• Esteban Ramírez

Arenal





Por Esteban Ramírez


Cuántos días he pasado aquí, no lo sé en realidad, es algo que no me interesa del todo. Lo único que podría decir es que quiero una cama donde recostarme, las hierbas me han servido, pero después de un tiempo comienza a darme comezón en la piel. Cuando trabajé con mi tío de obrero, no tenía inconveniente alguno en estar bajo el sol, en aventarme desde el segundo piso al montículo de arena de río que depositaban junto a la grava y los sacos de cemento. Qué ha cambiado. En el cuerpo no mucho, algo de oxidación, un par de ulceras, una fractura, cortes y raspones, nada que requiera días de descanso en cama. En medida que el tiempo recorre mi sangre y atraviesa mis huesos, la consciencia es quién se ha hecho presente para cambiarlo todo, mejor dicho, para develar mi ser que se encontraba aprisionado en los sótanos de la elegancia. No muy lejos se asomaba aquel tímido niño para reconocer que su pecho aún se henchía y contraía, como si sólo quisiera dar fe al público de que un alma se encontraba dentro. A quién, a los presentes que insidioso trato llevaban consigo o por lo menos aquel niño eso parecía percibir. Imaginación de cuentos y leyendas que alguna vez escuchó bajo las sobras de los árboles y suaves líneas de luz marcadas por la luna, misticismo y en su presencia, por el simple hecho de ser mencionado. No he pensado en la posibilidad de volver por el mismo sendero hasta este momento, digo, en medida de lo posible volver por ese lugar o cerca, me pareció seguro, aburrido y árido, pero seguro en cierto sentido.


Las explicaciones que me he permitido realizar ante este viaje, son una invención para olvidarme de mi memoria.


Qué he de hacer al agotarse el agua, cuando se termine la comida.


Creo que la diferencia entre este momento y cuando estuve en casa es justo el descanso. ¿Habrá acaso un manual para descansar? Si hubiese, seguro lo tomarían por estupidez, incluso yo. Claro que la diferencia sería el descanso, entre el viaje y el destino, cuando me he dispuesto a viajar nada importa. Ahora que lo pienso más detenidamente no es en sí el destino, sino el retorno, un retorno al inicio. De hecho, no sé si estoy en lo correcto, quién podría indicarlo en este lugar sino yo. Lo dejaré al azar, al destino, a los ángeles o a los santos. Escuché una canción de camino para el norte, hacía mención de la suerte, que sea solo mía y no de alguien más. En ese caso no se si llamarle suerte, lo cierto es que tan solo esas palabras me dan paz, no sé nada, pero me dan fuerza, por lo menos para dar un paso más.


Estoy seguro de que no he sido el único que se ha pasado hablando para sus adentros en un recorrido a pie, cuál es la finalidad, no lo sé, pero hace que nuestro andar valga la pena, no sé si realmente sea correcto decir “pena”. Me parece que se asemeja a aquella respuesta ante un favor otorgado, en primer momento se menciona un “gracias” y enseguida viene la fría palmada “por nada, de nada” estudié las formas y tonos dentro del lenguaje, cabe señalar que para nada he realizado investigaciones documentadas o ensayos al respecto, simplemente son observaciones en las relaciones de los individuos. Entonces, como ya venía diciendo, me quedé en… cierto. Tengo algunas opciones, es una formalidad, una extensión del otro o un juego de la cognición humana. El cuestionamiento surge a partir de una plática con un amigo, que, al agradecerle por algún apoyo, tenía como respuesta “con gusto”. Qué implica una respuesta u otra, quizá sea sólo una religiosidad a la filología. Puedo ser un acérrimo enemigo de la ignorancia, sin embargo, es una batalla pérdida y lo sé, por más que me empeñe en estibar conocimientos y experiencias, es verdad que seré un ignorante por el resto de mis días, cuántos me quedan, es algo que también ignoro. Me he distraído porque mis pasos no pueden ser rectos, hay rocas flojas, tierra suelta y arena en cualquier punto de apoyo. No es un pretexto para hilar correctamente las ideas en el vago juicio del orador, claro.


