Bajo mis pies
- Nicolás Jaula

- 14 jul
- 2 min de lectura

Por: Nico Jaula
Salí de casa completamente descalzo rumbo al trabajo. Fue un accidente, un descuido absurdo. Me aseguré, como cada mañana y en repetidas ocasiones, de no olvidar las llaves, cerrar bien la puerta y dejarle comida al gato; pero aquel detalle esencial simplemente se me pasó por alto.
Ya estaba sentado en el transporte público cuando lo noté: mis pies desnudos, apoyados sobre el suelo sucio que pisaban cientos de personas al subir y bajar a diario.
Podría haber vuelto a casa, bajar del autobús, cruzar la calle y deshacer los diez minutos de trayecto, pero no lo hice. Aquello habría alterado aún más mi, de por sí, perturbada rutina. Pensé que podría resolverlo al llegar: buscaría un lugar donde comprar un par de zapatos y asunto arreglado.
Observé por la ventana opaca: una farmacia, una papelería, puestos de comida, minisupermercados... pero ninguna zapatería.
La ansiedad comenzó a invadirme; la parte más hostil del mundo se plantaba frente a mí. Me imaginé las miradas juzgadoras, las burlas, los pisotones, las heridas causadas por las piedras y los cristales rotos. Traté de ocultar mis pies bajo el asiento. Fue entonces cuando me di cuenta: nadie me miraba. No era porque el descuido fuera invisible, sino porque el resto de los pasajeros mantenía la vista fija en sus teléfonos, conversando o mirando por la ventana, ensimismados en sus propios mundos.
Me incorporé, caminé con cautela hasta el fondo del pasillo, presioné el timbre y descendí del autobús sin que nadie reparara en mí. Sentí la temperatura del asfalto bajo la planta de los pies; al contrario de lo que temía, no me provocó rechazo. Empecé a caminar en automático, invadido por una extraña mezcla de orgullo y libertad.




Comentarios