemos muchos lugares donde nazcan estos prodigios. El escritorio de un profano no es el altar propicio pero he aquí que ha surgido en el tuyo. Una cosa te digo: puedes ir en paz. No te volverá a pasar nada así. No volverás a hacer nada así. Volverás a vender, volverás a ser reconocido, pero esto ya no lo harás. Esto se ha ido de ti. Estás salvado.


Su discurso llenó a Carolus de ira y en un arrebato le dio un empujón que lo propulsó hacia una puerta adyacente. El hombrecillo colapsó sin muecas, abriendo con su peso la puerta donde penetró la luz. Y entonces lo vimos: adentro reposaban amontonados, unos sobre otros, cuadros tras cuadros, grabados tras grabados, pinturas tras pinturas, todas inspiradas en la misma imagen de aquella noche. Sentí una náusea cuando me adentré en ese torbellino de aquellos dos personajes infinitamente iterados en incontables estilos, incluso de talleres y amigos que pude reconocer. Cuando miramos de regreso al hombrecillo éste había cambiado. Nos miraba contento, con un sonrisa y unos ojos enrojecidos y furiosos.


— ¡Trueno divino! ¡Zarza ardiente! ¡Te quemaste! ¡Te has calcinado y no quieres desaparecer! ¡Cuántos hubieran querido hacer lo que hiciste! ¡Cuántos se enterraron en monasterios queriendo quedar perplejos por la fuerza de Dios! ¡Cuántos pusieron su oreja contra la pared esperando la voz que les llamara y los hiciera reducto de lo divino! ¡Querían ser bocas y amplificar el lamento de Dios! Has sido tocado: ¡ahora extínguete! ¡El barco que nada transporta debe de ser quemado!


Carolus se abalanzó sobre él. Nos indignaban sus palabras, nos indignaba que su estúpido dios nos creyera sus marionetas. Me arrojé también yo y lo golpeamos juntos a saciedad. Después nos dirigimos hacia la capilla enfurecidos y entre el tumulto comenzamos a arrancar el grabado. Fue en ese momento que sentimos el primer golpe. Después el segundo. Después sólo quedamos e envueltos en una nube de brazos mientras escuchaba a Carolus gritar:


—¡Es mío! ¡Yo lo hice! ¡Dénmelo!


Nos sacaron de la iglesia entre una andanada de injurias y rodamos por el suelo. Nos encaró un cielo hueco que escurría luz lunar. Tendida, me incliné para abrazar a Carolus y nos hundimos en una perplejidad silenciosa sólo quebrada por los fuegos artificiales que restallaban acompañando un canto llano:


¡Vera icon, non manufactum!

¡Gloria Aquiropoetae!


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