Señales de Australia
- Alejandro Piélagos Romano

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Por: Alejandro Piélagos Romano
A mis ochenta y tres años puedo decir que he visto cosas, bastantes cosas, pero nunca estuve en Australia. Ese país me fascina desde aquel día en que el maestro, don Priscilo, llevó a la escuela una bola del mundo y nos señaló España. Nosotros estamos aquí, dijo enfadado, que era su tono habitual. Luego era un santo, pero sus formas eran bruscas y siempre parecía enfadado. Nos dejó curiosear y viajar por el mundo como si fuéramos los gigantes del universo y lo primero que hice cuando llegó mi turno, después de la algazara que armamos al encontrar Mongolia, fue ver qué había en el extremo del planeta opuesto a nosotros y allí estaba Australia.
Los avatares de la vida me impidieron ir y cuando por fin pude, no quise porque ya no tenía fuerzas ni ganas para plantarme en la otra punta del mundo. Me conformaría con ver a los koalas y canguros en los documentales de la dos y, en un plano más místico, me imaginaba que la tras la muerte, yo no iría al cielo ni al infierno, iría a Australia. ¿Por qué? No lo sé, pero es tan verosímil mi opción como las otras y quizás lo sea más porque tenemos pruebas de que Australia existe.
Nunca conduje un coche, ni una moto y solo me subo en vehículos cuando no me queda otra opción porque siempre me pareció extremadamente fácil matarse en un cacharro de esos, que no son otra cosa que ataúdes de hierro y gasolina. En la mediana edad me obsesioné con la pasión desmedida que la gente sentía por el futbol y, tras jubilarme, sustituí esa obsesión por la que me causaban los antiguos comunistas convertidos en fachas de toro y pulsera.
Durante los últimos diez años el centro de mis preocupaciones y de la mayoría de mis conversaciones es la muerte. Cuando cumplí setenta y tres años alguien me dijo que esa era la esperanza de vida media mundial y comprendí que había llegado a la meta y que a partir de entonces estaba en tiempo de descuento.
Recuerdo un día, cuando era pequeño, que estaba cenando con mi abuelo. Él siempre comía en silencio y no dejaba hablar a nadie en la mesa porque decía que en la ingesta alimenticia las primeras vitaminas y proteínas iban para el cerebro y había que aprovechar ese momento de energías renovadas para pensar. Y por eso me sorprendió cuando, de repente, me miró y me dijo que la Muerte avisa antes de venir, que envía señales. Lo miré sorprendido y continuó hablando. Me dijo que aquella era su última cena porque cuando se despertó por la mañana, mi abuela estaba sentada a los pies de la cama haciendo ganchillo y cantando. Por aquel entonces mi abuela llevaba veintidós años muerta. Tras la cena se echó medio vaso brandy, lo alzó a modo de brindis y me dijo «que Dios te dé suerte porque el saber no te valdrá para nada». Lo bebió de un trago, se fue para la cama y allí lo recogió la Parca. Se fue para Australia.
Desde que me enteré que estoy en tiempo de descuento espero mis señales y de paso, voy encontrando algunas de otra gente.
El día que murió el pescadero tomé un café con él en el Capri a primera hora de la mañana y me dijo que había pasado mala noche porque se despertó a las cuatro y media de la mañana y no durmió más. Todo por un sueño en el que estaba él, de pequeño, con sus padres en un huerto que tenían en los Campos de Oba. Almorzaban los tres sentados en la hierba, su madre lo abrazó y le dijo que por la tarde se verían. Al despertarse le pareció oler el queso que hacía su madre y que no probaba ni olía desde hacía más de cincuenta años. Acabó el café, subió a ver la mar desde la Atalaya, como hacía todos los días y allí lo encontraron recostado en un banco y sin vida. El sueño fue la señal.
¿Y cuando murió Maruja la Bandolera? Más de lo mismo. Un día por la tarde-noche llamó al electricista para que le revisara las luces, que se habían vuelto locas porque se encendían y apagaban solas. Cuando llegó su hija para la cena la encontró muerta en mitad del pasillo. Las luces, la señal.
Lolón de Tereñes oyó que alguien le silbaba y le llamaba, le preguntó a su mujer qué quería y ella le respondió que no lo había llamado. Porfiaron porque él estaba seguro de que había oído cómo lo llamaban y en la casa estaban ellos dos solos. Se sentó en el sillón a leer el periódico y a los diez minutos lo encontró la mujer, con el periódico sin desdoblar en las piernas. La llamada, la señal.
