top of page

Plata

  • Foto del escritor: Guillermo Martínez Collado
    Guillermo Martínez Collado
  • hace 3 horas
  • 7 min de lectura

Por: Guillermo Martínez Collado


Aquella mañana el mar ya estaba enfadado antes de que amaneciera. El viento golpeaba las ventanas de casa como si alguien quisiera entrar a hostias. Yo me levanté sin hacer ruido, me puse el neopreno a medias y bajé a la cocina. Mi madre dormía en el sofá con la tele encendida. Habían dejado el volumen bajo. El presentador hablaba como si fuera el fin del mundo. La guerra amenazaba la estabilidad internacional. Me entraron unas náuseas que me obligaron a cambiar de canal. Estaba a pocos días de los exámenes de septiembre y si cateaba tendría que ponerme a trabajar. Mi situación personal me parecía más preocupante que el desmorone de la civilización.


Cambié de canal. En la TPA salía la playa de San Lorenzo con espuma por todas partes y una cinta roja cruzando el paseo. Luego cambiaron a un mapa con flechas y colores y dijeron que lo peor entraría por el Cantábrico. Me hice un café y me lo bebí de pie. Después cogí la tabla y salí.


En la calle olía a sal y a barro. La ría venía crecida, marrón, y el aire arrastraba hojas y bolsas de plástico. No había nadie. Solo el ruido del mar al fondo, como un camión trabajando.


Plata me esperaba en la esquina de la iglesia con la tabla bajo el brazo. Tenía la cara hinchada, los ojos rojos. Olía a tabaco y a cerveza de la noche anterior.


—¿Dormiste algo? —le pregunté.


—Dos horas —dijo—. 


No sonreía. Solo lo decía como si fuera un hecho. Como si aquello fuera una obligación. Ambos intuíamos que ese era el último verano antes de hacernos adultos. Antes de despedirse de la niñez, abandonar definitivamente los estudios y ponerse a currar en lo que fuera.


Cruzamos el puente en las bicis y subimos hacia Tereñes. El viento venía de cara y nos frenaba. Las tablas parecían velas. A mitad de cuesta tuvimos que parar un momento. Yo me giré y vi el cielo aún oscuro y las luces amarillas de las farolas. Me dio la sensación de que todo estaba más pequeño de lo normal, como si el temporal lo estuviera encogiendo.


Cuando llegamos al acantilado había gente arriba. Eran los de siempre. Los pijos del surf. Los que venían de Oviedo o de Madrid con furgonetas caras y tablas de marca. Los que se ponían ropa de moda. Estaban allí con los trajes puestos hasta la cintura, observando el agua como si estuvieran en un mirador. Nadie bajaba. Se oían comentarios sueltos.


—Es demasiado grande.


—Como te caigas ahí no sales.


Plata los miró con desprecio. Pasamos por su lado como si no existieran.


Entonces vimos a Gelu,  sentado en una piedra solo, con el poncho puesto y la capucha subida. Tenía una tabla vieja, amarilla, llena de reparaciones. Estaba fumando un cigarro con calma. Nos miró como si nos estuviera esperando.


—Ya era hora —dijo.


Su voz era ronca. Tenía treinta y pico, pero parecían más. Pómulos duros, barba de dos días. En el pueblo decían que había surfeado olas en Irlanda, que había vivido en Australia, que había dormido en coches robados. También decían que era un artista. De esos que entran al agua cuando los demás se van. Que estuvo a punto de vivir del surf hasta que la cagó por borracho.


Ese verano nos había apadrinado sin querer. Nos dejó echar una mano en su tienda. Nos llevó a los rincones más salvajes. Nos dejó aprender de él. No nos dio consejos bonitos. Nos insultaba, nos metía miedo, y a veces, cuando le daba la gana, nos corregía una maniobra con un gesto obsceno. Eso era lo más parecido a un maestro que habíamos tenido.


—¿Vais a entrar o venís a hacer turismo? —preguntó.


Plata se encogió de hombros.


—Entramos.


Gelu tiró el cigarro al suelo y lo pisó con rabia.


—Pues vamos. Y no hagáis el ridículo.


El descenso por el acantilado era una mierda incluso con buen tiempo. Con la borrasca era como bajar al mismo infierno. Las piedras estaban mojadas, el barro resbalaba y el viento te empujaba hacia el borde. En un punto tuvimos que sentarnos y bajar con el culo, agarrándonos a raíces.


Abajo, el mar rugía. Las olas entraban en series largas. Se levantaban gruesas, con la cresta blanca rota por el viento. El agua explotaba contra las rocas y subía en forma de niebla. Todo estaba cubierto de sal. Me quedé quieto un segundo mirando aquello. No parecía una ola. Parecía una pared sin sentido.


Gelu se cambió sin hablar. Ajustó el invento al tobillo, miró el mar como si lo estuviera midiendo y empezó a caminar hacia la entrada del agua. Plata y yo le seguimos.


Cuando el agua me tocó los pies me dolió como una quemadura de hielo. Entramos remando. El primer impacto fue el frío, el segundo el ruido. El mar no sonaba como en Santa Marina. Sonaba como un animal.


Las olas nos levantaban y nos tiraban. En un momento dado una espuma me pasó por encima y me llenó la boca de sal. Tragué. Tosí. Me entró pánico.


Vi a Plata a unos metros, remando como un loco, con los ojos muy abiertos. Gelu estaba más adelante, ya cerca del pico, tranquilo, esperando.


Nos costó llegar afuera. Cada vez que pensaba que ya estaba, venía otra serie. Cuando por fin salimos, me quedé flotando, respirando como si hubiera corrido una maratón. Gelu nos miró.


