El cauce de las ánimas
- María José Cáceres Ramírez

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Por: María José Cáceres Ramírez
—Hipólito...
El río no se equivocaba de nombre.
El frío que sentí aquel día no venía del aire helado del anochecer. Venía del lugar exacto donde la soledad anida cuando uno se sabe ya contado entre los que pronto se irán.
Volví a casa con los pies pesados. Esas cuatro paredes eran un refugio ilusorio, porque el verdadero límite de la vida no es la pared de adobe, sino la orilla del río que vuelve. Yo sabía que este día llegaría desde que dejé de escuchar los latidos de mi propio pecho para escuchar solo el fluir de la corriente.
Mi hermano Francisco estaba sentado en el tronco caído del patio, donde Justo, el mudo solía mirar el cielo; la oscuridad allí era densa, apenas interrumpida por el parpadeo rítmico de los astros. Lo reconocí no por su forma, sino por el aura tenue de quien ya no carga peso en la tierra.
Él me miró. O, más bien, el recuerdo que me mira usó sus ojos huecos.
—Ya lo sabes —su voz era como el sonido de hojas secas raspándose en el viento—. Ya te llamó el río.
—Son las ánimas, Francisco —dije, temblando—. Las ánimas que lleva el agua, las que no tuvieron entierro.
—Son los que se han quedado sin quién los nombre. No les da paz la muerte si nadie los invoca. Vagan pegados al limo, esperando que alguien, un vivo que ya se parezca a un muerto, los recoja.
En este campo, el río es el panteón de los que nunca encontraron reposo. Las ánimas son la otra cara de la miseria: los que ni siquiera en la tumba encuentran la paz.
Mi madre seguía en el camastro, musitando su propio ciclo de dolor. Pero hoy su monólogo cambió. Era como si la memoria se le hubiera descosido. En lugar de Enriqueta, la hija cuya existencia fue gota de rocío al primer sol, musitaba otros nombres; nombres que yo no conocía: «Fausto... Candelaria... Isidro...». Eran los nombres del río. Mi madre estaba, sin saberlo en la vigilia, haciendo el trabajo del agua: nombrar para que no se pierdan.
Justo, el mudo, que no había emitido sonido en veinte años, estaba en la cocina. No cocinaba. Estaba hincado, limpiando un par de botines viejos. Me acerqué. Los botines no eran de él. Eran pequeños, de piel endurecida y barro petrificado.
—Son del hermano que el río se llevó —susurró Francisco desde la sombra, a mis espaldas.
Y entonces Justo, hizo algo aterrador: alzó los botines a su boca y los besó, luego, articuló una única palabra, escabrosa y rota:
—Llevo.
Recordé entonces las palabras de Fray Jerónimo, dichas en un sermón olvidado: «A veces, por gracia o por pena infinita, a los que no tienen reposo se les permite venir en busca de auxilio, usando la voz de los vivos». Las ánimas, en ocasiones, tienen permitido hacerse escuchar ante aquellos que habitan la tierra: los despojados, los ninguneados, aquellos cuyos nombres se quedaron al margen del limbo, esperando ser llamados a casa.
—María...
El río ha llamado a mi nombre.
María José Cáceres Ramírez (2003). Profesora de Ciencias Sociales, escritora y promotora cultural hondureña. Originaria de Lepaterique, Francisco Morazán. Fue galardonada con el primer lugar en el Certamen Nacional de Poesía de los XXXIV Juegos Florales de San Marcos, Ocotepeque, y en el Certamen Literario de Cuento Corto «Honduras Diversa». Asimismo, obtuvo el segundo lugar en el Concurso de Ensayo «Voces Educativas» y una mención de honor en la categoría de cuento infantil del XV Premio Nacional de Narrativa Infantil y Juvenil.
Parte de su obra poética ha sido publicada en revistas literarias de Honduras, México, Paraguay, Nicaragua, Chile, Perú, Colombia y Bolivia. Cuenta con espacios de difusión en el Minuto Cultural Sabatino de Radio América (Honduras).




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