Todos estaban ya en Australia.
Hace poco fui a pasear hasta el final de La Grúa y al volver me senté en un banco del muelle, lo que ahora llaman Paseo de la Princesa Letizia o reina, qué sé yo. El Muelle, de toda la vida. Me senté enfrente de la vaca esa que baila y que me parece graciosísima, junto a esas horribles letras que pusieron para que la gente se haga fotos. Qué manía tienen los chavales de ahora de hacerse fotos a todas horas. Estaba allí sentado un muchacho, vecino mío, al que vi dar sus primeros pasos en aquel mismo paseo unos cuántos años atrás y al que veía casi a diario. Me dijo que al día siguiente se iría para Madrid, a estudiar veterinaria y que tenía muchas ganas porque le encantaba. Era un enamorado de los animales y ya cuando era un renacuajo decía que, de mayor, sería veterinario para curar a su perro Tobías y a las ovejas de su abuelo. Y por eso iba encantado porque empezar la carrera era empezar a cumplir el sueño de su vida, pero a su vez, lo comían los nervios porque no le gustaban las ciudades y tendría que estar en Madrid, al menos, cinco años. Había salido a comprar el pan y se sentó allí porque le gustaba aquel banco y hasta dentro de tres semanas o un mes no volvería y lo echaría de menos.
Hablábamos mirando al agua y en uno de nuestros silencios vi cómo un pez saltaba del agua y se quedaba quieto en el aire, suspendido, flotando. Estuvo unos segundos parado, dio una voltereta y volvió al agua.
La señal, pensé, no hay duda. Tenía que ser la señal, un pez parado en el aire ante mí, vive dios que, si mi teoría de las señales es cierta, que lo es, ahí estaba la mía. El corazón se me aceleró y creí que era una taquicardia y que seguro que eso precedía a un infarto.
Acabado el tiempo de descuento había llegado mi hora. ¿Diría una frase memorable para la posteridad? Tenía un testigo joven que la recordaría, se la contaría a sus amigos y se correría la voz. Y él recordaría para siempre el día que me vio morir y, seguramente, dentro de muchos años se lo contaría a sus hijos, ya mayores porque no sería algo para contar a los niños, la historia del día que su vecino del segundo se murió en ese banco. Es posible que les dijera que, por un cálculo de probabilidad de las horas que el hombre pasaba sentado en ese banco, estaba destinado a morir ahí. Y quizás se lo contase cuando estuviesen sentados en el propio banco, hablando de razas de perros, de operaciones de rotura de patas en caballos o de aventuras de cuando estudiaba en la universidad, en Madrid porque aquello ocurrió, casualmente el día antes de irse a estudiar a la capital.
Mi corazón latía a toda velocidad y mi cabeza era un torbellino de imágenes y pensamientos. Empecé a sudar, una manó me temblaba y se me resecó la boca, pero me dio la sensación de que estaba haciendo el imbécil y me tenía que controlar. Era evidente que la Muerte llegaría en cualquier momento y esa señora (me la imagino señora y con mala leche), para una vez que viene, se merece un mejor recibimiento. Así que me erguí en el respaldo, crucé los brazos y alcé la cabeza. La Muerte me encontraría digno, con la frente alta, las deudas saldadas y la vida cumplida. Uno no puede llegar a Australia lloriqueando, renqueando, ni dejando pufos.
Todo esto ocurrió en unos segundos, tras ver al pez suspendido en el aire. En ese momento el chaval, que seguía con los ojos puestos en el agua, apretó los labios y arqueó las cejas, se despidió, se levantó y se fue. La juventud se despide así, de repente y sin mirar, hacen un ruido extraño y salen casi corriendo. Le debería de haber dicho algo, no para retenerlo y que presenciara mi muerte sino para despedirme. Estaba claro que ya no nos volveríamos a ver y habría quedado bien una frase final con aires de maestro o de guía espiritual, pero no me dio tiempo.
A lo que sí llegué a tiempo fue a girarme para ver cómo el furgón de reparto no paraba en el paso de peatones y lo arrollaba, aventándolo varios metros. Los gritos de la señora que salía de la panadería me sacaron de mi ensoñación, me incorporé y cuando llegué al paso de peatones, junto a la furgoneta, vi el cuerpo de pobre muchacho tirado en medio de un charco de sangre.
El pez parado en el aire era la señal, pero no era para mí.




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