—Si os metéis en la zona de las rocas os van a sacar en bolsa.


Yo asentí, aunque no sabía exactamente dónde empezaba “la zona de las rocas”. Entonces llegó una serie grande. Se notaba antes de verla. El mar se hundía y el horizonte se levantaba.


Gelu giró la tabla y empezó a remar. La ola lo cogió perfecto. Se puso de pie con una facilidad que daba rabia. Bajó por la pared negra como si no pesara. La tabla vibraba, pero él iba firme, metido en la línea, y cuando la ola rompió, desapareció dentro de la espuma.


A los pocos segundos salió por delante, intacto. Plata soltó una risa nerviosa.


—Está loco.


—No —dije—. Es bueno.


No sé por qué, pero en ese momento pensé en Lara. En Lara y en la noche de los fuegos, cuando la música sonaba en el chiringuito y la gente bailaba como si el verano fuera eterno. Yo había salido a mear detrás, entre los pinos, y vi a Gelu apoyado en una pared, con Lara delante.


Ella era la novia de Plata. Llevaban juntos desde la primavera. Una relación de esas que en el pueblo se ven como una promesa. La gente decía: estos van a durar. Los vi besarse. No un beso de borrachos. Un beso lento, sucio, sin prisa. Vi la mano de Gelu metiéndose por debajo de la camiseta de ella. Lara se apartó un segundo, me vio, y no se asustó. No se tapó. Solo me miró como si yo no tuviera derecho a estar allí.


Me fui sin decir nada. Al día siguiente Plata hablaba de ella como si fuera lo único bueno que tenía. Decía que se irían juntos a Gijón, que trabajarían allí, que no acabarían como nuestros padres. Yo asentía y me callaba. No quería decirle lo que había visto. No quería ver a esa pareja discutiendo como ocurría en mi casa. Así fue el verano. Mentir con la cara imperturbable. Mentir como se aprende a remar. Sin parar.


La segunda ola grande vino para Plata. Giró tarde, nervioso, queriendo demostrar algo. Empezó a remar y la ola lo levantó como si fuera un juguete. Por un segundo se puso de pie, pero el canto se le clavó y salió despedido. La tabla voló. Lo vi desaparecer. Esperé. Uno, dos, tres segundos. El mar seguía moviéndose como si no hubiera pasado nada. Me entró un frío por dentro. Un pensamiento rápido. Una espuma lo tapó. Luego otra. Yo no podía hacer nada. Estaba lejos. No era cuestión de nadar. Era cuestión de que el mar decidiera.


Gelu se lanzó sin pensarlo. Remó hacia el sitio donde había caído Plata, se tiró de la tabla, buceó. Yo miraba el agua como un imbécil. Entonces Plata salió a la superficie, tosiendo, con los ojos abiertos, como si acabara de nacer. Gelu lo llevaba agarrado del brazo y lo empujó hacia la tabla. Plata se subió como pudo. No lloró. Pero tenía la cara blanca y morada. Nos quedamos los tres flotando un rato sin decir nada. El mar seguía entrando fuerte. 


Yo pensé algo absurdo: que estar allí era lo único real que había. Que todo lo demás —las relaciones, los estudios, los planes— era un cuento que la gente se contaba para no asustarse. Siempre había alguien diciéndote cómo tenía que ser tu vida. Qué estudiar. Dónde trabajar. Con quién estar. Cuándo sentar la cabeza. Y luego venía una borrasca y lo borraba todo de un golpe.


También pensé en lo fácil que se iba todo a la mierda sin que nadie te avisara. Pensé en Plata. En que seguía hablando de Lara como si ella fuera suya. Como si el amor fuera un contrato. Gelu se acercó un poco.


—Salimos —dijo—. 


No lo dijo como un consejo. Lo dijo como una orden. Volvimos remando hacia la orilla. Cuando tocamos piedra, me temblaban los brazos. Me quité la tabla del invento y la arrastré como pude. Subimos por el mismo sitio por el que habíamos bajado, resbalando, sin hablar. Arriba seguían los pijos. Ahora nos miraban distinto. Con respeto o con miedo. Con esa mezcla que en el fondo es lo mismo.


Uno de ellos dijo:


—¿Qué tal estaba?


Gelu ni lo miró. Siguió andando. Plata se sentó en el suelo y se quedó mirando el mar desde arriba. Tenía la nariz roja, los labios oscuros. Yo me senté a su lado. No me preguntó nada.


—Creí que me moría.


—Ya —dije.


Nos quedamos allí un rato. El viento nos sacudía la ropa. La espuma subía hasta el acantilado como si el mar quisiera alcanzarnos también allí arriba.


Cuando bajamos hacia Ribadesella, vi a Gelu alejándose por el camino. Caminaba encorvado, con la tabla bajo el brazo, como si pesara más que él. Ese era el futuro. No el surf. No las olas. No la libertad. El futuro era caminar así, solo, con algo roto por dentro y fingiendo que te daba igual.


Esa misma tarde vi a Lara en el paseo. Estaba con sus amigas, riéndose, como si el temporal no existiera. Como si nada fuera serio. Me miró de lejos. Yo aparté la vista.


No sabía qué era peor,  decirle a Plata lo que había visto o seguir callado. En el fondo, el mar ya me lo había explicado. Las cosas desaparecen incluso cuando crees que están contigo. La gente también. Y tú solo puedes hacer una cosa. Seguir avanzando, aunque no sepas hacia dónde.



Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


© 2025 Cámara rota. All Rights Reserved.

bottom of page