Al extender la primera respuesta, podría confiar a mi receptor la seguridad de que el hecho no vale, no tiene peso alguno o tiene relevancia para mí, por nada, no es nada, carente de valor, se otorga como limosna, mismo caso, es aquello que sobra, estorba, no necesito o quiero, entonces que significa un acto sin valor, es pesadumbre, flagelo, culpa, qué es. Puedo mencionar desde mi precaria existencia, que no lo sé, al parecer es subjetivo y personal. ¿Puede cambiar una palabra el significado del acto?


Se acerca la noche y el agua está por terminarse. Sigo preguntándome por qué he salido de mi tierra, tierra que no es mía, sino al contrario, soy de ella y a ella tendría que servir. Qué me obliga a quedarme en el mismo sitio; qué me arrastra alejándome de él.


El frío comienza a envolverme, en estos días uno ya no sabe si ha se hacer frío, calor, si lloverá o no. Cargo pocas cosas el la mochila, de hecho no me parecen necesarias, pero aún así, las llevo conmigo. Quizá tenga que cuestionarme ese punto, podría quedarme sin una respuesta, no es miedo a no tener respuestas, creo que es a no entenderlo, quedar como un idiota y pretender no serlo. ¿Es el orgullo lo que muerde la cola? He escuchado decir sobre el orgullo como algo externo, algo que hiere a las personas o las posee. Es un producto, que se busca sin saberlo, solo se quiere sentir ese abrazo.


He perdido la objetividad hacia el fin funcional declarado de los quehaceres. ¿Me estoy permitiendo tener algo de humanidad? Solo estoy cansado. Veo luces en el cielo, estrellas. Es el cielo más hermoso que he visto sobre la tierra más apabullante, una combinación que me eriza la piel, o es el helado viento e intento disfrazarlo para que no mueran las fuerzas.


He temblado por más de dos horas, agazapado. Cubriéndome de la ley, de los hombres y de los perros. Qué me hace un extranjero. Puedo declarar que no soy quién se coloca en esa posición, sino que, se me otorga. En cualquier lugar puedo serlo, y eso no necesariamente afecta a mi estado como individuo, pero si a la representación de la persona. Demoledora es la presencia de los infractores morales. Qué hay de los hechos que socavan confianza de los pueblos. Así, se cierne con algarabía la construcción interminable de la identidad compatriota. Identidad falsa, ya que sólo limita reaccionar a unos pocos, mismos que ya han muerto por declarar la caída de los ídolos. Basta con erguir un Señor. En la tierra de donde vengo, tiene más peso la esperanza que los hechos, donde se declara la verdad, una verdad construida nada y sin embargo yo me quedo a la expectativa. ¿Cambiará algo? Normalmente no. Mientras las aves mueren, las moscas se preparan para el festín.


Dormí un poco, eso me viene bien, aunque el descanso solo sea una ilusión irrisoria. Cómo esperar recuperarme para atravesar este trecho. El aire se mueve y con él los matorrales, maleza y las hierbas secas. El polvo se eleva y cae como agujas. Como en una danza antigua, escucho el sonido del cascabel, pero no hay danzantes cerca, es la serpiente. Una serpiente que no pensé encontrarme.


Bebí el último trago de agua esta mañana, poco antes de salir el sol.


La escuché, pero no la vi, guardé la botella vacía. Levantarme me costó un poco, pero ya estoy de pie. Camino lentamente esperando poder verla para correr si me es posible, dejándola atrás para que no me ataque. No estoy en condiciones de hacer lo que me plazca, simplemente hago lo que puedo para seguir adelante, todo el tiempo estoy pensando si correr un tramo para terminar con esto o ir al paso, sabiendo que en algún momento acabará. El cansancio y la pesadez. Sigo moviéndome lento y me detengo tras unos pasos, sigo nuevamente y después me detengo. Creo que correré de una y llegó a la otra lomita. Mis pasos son flojos y torpes, comienza a salir el sol y el sonido del cascabel ha quedado atrás.


Corrí durante un tiempo, y ahora estoy tumbado en la arena, necesito agua, ahora comienzo a pensar que fue un error, quizá es porque espero a muerte, la última caricia en mi mejilla colorada, pues así ha quedado por el sol abrazador, siento que en las mañanas pega más duro que por las tardes. No escuchar voces cercanas me trae cierta sensación de alivio, aunque al momento de comer se extrañan, creo que por eso no tengo hambre pero me voy secando por dentro y ya se nota en mis brazos. Ya no sé si soy yo o una pensamiento de un caminante errante.


Han transcurrido un par de días y ahora no tengo agua, ni comida, la noche cae, cuál será mi refugio, las hierbas, un árbol casi desnudo o simplemente la tierra que me dará un poco de calor, así será mi descanso.


Si, caí por querer llegar cerca de un árbol más grande y con puños de tierra en su base, resbalé y me tope con algunos cactus y nopales. Sabrosos nopales, pero sus encantos me llenaron de aguates, no quería ni moverme, me fui agachado quedito bajo el árbol. De nuevo ese sonido, el cascabel. Qué haría entonces. Siempre pienso en el peor escenario. Una serie de posibilidades. Qué más daba. Me quedé bajo el árbol, los sonidos se volvieron más agudos, insectos, el viento, la serpiente. Casi podía escuchar como pincelaban las nubes. ¡Ay! Dios. Escuché sonidos en los matorrales. Se movían. Qué vendría ahora.


-Pst pst, qué te pasó.


No vi a nadie pero ahí estaba, una voz. Pensé que comenzaría el hambre, pero no. Busqué con la mirada a alguna persona. Nadie.


-¿Eres ciego? ¿Mudo? Casi todos lo son.


Miré de nuevo para ver si encontraba a esa persona. Nada.


-La serpiente se ha ido. No hay de que preocuparse. Seguro tienes hambre. Yo tengo hambre.


¿Dónde? ¿Dónde? No lo veía.


-Déjate ver, ven ayúdame.

-No puedo. Ya me oyes, si me ves, tendré que comerme tu alma.


Comencé a sudar, y cómo no. Quién era. El cuerpo me ardía por cada movimiento que hacía. Así me fui a un poco más abajo junto a un montón de piedras y tierra. Tomé unas cuantas y las arrojé, según yo de donde provenía la voz, y de pronto vi correr a algo. El corazón se aceleraba. ¡Madre!


-Te digo que no, y no me avientes piedras. Quieres que te ayude, escúchame. No quieres que lo haga me voy, pero si vuelves a aventar piedras te comeré el alma, no sabrás en qué momento, pero lo haré y eso será tortuoso para ti que hasta querrás desaparecer para que no te encuentre, pero la mala noticia es que yo me muevo aquí, allá y más allá.


Lancé más piedras y un perro feo salió de la hierba. Agarré otra piedra y seguí buscando. Arrojé otra más lejos del perro. Nada.


-Te lo dije.


El perro me habló, seguro fue la caída, seguro el hambre, seguro el sol, seguro la sed, seguro los aguates. Seguro el dolor.


-Los perros no hablan.

-Quién dice que soy un perro, los ojos engañan así como la lengua quema.

-Entonces, qué eres. Válgame, yo aquí destruido hablando con un perro. Feo además.

-No soy un perro, me lo que tú veas sale de sobra. Ahora, yo te puedo ayudar para que te cambies esa mísera pinta tuya.

-Está bien, haré como que estoy loco, haré como que puedes hablar, haré como que eres listo, haré como que me vas a ayudar.


Nos quedamos mirando un momento.


-Entonces tengo que pedirte ayuda. Válgame.

-Jaja, quién pide ayuda en estos tiempos.

-Pues hazlo.


El perro se acercó y se paseaba junto a mí mirándome, de un lado a otro. Y yo esperando que persiguiera su cola rancia.


-Quítate la ropa. Toda.

-¿Qué?

-Quítate la ropa. Quieres que te ayude ¿no? Entonces quítate la ropa y déjala ahí, al lado del árbol, no le pasará nada, no hay nadie aquí. No estamos en tu tierra.

-Perro desgraciado. De acuerdo.


Me quité la ropa, como lo propuso el perro. No me mordió, no me atacó y me ayudaba. Esa estupidez de comer el alma, seguro era para que no viera lo feo que era.


-Qué mierda estás haciendo.

-Justo eso, mierda, estoy cagando ¿no ves?

-Feo y asqueroso.

-Cállate. Frótala en donde sientas ardor, eso hará que los aguates se queden ahí y después te tallas con arena, arderá al principio, pero después ya no sentirás eso que tanto te molesta.

-Feo y asqueroso. ¡Válgame!


Y ahí estaba yo, desnudo cubierto de mierda, frente a un perro feo y asqueroso. La locura había llegado a mi. Me froté, olía muy mal. Después con puños de arena me fui tallado para quitar todas las espinas y aguates, ardía, pero después de poco se fue yendo el ardor.


-Perro, necesito lavarme.

-Ese no es mi asunto. Ya te ayudé. Pero sigue tu camino, pronto lloverá. Si, aquí donde no suele llover. Ya me voy, pero recuerda que me debes algo.

-No te debo nada perro.


El perro se alejó a trote sin decir algo. Feo y asqueroso. Metí la ropa en la mochila y anduve desnudo por aquel terrero. Comencé a temblar y me tiré de nuevo. Miraba las estrellas en el cielo, no había nubes, era hermoso. Que llovería dijo el perro, para nada. Me encogí y traté de dormir. Los truenos me despertaron, sin embargo, no podía moverme y ahí estaba, el perro mirándome.


-Qué esperas perro, ayúdame. No me puedo mover y va a llover, la mochila, la ropa.

-No te preocupes por eso, no la necesitarás. Puedo ayudarte, si.

-Gracias.

-Con gusto. – dijo el perro sensualmente.


Me miró fijamente, gruñó y lanzó un ladrido. Al fin pude moverme, me levanté, el perro hizo lo mismo, creció un tanto y se fue corriendo en dos patas. Estuve ahí parado, atónito. El perro se llevó mi mochila. Quién podría verme en aquel lugar. Comenzó a llover. Caminé largo rato. No me sentí cansado. No tenía hambre. La sed se fue. Lo que sí, estuve ansioso, así que corrí. Corrí y corrí. Todo parecía igual. Solo, frente una interminable planicie.


-Válgame. Ahora qué.


Vi a alguien a lo lejos. Ahí parado sin hacer nada. Sentí la necesidad de hablar, de contar algo, solo quería eso y regresar. ¿Fue un error? no lo sé, quería algo mejor. Me acerqué y aquí estoy, contándotelo.


-Bien, para comenzar ese perro no era un perro. Era un devorador. Seguro quieres regresar. Te ayudaré, ¿ves aquella loma? Allá está tu tierra. Puedes estar ahí el tiempo que quieras. Aunque debo decirte, puede que el dolor vuelva. No lo sentirás, pero te va a consumir. No te diste cuenta, pero ya lo harás.

-De qué hablas. Solo quiero volver, eso es todo, ya me da lo mismo que pase en mi tierra o la tierra de la que yo soy, porque soy de ella y a ella he de servir.

-¿Servir? Solo te sirves a ti mismo, las ilusiones y convicciones que nos hacemos nos sirven para estar tranquilos. Para no abrumarnos. Las aseveraciones que haces. Te sirven. Ve, pero ve a donde iniciabas, a sentir. La estructuración de la vida que se predetermina, eso es una pena. Al darte mirar atrás podrás saber que todo fue una ilusión que creaste.

-Solo ayúdame a volver.

-De acuerdo.

-Gracias.

-Por nada.


Me dio la mano, me dijo que fuera atrás de la loma. Y voy hacia allá.

Por fin, claro que es de donde vengo. Camino entre las calles polvorientas. Desnudo, he vuelto al arenal. Me doy cuenta de que esta es mi pena, estar en casa sin sentir.



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